Ambiente
Por una inversión ambiental moderna en Costa Rica
RESUMEN
En una época en la cual el desarrollo sostenible y la protección del ambiente, son conceptos sobre cuya importancia la gran mayoría de la sociedad coincide, la labor de la SETENA en la evaluación de inversiones, por su relevancia, debería contar con métodos objetivos y fiables que contribuyan a esos fines. Aunque en apariencia esa es la intención, las metodologías utilizadas en esta labor, no parecen contribuir a estos fines.El tema ambiental ha resultado ser comúnmente en Costa Rica, objeto de discusiones polarizantes y que, en muchos casos, han estado alejadas de la ciencia y la técnica exhaustiva disponible. En general, la polarización radica en la diferencia de criterios entre quienes pretenden impulsar inversiones, con las cuales esperar generar algún retorno, y quienes se oponen a una parte de ellas porque consideran que atentan contra el equilibrio de nuestros ecosistemas.
Lamentablemente, aún y cuando ya no es un foco de atención tan significativa como en años anteriores, la Secretaría Técnica Nacional Ambiental (SETENA) es una institución que lejos de basar la procedencia de una determinada inversión (o lo que la normativa establece como actividades, obras o proyectos) en los mejores criterios técnicos disponibles, ha introducido una serie de criterios arbitrarios, subjetivos y manipulables para determinar el nivel de impacto ambiental.
El sistema de valoración utilizado
La arbitrariedad se explica por la definición de lo que se denomina Significancia de Impacto Ambiental (SIA), la cual es una valoración que resulta de una matriz de impactos cualitativos potenciales de una inversión determinada. Esta valoración es particularmente relevante ya que, dependiendo del resultado obtenido en el cálculo de la SIA, se establecen las acciones que se requieren para mitigar el impacto ambiental, las cuales deben ser ejecutadas por quien impulsa el proyecto evaluado.

Específicamente, dependiendo de la valoración de SIA obtenida, se puede requerir de documentos que incrementan en su nivel de complejidad, tales como una Declaración Jurada de Compromisos Ambientales (SIA menor a 300 puntos), un Pronóstico-Plan de Gestión Ambiental (SIA mayor a 300 puntos pero menor a 1000 puntos), y Estudios de Impacto Ambiental (SIA mayor a 1000 puntos).
Este incremento en la complejidad demanda recursos mayores para los inversionistas tanto para la conformación de la documentación y los estudios que esta requiere, como en las acciones de mitigación de impacto ambiental que se deriven de dichos documentos.
Ahora bien; ¿por qué es posible afirmar que la valoración que se obtiene a través de la SIA es subjetiva y arbitraria? Para esto es importante examinar sus componentes y partir de ahí, citar algunos ejemplos.
Uno de los componentes que más llama la atención es la afectación por el consumo de recursos que produce una inversión determinada. En el caso del agua, se otorga un valor de 1 si el consumo del agua no supera los 50 m3/mes y un valor de 5 si el consumo del agua es mayor a 200 m3/mes. ¿No es acaso función del caudal disponible en las fuentes y la demanda relativa de la inversión lo que debería determinar si el consumo es alto o bajo?
Además, si esto es una temática que se aborda cuando el operador del acueducto otorga o no la carta de disponibilidad, ¿por qué se vuelve a abordar en la evaluación ambiental? Esta misma observación aplica para el consumo de energía, con una valoración de 1 cuando hay un consumo de 240 Mwh/año y una valoración de 5 si el consumo es mayor a 2400 Mwh/año.
Visto esto, surge una duda relevante: ¿cómo se obtienen estos valores que definen lo que SETENA considera que es alto o bajo?
Todo indica que se trata de un criterio que no es explicado por la ciencia y la técnica, sino por un grupo de burócratas. Casos similares de parámetros sin sustento y que son abordados en otras instituciones del Estado abundan, como lo vemos en la valoración que tendrá la inversión en la escorrentía superficial, en la producción de aguas residuales y en la generación de residuos sólidos, por mencionar algunos casos.
Por otro lado, existen parámetros que son aún más subjetivos y que dependen completamente del entorno del proyecto. Por ejemplo, la “generación de ruidos y vibraciones”, y el “aporte al paisajismo”. ¿No son estos parámetros una función de la cantidad de personas que vivan en el entorno del proyecto, su distancia respecto al mismo y su percepción particular de estas afectaciones?
Finalmente, existe un parámetro que premia aquellos proyectos que generan mayor cantidad de empleo, es decir, premia actividades económicas que son relativamente más intensivas en mano de obra.
Aunque la generación de empleo es algo positivo, las inversiones no se realizan con este fin, sino que persiguen generar un retorno que es mayor en el caso de actividades de alta productividad, donde predomina la tecnología sobre otros factores de producción. En este punto, la valoración del SIA tiende a promover la generación de inversiones de bajo valor agregado sobre otras actividades, lo cual genera barreras al crecimiento económico.
Opciones Alternativas
Afortunadamente, existen métodos sofisticados que generan valoraciones más objetivas y precisas sobre los impactos ambientales que genera un proyecto determinado, tal y como sucede con el Análisis Costo Beneficio (ACB).
Mediante este método, es posible agregar todos los beneficios y costos que genera un determinado proyecto, entendiendo los beneficios como cambios positivos en el bienestar y costos como afectaciones al mismo. Cuanto mayor sea la diferencia entre beneficios y costos, más retorno genera el proyecto tanto para el inversionista, como para el entorno en el cual se llevará a cabo el proyecto.
Con esta metodología es posible valorar las variaciones positivas o negativas que se generan producto del proyecto, mediante estimaciones determinadas como la disposición a pagar por un beneficio, o disposición a aceptar un cargo por un daño o afectación. Este tipo de mediciones se pueden llevar a cabo tanto para un proyecto en específico o bien, pueden estimarse a partir de múltiples estudios que se han llevado a cabo tanto en el país como a nivel mundial.
Estas evaluaciones incluyen mediciones específicas para mejoramiento o afectación a servicios ecosistémicos, tales como el control de la erosión, el control de escorrentía que ofrecen los bosques, la biodiversidad que ofrece el suelo, la regulación del clima provista por la biodiversidad, la calidad del aire, la disponibilidad de agua o la regulación del clima por parte de los bosques, entre otros servicios.
Es decir, mediante métodos precisos, es posible corregir la arbitrariedad en la valoración, por ejemplo, de la emisión de ruido y vibraciones (disminuciones en el bienestar), o generación de paisajismo (aumentos en el bienestar).
Con parámetros que se basen ya sea en estimaciones directas o indirectas y datos que aporte el inversionista con base en su proyecto, la SETENA debería poder llevar a cabo un ACB, que determine a ciencia cierta el nivel de bienestar que genera el proyecto, y en caso de darse afectaciones al bienestar, debería exigir medidas concretas para disminuir esa afectación, a través de un Plan de Gestión Ambiental específico para el proyecto, y no genérico tal y como se establece en la legislación actual.
Además, en el caso de los proyectos de inversión pública, la disposición de llevar a cabo un ACB es obligatorio según la normativa de establecida por MIDEPLAN, pero lamentablemente es un insumo que por lo general las instituciones públicas no le dan la importancia que tiene. De hecho, a pesar de que es un análisis más preciso y objetivo que el SIA, la SETENA prefiere generar reprocesos mediante la aplicación de sus metodologías ya citadas, introduciendo más burocracia en los proyectos de inversión pública que requiere el país en temas como infraestructura hospitalaria, obras de agua y saneamiento, e infraestructura vial, entre otros.
En el caso de proyectos de inversión privada, el Estado debería llevar a cabo estudios rigurosos de valoraciones para afectaciones o favorecimiento a los servicios ecosistémicos en los distintos sectores del país, que permitan llevar a cabo estudios de ACB de forma ágil y eficiente.
El cambio indispensable
Tal y como se ha expresado anteriormente, el abordaje ambiental por parte del Estado introduce costos innecesarios a través de acciones que están influenciadas por temas ideológicos que no deberían ser la base de partida para decidir sobre las inversiones que se llevan a cabo en el país, ya que la ciencia ambiental ha avanzado lo suficiente como para disponer de métodos que permitan generar desarrollo sostenible en los países, donde por supuesto se tome en cuenta tanto la generación de riqueza, la igualdad de oportunidades y la conservación del medio ambiente tanto para las generaciones actuales como futuras.
Por tanto, una modernización de la normativa referente a las evaluaciones ambientales, que elimine cualquier duplicidad con cualquier otra institución pública, así como un apoyo del Estado en términos de investigación y obtención de datos objetivos para la toma de decisiones, son imperantes para facultar el desarrollo sostenible anteriormente citado.
Las opiniones expresadas en este artículo son responsabilidad del autor y no representan necesariamente la postura oficial de Primera Línea. Nuestro medio se caracteriza por ser independiente y valorar las diversas perspectivas, fomentando la pluralidad de ideas entre nuestros lectores.
Ambiente
El país discute mientras la basura avanza
RESUMEN
La basura avanza mientras las instituciones discuten. Resolver la crisis exige dejar atrás el pleito y adoptar un sistema moderno que reduzca residuos, impulse la economía circular y convierta la gestión de desechos en una política seria, no en una disputa interminable.
Costa Rica está atrapada en una discusión que no resuelve nada mientras la basura sigue acumulándose. El nuevo reglamento del Ministerio de Salud busca ordenar un sistema que hace años perdió rumbo, pero la respuesta inmediata fue un choque institucional que desvía la atención del problema central: los residuos crecen más rápido que nuestra capacidad para gestionarlos.
La Procuraduría defiende la urgencia de las normas; las municipalidades alegan falta de recursos y capacidad operativa. Ambas posiciones tienen elementos válidos, pero ninguna evita la realidad más evidente: la basura no espera.
Cada día que el país dedica a pelear por competencias en lugar de actuar, el costo ambiental, sanitario y financiero aumenta.
Superar este estancamiento exige más que un reglamento y más que voluntad política. Implica reconocer que Costa Rica necesita un modelo moderno de economía circular, alianzas público–privadas que permitan innovar, y tecnologías que vuelvan eficiente una tarea que hoy es cara, fragmentada e ineficaz.
Los países que han avanzado no lo hicieron discutiendo quién debe recoger la basura, sino construyendo sistemas que la reducen, la clasifican y la transforman.
La pregunta no es quién gana la disputa legal, sino quién asume el liderazgo para que el país deje de reaccionar y comience a planificar. En la gestión de residuos, quedarse en el ring es perder tiempo; apostar por soluciones integrales es recuperar el futuro. Porque cuando la institucionalidad se empantana, la basura —y sus consecuencias— no se detienen.




Ambiente
Crucitas: el costo de la inacción
RESUMEN
Costa Rica enfrenta en Crucitas una prueba que expone el fracaso de prohibir en lugar de gobernar. La ausencia de un marco legal para una actividad que de todas formas ocurre permitió que el crimen organizado ocupara el territorio, destruyera los ecosistemas y convirtiera el oro en un motor financiero ilegal. La salida no está en más prohibiciones, sino en recuperar el control con seguridad jurídica, lineamientos ambientales estrictos y una formalización responsable que detenga el daño y rompa el vínculo entre minería ilegal y mafias regionales.
Costa Rica enfrenta en Crucitas una de sus contradicciones más dolorosas: en nombre de la protección ambiental elegimos un modelo que terminó destruyendo justamente aquello que buscábamos preservar. La prohibición absoluta de la minería formal —celebrada en su momento como una victoria moral— solo abrió la puerta a la anarquía, mientras quienes promovieron esa narrativa hoy guardan silencio frente al colapso ambiental que dejaron atrás.
El vacío institucional no detuvo la extracción; la dejó sin reglas.
Y en ese espacio crecieron redes que arrasan con los bosques, contaminan con mercurio y cianuro, destruyen suelos y ríos, y se llevan el oro sin dejar un solo beneficio para las comunidades. Pero lo más grave es que esa actividad ilegal se convirtió en un motor financiero del crimen organizado: narcotráfico, trata de personas y lavado de dinero florecen donde el Estado renunció a gobernar.
Crucitas ya no admite eufemismos ni parches. Recuperar el territorio no es un debate ideológico, es una urgencia nacional.
La única salida realista es establecer un marco jurídico y ambiental de primer nivel que permita una explotación responsable, regulada y supervisada. Solo formalizando la actividad podremos detener el desastre ecológico, cortar el flujo de recursos a las mafias y restituir soberanía en una zona que hoy pertenece, de facto, a quienes operan fuera de la ley.




Ambiente
El mito de la energía limpia en Costa Rica
RESUMEN
Costa Rica enfrenta una contradicción profunda entre la imagen verde que proyecta y la realidad energética que sostiene su economía. La dependencia del petróleo frena nuestro desarrollo, compromete recursos públicos y nos aleja de la soberanía que tanto proclamamos. La discusión urgente no es sobre defender el modelo actual, sino sobre modernizarlo: asumir nuevas tecnologías, diversificar la oferta y planificar un sistema capaz de acompañar el crecimiento del país. El reto no es ambiental; es estratégico. Y aplazarlo solo encarece el futuro.
Costa Rica lleva décadas vendiéndose al mundo como un país verde, pero nuestra matriz energética cuenta otra historia. Detrás del discurso ambiental sofisticado —y del marketing que tanto repetimos— se esconde un dato incómodo: el 65 % de toda la energía que consumimos proviene del petróleo.
La electricidad, que sí es mayoritariamente renovable, representa apenas un 35 %, una proporción que no alcanza para sostener la vida moderna ni para respaldar un crecimiento económico de apenas 3 % anual sin caer, una y otra vez, en combustibles fósiles.

La ironía es grande: mientras presumimos liderazgo ambiental, hemos gastado ₡408.000 millones en solo diez años importando energía o quemando diésel y búnker para suplir la demanda. Un país que se autoproclama ejemplo mundial no puede depender de prácticas que contradicen su propio relato. Pero eso es exactamente lo que hacemos. Y seguiremos haciéndolo si no rediseñamos nuestro sistema energético con la misma seriedad con la que se diseñan las campañas de imagen.

Porque el problema no es solo de narrativa; es de estructura. Represas y geotermia, por más valiosas que sean, no podrán sostener el consumo futuro. Y mantener el modelo actual nos condena a pagar más, contaminar más y depender más de fuentes externas. La soberanía energética no se logra con discursos inspiradores ni con fotos de bosques: se logra con decisiones tecnológicas audaces.
Eso implica una combinación de apuestas estratégicas: electrificar el 100 % de la flota liviana, usar gas natural local como solución de transición para el transporte pesado —más limpio y hasta cuatro veces más barato que el diésel— e incorporar tecnologías modernas como los Reactores Modulares Pequeños, capaces de ofrecer electricidad estable 24/7, segura y competitiva, algo que hoy no podemos garantizar.

La verdadera pregunta es si queremos seguir disfrutando del prestigio verde mientras nuestra realidad se deteriora, o si estamos listos para construir un modelo energético que realmente esté a la altura del país que decimos ser. Porque por más bonita que sea la narrativa, la energía no se genera con slogans.
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