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Economía

El país de los impuestos:  Todos perdemos

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Tiempo de lectura: 4 min

 

RESUMEN

Costa Rica convive con un sistema tributario que, lejos de ser justo o eficiente, penaliza el consumo, desalienta la producción y protege a quienes mejor pueden sortearlo. Mientras los impuestos se acumulan sin orden ni revisión, el país encarece su costo de vida, frena la competencia y profundiza las brechas entre quienes pueden adaptarse y quienes no.


Costa Rica es un país de contrastes. Mientras presume de estabilidad política, belleza natural y talento humano, su realidad económica cuenta otra historia: altos precios, una carga tributaria asfixiante y una estructura fiscal tan compleja que atenta contra el bienestar general y la competitividad.

Para los costarricenses, llenar el carrito del supermercado puede sentirse como un castigo, y no por falta de esfuerzo, sino por un sistema que penaliza al consumidor desde la raíz.

Esta no es una percepción aislada ni un simple problema de márgenes comerciales. Se trata de un entramado de más de 200 impuestos y cargas parafiscales que afectan todas las etapas de la cadena productiva, desde la importación de insumos hasta la compra final en el punto de venta.

En comparación, Perú tiene unos 15 tributos principales, España alrededor de 60 y Estados Unidos cerca de 100 a nivel federal. Costa Rica, en cambio, se ha convertido en un caso extremo de sobre-regulación fiscal, donde la acumulación de impuestos es vista como normal, aunque su impacto sea devastador. Lo peor es que esta estructura no se revisa ni se depura.

Año tras año se suman impuestos nuevos sin eliminar los obsoletos, consolidando un sistema opaco, ineficiente y regresivo.

El resultado es predecible: precios inflados, mercados poco competitivos y barreras de entrada que desalientan el emprendimiento.

¿Cómo se traduce esto en la vida cotidiana?

Tomemos un ejemplo concreto: la compra de una simple gaseosa para la fiesta de cumpleaños de una hija. Aunque el padre compre el producto directamente a la embotelladora, evitando intermediarios, el precio final refleja una larga lista de tributos ocultos:

  • Regalías y patentes extranjeras: 25% sobre el 5% del valor estimado (₡12.5).
  • Impuesto específico a bebidas no alcohólicas: ₡252 por los 3 litros.
  • Recargo del 10% por franquicia internacional: ₡100 adicionales.
  • IVA del 13% sobre el subtotal anterior: ₡203.4.
  • Renta corporativa del 30% sobre ganancias estimadas: ₡45.
  • Renta personal del 15% sobre utilidad neta restante: ₡15.8.

En total, esa botella pasa de costar ₡1,000 (precio base) a aproximadamente ₡1,629, es decir, un aumento de más del 60%.

El consumidor paga por dos productos lo que, en condiciones más racionales, le alcanzaría para tres.

Este fenómeno no es exclusivo de las gaseosas: se replica en la mayoría de los bienes y servicios.

La realidad es que los impuestos no desaparecen en las empresas; se trasladan al consumidor. Los empresarios, buscando maximizar utilidades frente a opciones en países con menor carga fiscal, elevan precios. Estudios globales confirman que, incluso en mercados competitivos, las firmas transfieren estos costos “downstream”, un impacto mayor en economías como la nuestra con competencia limitada.

La competencia también sufre

Esta maraña tributaria no solo golpea al consumidor; también distorsiona la competencia. Las grandes corporaciones cuentan con ejércitos de abogados y asesores tributarios que optimizan su carga fiscal usando mecanismos legales de elusión —como el uso estratégico de zonas francas, la asignación de gastos en jurisdicciones con tasas altas o el manejo de utilidades mediante recompra de acciones. Las MiPymes, por el contrario, enfrentan estas cargas con contadores freelance y recursos limitados, lo que las deja en clara desventaja.

Además, la complejidad del sistema facilita la elusión y erosiona la recaudación, mientras los contribuyentes más visibles y formales siguen siendo exprimidos. Esta dinámica amplifica la desigualdad: los pequeños productores, comerciantes y emprendedores pagan proporcionalmente más y tienen menos margen para crecer o competir.

¿Y si el problema no fuera solo cuánto se cobra, sino cómo se cobra?

Un sistema tributario más simple, transparente y menos distorsivo podría tener efectos multiplicadores: reducir precios al consumidor, estimular la inversión y el empleo, y generar un entorno más justo para competir. No se trata de eliminar impuestos irresponsablemente, sino de consolidar los más eficientes y eliminar los que ya no cumplen un propósito claro.

Costa Rica necesita una reforma tributaria progresiva que priorice la simplicidad y el sentido común. Una que respete al contribuyente, promueva la equidad y facilite el desarrollo.

Mientras no enfrentemos esta realidad, seguiremos pagando caro por lo básico, desaprovechando nuestro potencial y perpetuando un modelo que beneficia a unos pocos a costa de la mayoría.


Las opiniones expresadas en este artículo son responsabilidad del autor y no representan necesariamente la postura oficial de Primera Línea. Nuestro medio se caracteriza por ser independiente y valorar las diversas perspectivas, fomentando la pluralidad de ideas entre nuestros lectores.

Asesor fiscal independiente, nacido en Venezuela y graduado en Economía por la Universidad de Costa Rica (UCR). Ha colaborado con estudios de consultoría en temas tributarios y actualmente ejerce de forma autónoma, brindando asesoría fiscal a empresas y particulares.

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Economía

Medicamentos: el camino correcto, con la receta equivocada

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RESUMEN

Si el problema es la falta de competencia, la solución no puede ser sustituir el mercado por control permanente de precios. La prueba real no estará en el texto de la ley, sino en si logra facilitar la entrada de nuevos actores y reducir barreras. Porque abrir el mercado exige algo más difícil que regularlo: confiar en la competencia.


Costa Rica finalmente reconoció algo evidente: el mercado de medicamentos no está funcionando bien. Los precios son altos, la información es opaca y las barreras regulatorias dificultan que exista verdadera competencia.

El Expediente 23.234, aprobado en diciembre de 2025 y hoy convertido en la Ley de la República N.° 10.838, apunta en la dirección correcta. Busca fortalecer la competencia, mejorar la transparencia y ampliar el acceso. Permite la homologación de registros sanitarios extranjeros, habilita importaciones paralelas, incorpora mecanismos de información de precios y procura restringir prácticas que cierran el mercado.

Ese es el camino correcto.

Pero el problema nunca fue la falta de regulación.

El problema ha sido la rigidez del modelo regulatorio.

El diagnóstico es acertado

Durante años, el sistema ha operado bajo un esquema desproporcionadamente controlado, con procesos largos y costosos que elevan el precio final al consumidor.

Cuando registrar, importar o competir implica trámites complejos y validaciones redundantes, el resultado no es seguridad adicional: es menor competencia.

El proyecto reconoce esa realidad al abrir puertas a registros aprobados en otras jurisdicciones y al permitir importaciones paralelas. Esa señal es positiva: significa aceptar que Costa Rica no necesita reinventar la rueda cuando otras agencias regulatorias de alto estándar ya han hecho el trabajo técnico.

Eso es avanzar.

El problema no es la documentación

En materia de salud, exigir respaldo técnico no es un exceso: es responsabilidad. Para que un medicamento se comercialice en cualquier país serio, debe existir evidencia suficiente sobre calidad, seguridad y eficacia. Ese no es el corazón del debate.

El punto crítico no está en la documentación. Está en la arquitectura institucional que se creó para intervenir precios.

El verdadero riesgo: sustituir competencia por fijación

La Ley 10.838 busca promover competencia. Pero al mismo tiempo establece un mecanismo permanente para intervenir precios mediante una comisión especializada.

Y ahí surge la pregunta clave:

¿Puede un mercado volverse más competitivo si el precio pasa a depender de una instancia administrativa?

Más delicado aún: si quienes participan en esa instancia provienen del mismo sector regulado, el riesgo no es técnico, es estructural. La experiencia internacional demuestra que cuando el regulador y el regulado se mezclan, la competencia no se fortalece: se administra.

Costa Rica ya conoce este modelo. El funcionamiento del CTP ha mostrado cómo una estructura donde confluyen intereses del sector puede terminar afectando al usuario final, distorsionando incentivos y dificultando ajustes eficientes en precios y oferta.

Eso no necesariamente implica corrupción. Implica algo más sutil y más frecuente: captura regulatoria.

La señal que enviamos

Si el mensaje es que el mercado necesita abrirse, entonces el énfasis debería estar en eliminar barreras de entrada y simplificar reglas, no en consolidar un órgano permanente para decidir precios.

Porque cuando la competencia es real, los precios se corrigen por entrada de nuevos oferentes.

Cuando no lo es, terminamos dependiendo de una mesa técnica para “ajustarlos”.

El debate no es documentación sí o no.

El debate es si queremos más mercado o más administración del mercado.

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Economía

EE.UU. sube el arancel… y nos baja a la realidad

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Tiempo de lectura: 3 min

 

RESUMEN

El arancel del 15 % dejó al descubierto lo que venimos postergando: una economía demasiado dependiente de un solo mercado y poco preparada para cambios externos. Más que un conflicto comercial, es una alerta sobre costos altos, trámites lentos y falta de estrategia. La respuesta pasa por bajar costos, modernizar la producción y diversificar alianzas para no quedar vulnerables cada vez que EE.UU. mueve una ficha.


El nuevo arancel del 15 % impuesto por Estados Unidos no es solo una fricción comercial: es un recordatorio incómodo de la fragilidad de nuestro modelo económico. Durante décadas apostamos a una relación preferencial con un único socio, convencidos de que esa cercanía bastaba para blindarnos. Hoy vemos el costo de esa excesiva dependencia: cuando Washington estornuda, Costa Rica tiembla.

El golpe no llega por sorpresa. Mientras otros países diversificaron mercados, modernizaron su logística y redujeron costos estructurales, Costa Rica avanzó poco o nada. Seguimos con una electricidad 75 % más cara que la estadounidense, trámites que restan competitividad, y cuellos de botella que vuelven más caro cada minuto que un producto tarda en salir del país.

No es extraño que, en un contexto geopolítico más duro, el desbalance comercial se convierta en un arma. Y esta vez nos tocó estar del lado débil.

Pero esta crisis arancelaria revela algo más profundo: un país con competitividad estancada, instituciones lentas para responder al entorno internacional y un modelo que ha dejado de ser resiliente ante choques externos.

El problema no está solo en Washington; está aquí mismo, en nuestra incapacidad de ajustar el rumbo a tiempo.

La salida requiere más que diplomacia. Implica abrir el mercado eléctrico, reducir costos que hoy asfixian la producción, y acelerar las mejoras en infraestructura, aduanas y rutas estratégicas. Implica también reconfigurar las cadenas de suministro para incorporar insumos provenientes de EE.UU., y fortalecer a los proveedores locales para que logren encadenarse a sectores de mayor valor.

Y, sobre todo, significa dejar atrás la complacencia. El comercio también se defiende con geopolítica: ampliando alianzas, diversificando inversión extranjera y actuando con visión estratégica en un mundo donde la economía y la política ya no están separadas.

Este arancel no es una catástrofe, pero sí una advertencia.

Podemos tratarlo como un incidente pasajero o reconocerlo por lo que realmente es: una señal de que Costa Rica necesita modernizar su estructura productiva si quiere seguir jugando en las grandes ligas. La decisión, como siempre, es nuestra.

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Economía

Un país con 35+ instituciones sociales… y nadie al mando

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Costa Rica no sufre por falta de instituciones, sino por un modelo que reparte funciones sin repartir responsabilidades. La mezcla de entes sociales y rectores fuera de lugar creó un sistema donde nadie controla el rumbo y todos justifican su existencia. Mientras la pobreza apenas empieza a moverse, seguimos sin una estructura capaz de sostener avances ni de rendir cuentas. Lo urgente no es sumar más organismos, sino exigir dirección, orden y resultados reales para las personas, no para la burocracia.


Costa Rica lleva décadas construyendo una red interminable de instituciones para “atender lo social”. Hoy son 13 sectores y 35 entes públicos que supuestamente deberían combatir pobreza, proteger a la niñez, asegurar vivienda, velar por derechos humanos, impulsar empleo y más. La pregunta es inevitable: ¿y los resultados?

La imagen lo deja en evidencia: estamos ante un sistema fragmentado, duplicado y sin responsables claros. Un rompecabezas institucional donde cada pieza depende de otra, pero ninguna responde por el cuadro completo. Y esa ausencia de rectoría no es casual: es estructural.

Veamos el detalle por sector a atender:

  1. Adulto Mayor:
    • Consejo Nacional de la Persona Adulta Mayor (CONAPAM)
    • Caja Costarricense de Seguro Social (CCSS)
    • Junta de Protección Social (JPS)
  1. Agro:
    • Instituto de Desarrollo Rural (INDER)
  1. Asuntos Indígenas:
    • Comisión Nacional de Asuntos Indígenas (CONAI)
  1. Derechos Humanos (DDHH):
    • Defensoría de los Habitantes
    • Mecanismo Nacional de Prevención contra la Tortura y otros tratos o penas crueles, inhumanos y degradantes
  1. Discapacidad/Salud
    • Instituto sobre Alcoholismo y Farmacodependencia (IAFA)
    • Caja Costarricense de Seguro Social (CCSS)
    • Consejo Nacional de Personas con Discapacidad (CONAPDIS)
    • Patronato Nacional de Ciegos (PANACI)
    • Centro Nacional de Recursos para la Educación Inclusiva (CENAREC)
  1. Educación:
    • Centro Nacional de Recursos para la Educación Inclusiva (CENAREC)
    • Consejo Nacional de Clubes 4-S (CONAC 4S)
    • Instituto Nacional de Aprendizaje (INA)
    • Ministerio de Educación Pública (MEP)
    • Comisión Nacional de Préstamos para Educación (CONAPE)
  1. Empleo:
    • Agencia Nacional de Empleo
    • Consejo Nacional de Salarios
    • Ministerio de Trabajo y Seguridad Social (MTSS)
  1. Financiamiento:
    • Banco Hipotecario de la Vivienda (BANHVI)
    • Comisión Nacional de Préstamos para Educación (CONAPE)
    • Dirección Nacional de Desarrollo de la Comunidad (DINADECO)
    • Fondo de Desarrollo de la provincia de Limón (FODELI)
    • Junta de Protección Social (JPS)
    • Junta de Desarrollo Regional de la Zona Sur (JUDESUR)
  1. Mujeres:
    • Consejo Interinstitucional de Atención a la Madre Adolescente
    • Instituto Nacional de las Mujeres (INAMU)
    • Comisión Nacional Interinstitucional para atender a las mujeres en condiciones de pobreza
  1. Niñez/Juventud:
    • Consejo Nacional de Política Pública de la Persona Joven
    • Patronato Nacional de la Infancia (PANI)
    • Centros de Educación y Nutrición y de Centros de Nutrición y Atención Integral (CEN-CINAI)
    • Red Nacional de Cuido y Desarrollo Infantil (REDCUDI)
    • Fondo de Desarrollo de la provincia de Limón (FODELI)
    • Consejo Nacional de Clubes 4-S (CONAC 4S)
  1. Pobreza:
    • Centros de Educación y Nutrición y de Centros de Nutrición y Atención Integral (CEN-CINAI)
    • Comisión Nacional Interinstitucional para atender a las mujeres en condiciones de pobreza
    • Instituto Mixto de Ayuda Social (IMAS)
    • Red Nacional de Cuido y Desarrollo Infantil (REDCUDI)
    • Sistema Nacional de Información y Registro Único de Beneficiarios del Estado (SINIRUBE)
  1. Seguridad:
    • Ministerio de Justicia y Paz
    • Unidad Ejecutora del Programa de Seguridad Ciudadana y Prevención de la Violencia (UEP)
  1. Vivienda:
    • Instituto Nacional de Vivienda y Urbanismo (INVU)
    • Ministerio de Vivienda y Asentamientos Humanos (MIVAH)
    • Banco Hipotecario de la Vivienda (BANHVI)

Y para terminar de completar el panorama además de esas 35 instituciones, hay que sumar a los rectores políticos y administrativos que —en teoría— deberían ordenar este desmadre: Casa Presidencial, Asamblea Legislativa, MAG, JAPDEVA, Ministerio de Salud y Ministerio de Cultura y Juventud. Y la pregunta obvia es qué hacen estos rectores metidos en este baile cuando sus funciones se enfocan en otro lado. Ahí es donde más fácil queda retratado que la política ha sido: ante un problema, inventemos una institución; si no funciona, inventemos otra. Y así llegamos a este punto.

Todos estos entes tienen poder de decisión, pero operan en una lógica donde la responsabilidad siempre se diluye.

Mientras tanto, la realidad es incómoda:

  • La pobreza estuvo estancada por encima del 20% durante años.
  • Ahora bajó, pero el Estado de la Nación advierte que no tenemos manera de saber si es sostenible.
  • Y el sistema social sigue evaluándose por la cantidad de beneficios otorgados, no por cuántas personas dejan de necesitar los apoyos.

La consecuencia es obvia: El único problema económico que sí estamos resolviendo es el de los burócratas que operan estas instituciones, no el de las familias que quieren salir adelante.

Porque en un país tan pequeño, la fragmentación es más que un defecto de diseño: es una forma de evitar responsabilidades. Cada institución tiene objetivos, presupuestos y mandatos propios, pero nadie responde por los resultados finales. Nadie. Y sin responsables, no hay mejoras, no hay eficiencia y no hay justicia social verdadera.

Costa Rica necesita, con urgencia, una revisión profunda del sistema social.

No para crear más instituciones, sino para exigir:

  • Rectoría real
  • Coordinación efectiva
  • Evaluación por resultados
  • Responsables definidos

La pobreza no se combate con más logos. Se combate con decisiones claras, instituciones que funcionen y un Estado que rinda cuentas.

En Primera Línea seguiremos poniendo orden en el mapa.

Porque alguien tiene que hacerlo.

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