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Política

Castigados por trabajar por cuenta propia

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RESUMEN

Mientras algunos insisten en mantener un modelo que no encaja con la realidad, miles de trabajadores independientes quedan atrapados entre la informalidad forzada y una institucionalidad que los castiga por no ser asalariados. El problema no es la voluntad de cotizar, sino un sistema inflexible, diseñado desde la desconfianza y sin espacio para quienes viven de ingresos variables. Reformar ya no es una opción ideológica: es una urgencia estructural.


El modelo costarricense de seguridad social fue diseñado sobre la base de un trabajador asalariado, con ingresos estables, aportes compartidos entre patrono y empleado, y una institucionalidad fuerte que garantizara los derechos adquiridos a lo largo de una vida laboral. Pero la Costa Rica del siglo XXI no es la del siglo XX. Hoy, la informalidad domina buena parte del mercado laboral, los trabajos son cada vez más diversos, los ingresos menos predecibles y la relación laboral más difusa.

Sin embargo, el modelo de cargas sociales sigue siendo rígido, anacrónico y, en el caso de los trabajadores independientes, profundamente injusto.

La obligatoriedad de las cargas sociales para los trabajadores por cuenta propia —profesionales, oficios liberales, emprendedores, comerciantes, transportistas— no es un invento nuevo. La idea de incorporarlos al régimen general se remonta a 1975, pero fue hasta la aprobación de la Ley de Protección al Trabajador en el año 2000, bajo la administración de Miguel Ángel Rodríguez, que esta obligación fue metida en un golazo con carácter vinculante.

Pero, como tantas veces sucede en la política costarricense, se legisló sobre el papel sin resolver lo esencial: cómo se determinarían y pagarían esas cargas de forma justa, proporcional y acorde a la realidad de quienes trabajan sin patrón.

Ese es el verdadero problema: la estructura. Porque no se trata solo de obligar a cotizar, sino de establecer reglas sensatas. Y ahí el sistema colapsa.

Al día de hoy, el trabajador independiente debe pagar el equivalente a la cuota patronal y a la del trabajador, con un porcentaje que en muchos casos supera el 20 % del ingreso, sin contar los impuestos sobre la renta ni otras obligaciones fiscales.

Es decir, quien trabaja por su cuenta termina castigado por no tener patrón. Aporta más, con menos respaldo y muchas veces con menor capacidad contributiva.

Un sistema diseñado para castigar, no para incluir


El argumento de fondo siempre ha sido el mismo: “los asalariados tienen un empleador que paga parte de la contribución; los independientes no, por lo tanto deben asumir el 100 %”. Eso, en la práctica, lo que genera es evasión, informalidad y desconfianza en el sistema.

Porque mientras un trabajador con ingresos fijos ve cómo se le rebaja mes a mes su cotización, el independiente tiene que autodeclarar cuánto gana, enfrentar una base mínima contributiva (BMC) aunque sus ingresos estén por debajo de ella, y además correr con todo el riesgo de ser fiscalizado retroactivamente si la Caja decide que su declaración fue insuficiente.

¿El resultado? Una informalidad estructural. Miles de costarricenses que trabajan cada día, que producen, que emprenden, que pagan impuestos, están fuera del sistema de seguridad social. No porque quieran, sino porque el sistema los empuja.

Y es aquí donde debe comenzar la crítica política: el modelo vigente no solo es desproporcionado, sino que se diseñó desde la lógica del castigo, no del incentivo. Y eso, en política pública, siempre es una receta para el fracaso.

Es más: la Sala Constitucional, en una votación dividida (4–3), convalidó este esquema, afirmando que la diferencia entre asalariados e independientes responde a la necesidad de sostenibilidad financiera. Pero una cosa es la sostenibilidad y otra la asfixia.

La sostenibilidad no se logra cargando la responsabilidad sobre los hombros de quienes menos pueden sostenerla, sino distribuyéndola con criterios de progresividad, proporcionalidad y justicia.

La estructura actual obliga a cotizar sobre una base mínima aunque se gane menos que esa base. Obliga a asumir el 100 % de la contribución total, sin distinción entre ramas. Y lo que es más grave: no reconoce la realidad económica del independiente, cuyas ganancias pueden fluctuar día a día, mes a mes o trimestre a trimestre.

Un modelo que presume ingresos fijos para quien no los tiene está destinado al fracaso. ¿Qué lógica tiene exigir la misma cuota a un pequeño emprendedor que este mes vendió ₡300.000, que al que logró facturar un millón? ¿Por qué forzarlos a cotizar como si fueran asalariados con salario estable, si la realidad es mucho más precaria?

Para agravar el problema, hasta hace poco la CCSS tenía la potestad de cobrar retroactivamente hasta diez años o más de cuotas no pagadas, con intereses, multas y recargos. Eso operó como un freno a la formalización: afiliarse implicaba exponerse a facturas impagables. Así no se construye formalidad. Se construye miedo.


Reformar no es cuestión de ideología, es una necesidad

Afortunadamente, con la aprobación de la Ley 10363 y la Ley 10432, donde estuve profundamente involucrado liderando los esfuerzos, el país dio un paso correcto: se redujo la retroactividad a cuatro años y se condonaron deudas antiguas. Pero esto es un paliativo.

El verdadero desafío es reformar el modelo de cálculo. Costa Rica necesita —con urgencia— un sistema que permita cotizar según ingresos reales, no presuntos. Un sistema flexible, adaptativo, que reconozca los ciclos económicos de quien trabaja por cuenta propia.

Y en esto no hay que inventar el agua tibia. España, por ejemplo, reformó en 2023 su régimen de autónomos para que coticen con base en sus ingresos netos reales, ajustando la cuota mes a mes y regularizándola al final del año según datos tributarios. El sistema se integra con Hacienda: si el contribuyente gana menos, cotiza menos. Si gana más, aporta más. Un modelo justo, moderno, proporcional.

Reino Unido, por su parte, exime del pago a quienes tienen ingresos bajo ciertos umbrales anuales, sin afectar sus derechos previsionales.

Costa Rica, miembro de la OCDE, necesita urgentemente adoptar esquemas similares:

  • Cotización proporcional a ingresos reales
  • Umbrales de exención o cuotas simbólicas
  • Integración de datos entre Hacienda y CCSS
  • Mecanismos de ajuste automático
  • Facilidades para declarar ingresos en periodos discontinuos

Yo sé que mis colegas liberales me dirán: “no deberían siquiera pagar”, “¿por qué voy a pagar por un seguro que no uso?”, etc.

A ustedes les digo: Ese barco ya zarpó, y no hay vuelta atrás. Y aunque concuerdo con ustedes y añoro el sistema que viví hace muchos años, donde el aseguramiento era voluntario, esa no es la realidad actual.

Uno podía decidir sobre su seguro, sobre su pensión; pero, como muchas otras libertades en una sociedad estatista, estas fueron sacrificadas en nombre de la ficción del “bien común y la solidaridad”.

Y con todo y estos abusos, cuando propuse que los trabajadores independientes tuvieran al menos una voz en la Junta Directiva de la Caja, esa voz fue archivada. Literalmente.

Presenté el proyecto de ley Expediente 23.647, con el objetivo de que los trabajadores independientes —quienes representan más del 25 % de la fuerza laboral nacional— tuvieran representación efectiva en la toma de decisiones de la CCSS. Hoy, irónicamente, son el único sector obligado a cotizar que no tiene representación en esa Junta.

Propusimos dos sillas: una electa por los colegios profesionales y otra por asociaciones representativas de independientes. El PLP, PUSC y el partido oficialista apoyaron la iniciativa en comisión. Desgraciadamente, entre el Frente Amplio y Liberación Nacional —que tiene tres representantes en la Comisión de Asuntos Jurídicos— se encargaron de votar en contra, logrando el archivo del expediente, por puro egoísmo, mala fe y por pensar en la institución y no en el individuo.

Votación Comisión de Jurídicos

Negaron así a este numeroso colectivo el derecho de tener representación frente a este monstruo estatal que lo oprime.

No hay forma más clara de confirmar que en Costa Rica se decide sobre los independientes, sin los independientes. Se legisla en su contra, y luego se les niega el micrófono.

Lo ocurrido revela mucho del talante de quienes legislan: prefieren preservar la institución antes que proteger al usuario. Pero no se trata solo de símbolos; representa una falla institucional grave.

Si diseñamos un régimen sin escuchar a quienes lo sostienen, sin reconocer su heterogeneidad y fragilidad económica, implantamos un esquema que coacciona, más que incorpora.

La formalidad no puede construirse desde arriba, imponiendo cargas fijas a flujos variables, y sin diálogo institucional.

 Necesitamos dos transformaciones paralelas:

  1. Reforma del modelo de cálculo y recaudo, basada en:
    • Cotización proporcional a ingresos reales, con ajuste automático anual (como en España).
    • Umbrales de exención o cuota mínima simbólica para ingresos muy bajos (como en Reino Unido).
    • Integración de datos entre Tributación y CCSS para evitar doble reporte e impulsar la veracidad.
  2. Reforma de la gobernanza institucional, que incluya:
    • Representación explícita y electa de los trabajadores independientes en la Junta Directiva.
    • Mecanismos claros de elección democrática de esos representantes.
    • Reconocimiento del independiente como sector legítimo y suficientemente numeroso que merece voz en las decisiones que impactan directamente su vida.

Porque una Caja fuerte y sostenible no se edifica con imposición, sino con equidad institucional y participación genuina.

Y porque en un país donde trabajar por cuenta propia significa pagar más, con menos protección y más incertidumbre, algo está profundamente mal. Y hay que corregirlo. Ya.


Las opiniones expresadas en este artículo son responsabilidad del autor y no representan necesariamente la postura oficial de Primera Línea. Nuestro medio se caracteriza por ser independiente y valorar las diversas perspectivas, fomentando la pluralidad de ideas entre nuestros lectores.

Jorge Dengo Rosabal, Ex-Diputado. Abogado por la Universidad Escuela Libre de Derecho, MBA con énfasis en finanzas y mercadeo por la Universidad Latina, Máster en Derecho la Competencia por la Universidad de Melbourne, Australia; Experto en Derecho de Competencia por la Universidad Carlos III, España y especialista en análisis de políticas públicas por London School of Economics

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Política

Tercerizar no es el problema. Gobernar mal sí.

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RESUMEN

El país enfrenta una decisión más profunda que un caso puntual: o profesionaliza su capacidad de contratar servicios complejos, o seguirá atrapado entre escándalos cíclicos y servicios insuficientes. La discusión no debería girar alrededor de ideologías, sino alrededor de estándares. Cuando el Estado no desarrolla inteligencia contractual, deja espacio para la captura, el sobrecosto y la desconfianza. La solución no está en retroceder herramientas, sino en elevar la exigencia institucional.


Costa Rica tiene una manía peligrosa: cuando un instrumento de política pública se contamina por una contratación fallida, la reacción inmediata es declarar “muerto” el instrumento. Se condena la figura, no el proceso. Se dispara contra el martillo, no contra la mano que lo sostuvo.

El caso “barrenador”, con todo el ruido, la indignación y los titulares, está siendo usado así: como prueba automática de que la tercerización de EBAIS es mala, que “lo privado” es sinónimo de abuso y que el único camino “seguro” es volver a concentrar toda la operación en gestión directa. Esa lectura es emocional. Y, peor aún, es un mal diagnóstico.

Porque lo que el caso realmente desnuda no es un pecado original de la tercerización. Lo que desnuda es algo mucho más incómodo: la CCSS, en su rol de compradora pública, ha venido operando con debilidades estructurales para diseñar, licitar, evaluar, adjudicar y supervisar contratos complejos de servicios de salud. 

Y si uno no sabe comprar, no sabe gobernar. 

Y aun así, hay quienes proponen que administre un banco estatal…

No confundamos la discusión: modelo vs. gobernanza

La política pública no se evalúa por anécdotas. Se evalúa por resultados y capacidad institucional.

Tercerizar EBAIS no es “privatizar la salud”. Es un mecanismo de provisión dentro de un sistema público universal, donde el Estado mantiene rectoría, financiamiento y supervisión

Es, en esencia, una forma de administrar capacidad instalada y continuidad operativa cuando la institución no puede —o no logra, evidentemente— expandirse con la velocidad, flexibilidad y eficiencia que la demanda exige.

El problema aparece cuando ese mecanismo se ejecuta sin una arquitectura de control robusta: sin estudios de razonabilidad de precio que resistan auditoría; sin trazabilidad impecable de cambios; sin cláusulas contractuales que premien desempeño y castiguen incumplimientos; sin supervisión clínica y administrativa real; sin gestión de riesgos; sin segregación efectiva de funciones.

Eso es gobernanza. Eso es lo que falla. No el concepto. No es mala intención. Es mal diseño. O, más bien, un diseño que han querido mantener, sobre todo, los mandos medios.

Y aquí viene un punto esencial, sobre todo en un país donde la reputación se destruye con una filtración y se reconstruye con años: la responsabilidad penal es individual, se prueba y la determina un juez. No un “clima” mediático. No una narrativa. No una indignación colectiva.

Pretender que, por el solo hecho de existir detenciones o investigaciones, ya podemos “asignar culpa” a una expresidenta o a miembros de Junta Directiva, además de ser jurídicamente incorrecto, es estratégicamente torpe. 

En instituciones grandes, muchas veces la falla es sistémica: son los procedimientos, los mandos medios que controlan el flujo de información, las unidades técnicas que redactan y modifican pliegos, los comités que procesan ofertas, las jefaturas que administran el día a día de la contratación. Ahí es donde se juega la integridad del proceso. Ahí está la captura, cuando la hay. Ahí se siembra el riesgo.

La Junta Directiva decide, sí. Pero decide sobre insumos. Y si los insumos están sesgados, incompletos o diseñados para inducir una conclusión, el problema no es solo “quién firma”. Es quién arma el expediente, quién controla la cocina, quién domina la letra menuda.

La realidad incómoda: sin tercerización no hay cobertura

Ahora vayamos a la discusión que de verdad importa: ¿qué alternativa real tiene hoy la CCSS para asegurar cobertura y continuidad en atención primaria? ¿Para disminuir esas listas de espera interminables?

La atención primaria es la base de la sostenibilidad financiera del sistema. Si el primer nivel falla, todo se desplaza hacia urgencias y especialidades. Eso es carísimo. Y eso alimenta listas de espera.

La CCSS enfrenta restricciones que no desaparecen gracias a la red de protección interna:

  • Rigidez administrativa y laboral para ajustar rápidamente recursos donde la demanda crece.
  • Dificultad para abrir, expandir o reconfigurar servicios con la velocidad que requieren ciertos territorios.
  • Incentivos internos débiles para premiar productividad y calidad, y para corregir bajo desempeño.
  • Presión fiscal y costos crecientes.

En ese contexto, la tercerización bien hecha no es un “capricho ideológico”. Es una herramienta pragmática de gestión pública. Los países serios no discuten esto como dogma. Discuten cómo se contrata, cómo se mide, cómo se controla.

Y hay algo que se ha perdido en el debate: los EBAIS tercerizados no son, por definición, peores. La evidencia institucional muestra, de hecho, lo contrario.

La pregunta correcta no es “¿tercerización sí o no?”. La pregunta correcta es: ¿cómo diseñamos un modelo contractual que obligue a rendir cuentas y a entregar resultados verificables?

El verdadero escándalo: comprar servicios de salud como si fueran fotocopias

La contratación de servicios de salud no es una compra de bienes. Es una compra de resultados: acceso oportuno, continuidad, prevención, control de enfermedades crónicas, vacunación, seguimiento materno-infantil, referencia adecuada, calidad clínica y satisfacción del usuario.

Sin embargo, demasiadas veces el Estado compra estos servicios como si estuviera adquiriendo horas-hombre, metros cuadrados y checklists. Se define el “cómo” y se olvida el “para qué”. Se licita con lógica formalista, no con lógica humana. Y luego nos sorprende que haya sobrecostos, disputas, arbitrariedades o zonas grises.

El caso “barrenador” debe leerse como una alerta roja sobre compra pública estratégica: la CCSS tiene que profesionalizar, blindar y modernizar la forma en que contrata servicios complejos. No para “favorecer” proveedores. Para proteger al asegurado. Para evitar capturas. Para evitar, precisamente, que un caso como este se repita.

Lo que hay que hacer: tercerizar, sí; pero con dientes

La CCSS debe defender y sostener la tercerización como parte de su caja de herramientas. Pero tiene que cambiar el estándar. No con discursos. Con reglas.

Un paquete mínimo de reformas debería incluir:

  1. Razonabilidad de precios verificable
    • Metodología pública, replicable y auditada.
    • Benchmarking serio (canasta de servicios, complejidad poblacional, costos unitarios).
    • Trazabilidad de cualquier ajuste al pliego o al presupuesto de referencia.
  2. Contratos por resultados
    • Indicadores clínicos y de acceso como KPI contractuales.
    • Pagos con componente variable según desempeño.
    • Penalidades automáticas por incumplimientos críticos.
    • Cláusulas de terminación por desempeño, no solo por formalidades.
  3. Supervisión independiente y permanente
    • Auditoría clínica y de datos, no solo administrativa.
    • Verificación en campo, con capacidad sancionatoria real.
    • Tableros públicos por área de salud: transparencia radical.
  4. Integridad y anticaptura
    • Debida diligencia reforzada del proveedor (historial, estructuras, conflictos).
    • Segregación estricta de funciones internas (quien diseña pliego no decide adjudicación).
    • Rotación de personal en posiciones críticas de contratación.
    • Registro y trazabilidad de reuniones y comunicaciones relevantes del proceso.
  5. Unidad especializada de compra de servicios de salud
    • No más improvisación administrativa.
    • Perfil técnico multidisciplinario: salud pública, economía, derecho, datos, gestión.

Si el Estado no hace esto, el debate no es “tercerizar o no”. El debate será, inevitablemente: ¿cuándo será el próximo escándalo?

Cerrar filas con lo correcto: debido proceso y reforma institucional

Costa Rica necesita dos cosas al mismo tiempo, y tiene que sostener ambas con la misma firmeza.

Primero: debido proceso. Presunción de inocencia. Seriedad institucional. Que las investigaciones avancen, que se determinen responsabilidades donde corresponda y que no se convierta la justicia en espectáculo. Criminalizar por reflejo a jerarcas o directivos, sin sentencia y sin prueba pública, es un atajo que le hace daño a todos: a la institución, a la democracia y al estándar mínimo de justicia.

Segundo: reforma estructural. Porque si todo se reduce a “quién cayó” y “quién se salva”, perdimos la oportunidad. El aprendizaje relevante no es moralista. Es técnico: la CCSS tiene que convertirse en un comprador público competente, moderno y difícil de capturar.

“Barrenador”, entonces, no debería empujarnos a destruir la tercerización. Debería obligarnos a construir algo mejor: un modelo con reglas claras, contratos inteligentes, transparencia y control.

Lo demás es lo de siempre: indignación, titulares… y listas de espera. Y eso, francamente, es lo que la gente ya no aguanta.


Las opiniones expresadas en este artículo son responsabilidad del autor y no representan necesariamente la postura oficial de Primera Línea. Nuestro medio se caracteriza por ser independiente y valorar las diversas perspectivas, fomentando la pluralidad de ideas entre nuestros lectores.

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Política

Pongámonos Serios con Daniela Rojas: ¿Por qué la Asamblea Legislativa no funciona?

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RESUMEN

Cuando el problema no es solo quién decide, sino cómo está diseñado el sistema para decidir, la frustración se vuelve estructural. La conversación deja claro que sin reglas adaptadas a la realidad actual, sin incentivos para el debate honesto y sin presión ciudadana informada, la política seguirá atrapada entre el cálculo y la parálisis. Cambiar personas no alcanza si no cambiamos el tablero.


Hace tiempo que la Asamblea Legislativa de Costa Rica tiene una mala reputación. Para muchos, es sinónimo de ineficiencia, ruido político y decisiones sujetas a intereses más que a razones. Sin embargo, más allá de la percepción popular, pocas veces se entiende qué pasa adentro realmente, cómo se toman las decisiones y por qué muchas buenas ideas se estrellan incluso antes de llegar a votación.

En nuestra conversación con Daniela Rojas, una diputada que conoce el sistema desde adentro y desde afuera, se revela un fenómeno profundo: no es solo burocracia o mala voluntad. Es que el diseño institucional aún responde a una realidad que ya no existe —el bipartidismo como eje imperante— y eso dificulta que la Asamblea funcione con agilidad y coherencia. Entre mociones que atrasan iniciativas, reglamentos pensados para otros tiempos y una cultura política que evita el debate honesto, lo que vemos desde afuera es solo la punta del iceberg.

Esto no es una defensa de quienes están dentro ni una crítica superficial. Es la constatación de que las reglas del juego importan tanto como las personas que las juegan. Un sistema más transparente y adaptado a la pluralidad actual no solo permitiría que buenas leyes avancen; también devolvería a la ciudadanía la confianza en la política como herramienta de solución, no de frustración. Porque si la Asamblea no se transforma, seguirá siendo un lugar donde el cambio se traba antes de nacer.

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Política

Cuando todo es “dictadura”, nada lo es

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RESUMEN

La discusión política no se empobrece solo por falta de propuestas, sino por el uso descuidado del lenguaje. Cuando todo se reduce a etiquetas extremas, el debate deja de servir para corregir errores, exigir rendición de cuentas o construir acuerdos. Recuperar la precisión, aceptar los matices y discutir con rigor no debilita la crítica: la vuelve más efectiva. En una democracia fragmentada, la responsabilidad ciudadana empieza también por cómo nombramos la realidad.


Desde octubre vivimos metidos en una campaña electoral donde el volumen del discurso se fue por las nubes. A falta de propuestas, sobraron las etiquetas. Que si “autoritario”, que si “dictadura”, que si “fascismo”, que si “facho”. Del otro lado, lo de siempre: “comunista”, “izquierdoso”, “zurdo”, “chancletudo”.

Todo dicho con una liviandad que asusta. Como si las palabras no pesaran. Como si la historia no existiera. Como si a la democracia se le pudiera jugar de vivo sin consecuencias.

Ahora que pasó la elección y los ánimos están un poco más fríos —no fríos del todo, seamos honestos, pero al menos menos inflamables— vale la pena parar la bola y pensar: ¿qué fue lo que hicimos con el lenguaje? Porque aquí hay un problema de fondo que va más allá de quién ganó y quién perdió. 

Hay un problema de precisión conceptual.

Y cuando se pierde la precisión, se pierde la capacidad de entender la realidad. Y cuando se pierde eso, lo que queda es puro ruido.

Las palabras importan 

Empecemos por lo básico: las palabras importan. “Dictadura”, “fascismo”, “autoritarismo”, “comunismo” no son insultos intercambiables para tirar en redes cuando uno está bravo. Son conceptos con contenido y contexto histórico, político y jurídico. Tienen un peso específico real.

Describen realidades concretas, con rasgos identificables: concentración del poder, supresión sistemática de libertades mediante coerción militar o armada, eliminación de contrapesos, persecución política, control de medios, ausencia de elecciones libres, represión organizada.

Eso es una dictadura. Eso es un régimen autoritario en serio. Eso es fascismo en su sentido histórico.

Podemos disentir con respeto, pero desde donde yo veo las cosas, en este país nadie ha dejado de decir lo que le da la gana, donde le da la gana y cuando le da la gana.

¿Que ha habido pleitos del Poder Ejecutivo con particulares, empresas e instituciones fuera de tono e innecesarios (en mi opinión)? Sí, los ha habido. Pero no han llegado a más que eventos que se han caído por su propio peso o por la acción de la institucionalidad misma.

No se ha puesto en entredicho, ni en crisis, nuestro sistema democrático. Las elecciones del primero de febrero son la mejor muestra de ello.

Cuando a todo gobierno que no me gusta le digo “dictadura”, pasa algo peligroso: diluyo el concepto. Lo vacío de contenido. 

Y cuando de verdad aparezca un régimen autoritario de esos de verdad —de los que cierran parlamentos con el ejército, persiguen y matan opositores, meten presos a periodistas y cancelan elecciones— ya no vamos a tener palabras para describirlo.

Porque ya las gastamos todas en discusiones profundas de Twitter (así le sigo diciendo yo hasta que Elon patrocine esta columna, en cuyo caso con gusto le diré X).

Lo mismo pasa con el otro extremo. Llamar “comunista” a cualquiera que hable de política social, de intervención del Estado o de regulación es una caricatura. El comunismo no es “que el Estado haga algo que no me gusta”. Es un modelo ideológico con una propuesta concreta sobre la propiedad de los medios de producción, el rol del Estado, la abolición de la propiedad privada en ciertos ámbitos, y una visión particular de la economía y de la sociedad.

No todo es comunismo. No todo es socialismo del siglo XXI. Decir eso es una simplificación burda que no aporta nada al debate. Es solo ruido para la barra propia.

Polarizar rinde… pero también cobra factura

Y aquí es donde se pone incómodo el asunto: este ambiente de etiquetas y exageraciones no es un accidente. A ambas “trincheras” les sirve y lo explotan a drede.

A la oposición le sirve subir el tono porque convierte cualquier error, torpeza o exceso del Ejecutivo en prueba de que “vamos camino a la dictadura”. Eso moviliza emocionalmente, genera miedo y cohesiona a los propios.

Del otro lado, al oficialismo —o a quienes se sienten cercanos a él— le sirve pintar toda crítica como “agenda comunista”, “resistencia al cambio” o “enemigos del progreso”, porque eso también cohesiona a su base y deslegitima al que cuestiona.

En ambos casos, la lógica es la misma: simplificar al adversario, caricaturizarlo, convertirlo en villano.

Es política en su estado puro, sí. No nos hagamos los inocentes. 

La polarización es rentable. Da likes. Da retuits. Da aplausos. Sirve para movilizar bases, para ordenar filas, para que nadie se salga del guacal. Pero también tiene un costo. Un costo alto. Porque en esa dinámica se pierde la posibilidad de matices

Y la política pública vive de matices. Las democracias funcionan con contrapesos, con tensiones, con desacuerdos razonables. No con caricaturas.

Que quede claro: no estoy diciendo que el Poder Ejecutivo sea intocable, ni que la oposición sea la encarnación de la ineficiencia. Hay conductas reprochables de un lado y del otro. Las ha habido.

Decisiones mal comunicadas, impulsos personalistas, roces innecesarios con instituciones, tonos que no ayudan. Del otro lado, obstruccionismo por deporte, oportunismo político, uso de la crítica como plataforma de lucimiento personal, poca disposición real a construir acuerdos.

Todo eso es parte del paisaje. Y todo eso se puede —y se debe— criticar con fuerza. Pero una cosa es criticar con argumentos y otra es incendiar el rancho con etiquetas.

Costa Rica, con todos sus defectos, sigue siendo una democracia funcional. Con instituciones que pesan. Con contrapesos reales. Con prensa libre que investiga, incomoda y publica. Con elecciones.

Decir que vivimos en una dictadura no es solo impreciso; es una falta de respeto a quienes sí han vivido y viven bajo dictaduras de verdad. 

A quienes no podían tuitear su descontento porque los desaparecían. A quienes no podían escribir artículos de opinión porque los metían presos. A quienes no podían protestar porque los reprimían a bala.

También hay un tema de responsabilidad personal en cómo consumimos y reproducimos discurso. Compartir un titular incendiario sin leer la nota completa. Aplaudir el meme que ridiculiza al “otro bando”. Repetir frases hechas sin verificar si tienen sustento.

Todo eso va construyendo un clima donde el debate se vuelve un ring de boxeo —como lo usó una de las primeras campañas de un partido político hace algunas elecciones— y no un espacio de deliberación.

Y ojo, no hablo desde un postureo moral. Todos caemos en eso alguna vez. A todos se nos calienta la jupa. Pero una cosa es el desahogo ocasional y otra es convertir la exageración en método.

Al final del día, la política no es un partido Saprissa–La Liga donde hay que elegir bando y defenderlo a muerte pase lo que pase (bajo duda: La Liga).

La política es un espacio para resolver problemas concretos: costo de vida, empleo, seguridad, educación, salud, infraestructura, competitividad.

Problemas complejos que no se arreglan a punta de hashtags ni de etiquetas ideológicas, y menos de exageraciones. Se arreglan con políticas públicas bien diseñadas, con instituciones que funcionen, con controles efectivos, con negociación política de la de verdad y con ciudadanía informada que exija resultados, no solo espectáculo.

Tal vez el primer paso para bajar un cambio es recuperar el valor de las palabras. Llamar las cosas por su nombre, con precisión. Criticar cuando hay que criticar, sin miedo, pero con rigor. Reconocer cuando el otro tiene un punto válido, aunque no nos guste.

Dejar de usar conceptos pesados como garrote retórico para ganar una discusión en redes.

Porque, al final, en este jueguito de exagerar todo, perdemos todos: perdemos capacidad de diálogo, perdemos confianza mínima entre actores políticos y perdemos la posibilidad de construir acuerdos. Y en un país con una Asamblea fragmentada, sin mayorías claras y sin capacidad de imponer agendas por la fuerza, esa pérdida se paga caro.

Bajarle dos rayitas al volumen no es rendirse. Es madurar como democracia. Y bastante falta nos hace.


Las opiniones expresadas en este artículo son responsabilidad del autor y no representan necesariamente la postura oficial de Primera Línea. Nuestro medio se caracteriza por ser independiente y valorar las diversas perspectivas, fomentando la pluralidad de ideas entre nuestros lectores.

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