Política
Una entrevista pendiente: ¿cómo evaluar a los diputados?
RESUMEN
La evaluación parlamentaria no es un trámite más, es una oportunidad de transformar la política costarricense en un ejercicio de responsabilidad real, transparencia continua y legitimidad democrática ciudadana.
Al inicio de esta semana no tenía muy claro sobre lo que iba a escribir para el ALA LIBERAL de este jueves. Y gracias a mi querida editora, Laura Sauma, voy a responder las preguntas de una entrevista que nunca sucedió. Sí, así como lo leen. Mi amiga había preparado un cuestionario para realizarme después de mis primeros años como diputado, pero la cotidianeidad (y hasta mi salida de la Asamblea) lo impidieron. Muy interesante, por cierto.
Así que hoy, uno o dos años después de cuando fue concebida, voy a contestar esta entrevista pendiente.
El ambiente está cargado, la política electoral se acerca, pero la fotografía aún no se revela. Apenas tenemos luces y sombras de un paisaje que se anticipa gris y deslucido. ¿Así o más optimista?
Sin más rodeos, entremos en la entrevista pendiente: las preguntas siguen vigentes y las respuestas, tal vez ahora, son aún más necesarias.
1. ¿Cuál es la importancia de evaluar a los diputados y cómo puede mejorar su trabajo legislativo?
Evaluar a los diputados no debería ser un lujo democrático: es una necesidad impostergable. En Costa Rica, la confianza en las instituciones es cada vez más frágil, y la ausencia de mecanismos objetivos solo alimenta la percepción de desconexión de la Asamblea con la realidad.
La política costarricense vive un fenómeno contradictorio: el Congreso es, simultáneamente, la institución con más poder para transformar la vida de las personas y la que arrastra mayores niveles de desconfianza.
La evaluación de manera sistemática no resolverá todos los problemas, pero puede mejorar la calidad del trabajo legislativo y devolver legitimidad a la representación popular.
En democracias consolidadas, como las de los países nórdicos, existen sistemas de control legislativo que permiten monitorear tanto la asistencia como la coherencia del voto de los parlamentarios. En Chile, por ejemplo, se han implementado observatorios que sistematizan datos sobre la labor legislativa y los ponen a disposición de la ciudadanía en portales abiertos. En otras palabras, ya existen modelos que podemos adaptar sin necesidad de reinventar la rueda.
2. ¿Qué criterios deben usarse para evaluar a los Diputados? ¿Cómo se debería medir su desempeño?
Uno de los errores más frecuentes en la discusión pública, incluso inducido por la misma prensa, es reducir la evaluación de los padres de la Patria a la cantidad de proyectos presentados, aprobados, o a las veces que hablan en el plenario. Esa lógica mide actividad, pero no impacto.
Los criterios deberían abarcar al menos tres dimensiones:
- Representatividad: implica la capacidad del diputado de escuchar y atender a las comunidades que dice representar. Y por comunidades no hablo de la cantidad de giras, sino de la calidad del diálogo y su traducción en propuestas concretas. Tampoco me refiero solo a un lugar geográfico, sino a grupos que se benefician de la agenda del diputado. Ese grupo puede ser tan amplio como todo el país, como cuando dirigí mi agenda a mejorar las condiciones de los consumidores (que somos todos), los que pagamos impuestos (todos nuevamente), etc.
- Calidad legislativa: la técnica de los proyectos presentados, su coherencia jurídica, su viabilidad financiera y política. Un proyecto mal diseñado puede terminar costándole más al país que el costo de no legislar.
- Efectos reales: la incidencia que la gestión legislativa tiene en las políticas públicas y en la vida cotidiana de las personas. La producción de leyes debe evaluarse por su impacto, no por la cantidad. Hoy estamos en un punto donde tendría más efecto eliminar leyes y regulaciones inútiles que seguir sumando normas al contador legislativo.
En países como el Reino Unido, la Hansard Society publica informes anuales sobre la calidad del Parlamento, evaluando desde la preparación de debates hasta la fiscalización del Ejecutivo. Esa es la diferencia entre contar con métricas serias y limitarse a contabilizar discursos.
3. ¿Cuáles podrían ser los mecanismos de control y supervisión?
Sin dejar de lado el obvio: el escrutinio y valoración ciudadana, los mecanismos pueden variar, pero todos deberían compartir una característica: independencia. Si la evaluación queda en manos de los propios actores políticos, siempre existirá la tentación de manipular resultados.
Un buen punto de partida es un observatorio ciudadano mixto, integrado por universidades, sociedad civil organizada y medios de comunicación, tal como lo han comenzado a hacer iniciativas como Primera Línea o Delfino. Su rol sería recopilar información de manera estandarizada y generar reportes periódicos de acceso público.
Otro mecanismo sería una auditoría legislativa enfocada en productividad y fiscalización, semejante a la que realiza la Contraloría en presupuestos.
En México, por ejemplo, el INEGI publica datos abiertos sobre la labor parlamentaria, lo que ha permitido a organizaciones independientes construir índices de desempeño. Esto fortalece la transparencia y genera presión sobre los partidos.
4. ¿Qué cosas les dificultan su labor? ¿Cómo las cambiaría?
La labor de un diputado enfrenta más obstáculos por diseño institucional que por capacidad individual. Los tres más evidentes son:
- Exceso de formalismo: el Reglamento Legislativo, creado para un bipartidismo ya superado, hoy es un muro de trámites que entorpece el debate y atrapa al Congreso en discusiones interminables sobre procedimiento. La productividad legislativa está más condicionada por tecnicismos que por la calidad del fondo de las iniciativas.
- Fragmentación de la información: muchos proyectos se tramitan sin contar con análisis de impacto regulatorio, evaluaciones económicas o datos actualizados. No es falta de asesores, sino de sistemas institucionalizados que integren la información necesaria en tiempo real. Sobre el análisis de impacto regulatorio, algo que estoy planeando implementar en mi práctica privada, escribiré en una próxima entrega, pero es un tema que no se ha desarrollado en el país con el nivel de profundidad que debería
- Deficiencia tecnológica: aunque se han dado pasos hacia la digitalización, el proceso sigue siendo anacrónico, con duplicidades y expedientes poco accesibles.
¿Cómo cambiarlo? No con más puestos ni más presupuesto, sino con tres medidas de eficiencia:
- Una reforma reglamentaria integral que elimine trámites obsoletos y fije plazos claros.
- Protocolos técnicos obligatorios para estudios de impacto regulatorio y presupuestario antes de votar.
- Digitalización plena del proceso, con expedientes únicos en línea, accesibles y trazables.
Con estas medidas, el trabajo legislativo dejaría de ser rehén del papeleo y la improvisación, sin aumentar el aparato de asesores, una de las demandas más criticadas por la ciudadanía.
5. ¿Cómo usar los resultados de la evaluación para mejorar el desempeño, la transparencia y la rendición de cuentas de los diputados?
Los resultados no deben quedar en informes que nadie lee. Su valor está en ser herramientas de decisión y control político.
En primer lugar, los resultados deben traducirse en incentivos y consecuencias claras dentro del propio Legislativo: diputados con buen desempeño deberían liderar comisiones, impulsar proyectos en agenda o representar al Congreso en foros internacionales. Por el contrario, quien acumula resultados negativos debería perder esos privilegios.
En segundo lugar, la evaluación debe incidir en los partidos políticos, integrándose a la selección de candidaturas y generando incentivos para apoyar a quienes eleven su calificación, porque eso se reflejará en su reputación ante el electorado.
Y en tercer lugar, los resultados deben estar disponibles para la ciudadanía en un formato accesible, verificable y continuo. No se trata de publicar un PDF oculto en la página de la Asamblea, sino de contar con una plataforma de datos abiertos que muestre asistencia, votos, coherencia y rendición de cuentas de cada legislador. Solo así el ciudadano tendrá herramientas para premiar o castigar en las urnas.
En resumen: la evaluación solo adquiere sentido cuando se traduce en decisiones institucionales, insumos partidarios y herramientas ciudadanas. De lo contrario, se convierte en un ejercicio meramente estadístico.
6. ¿Deben existir consecuencias para los diputados con evaluaciones negativas?
La evaluación sin consecuencias es un ejercicio vacío.
Si queremos un Congreso moderno, el desempeño legislativo debe tener efectos tangibles dentro de la Asamblea, en los partidos y frente a la ciudadanía.
Las sanciones deben ser graduales: desde advertencias públicas y planes de mejora, hasta la pérdida de comisiones, reducción de dietas, suspensión de viajes o limitación de agenda. No se trata de suprimir derechos, sino de restringir privilegios ligados al buen desempeño.
A nivel político, los partidos deben usar la evaluación como insumo vinculante para definir candidaturas. Un legislador con resultados negativos no debería aspirar a volver a la Asamblea, salvo tras un proceso interno más exigente y transparente.
La consecuencia final está en manos de los ciudadanos: con información clara y verificable, tendrán la capacidad de premiar o castigar en las urnas, rompiendo el círculo de impunidad que erosiona la credibilidad del Congreso.
7. ¿Cómo involucrar a los ciudadanos en este proceso y en qué deberían enfocarse?
Primero, la ciudadanía debe involucrarse más allá del fácil y anónimo llanto en redes sociales. Los ciudadanos necesitan acceso a información clara, verificable y actualizada. Una plataforma digital de datos abiertos permitiría a cualquiera consultar desde su teléfono la asistencia, los votos y los informes de rendición de cuentas. La transparencia es condición necesaria, pero no suficiente.
Segundo, se requieren espacios formales de retroalimentación, como encuestas periódicas de percepción, audiencias públicas o consultas digitales. Estos insumos, validados por un observatorio independiente, podrían incorporarse al índice de evaluación, asegurando que la voz del electorado forme parte del resultado final.
Tercero, la sociedad civil organizada —universidades, cámaras empresariales y organizaciones sociales— debe asumir un rol activo como intermediaria técnica, capaz de analizar la información y traducirla en propuestas de mejora. Esto evita que la evaluación se concentre en manos de unos pocos.
En síntesis: se trata de dar a los ciudadanos herramientas objetivas para diferenciar entre diputados responsables y quienes solo buscan figurar. La participación ciudadana debe ser informada, sistemática y vinculante.
8. ¿Cómo garantizar que la evaluación de los diputados sea continua y sistemática, y no algo esporádico?
El reto es evitar evaluaciones esporádicas ligadas a coyunturas. Se requiere institucionalizar el proceso, con un órgano independiente que publique informes periódicos. En países como Canadá, un calendario anual de rendición de cuentas obliga a cada legislador a reportar gastos, votaciones y participación, convirtiendo la evaluación en un hábito y no en una excepción.
9. ¿Cree que la evaluación de los Diputados debería ser obligatoria por ley?
Sí. La voluntariedad y la rendición de cuentas son conceptos incompatibles. Si dejamos la evaluación a la buena voluntad de los diputados, siempre habrá excusas para evadirla. Una ley marco de evaluación parlamentaria daría continuidad, uniformidad y fuerza legal al proceso, asegurando que los resultados tengan consecuencias. Esto no limitaría la independencia del Congreso, sino que reforzaría la legitimidad de su función.
Reflexión final
Responder estas preguntas me recordó algo evidente: no podemos aspirar a un Estado moderno con prácticas políticas del siglo pasado. No podemos seguir viendo a Costa Rica con ojos de Siglo XX. Evaluar a los diputados no es una amenaza a la representación popular, sino una forma de fortalecerla.
La democracia costarricense, en este cambio de ciclo político, está en una encrucijada: o se reinventa con transparencia y control ciudadano, o se desgasta hasta perder relevancia.
La Asamblea Legislativa debe ser el corazón de nuestra institucionalidad, no un blanco permanente de desconfianza.
En definitiva, la evaluación de los diputados no es un fin en sí mismo, sino un medio para devolver al ciudadano lo que nunca debió perder: la certeza de que quienes lo representan trabajan con rigor, disciplina y responsabilidad. Porque la democracia no se sostiene en discursos, sino en resultados.
Las opiniones expresadas en este artículo son responsabilidad del autor y no representan necesariamente la postura oficial de Primera Línea. Nuestro medio se caracteriza por ser independiente y valorar las diversas perspectivas, fomentando la pluralidad de ideas entre nuestros lectores.
Política
Lo que la narrativa pública omite sobre la gasolina
RESUMEN
La realidad del precio de los combustibles va mucho más allá del precio internacional y la influencia del conflicto en el Medio Oriente.
La conversación nacional sobre el precio del combustible se ha convertido en un ejercicio de simplificación notable. Recope y ARESEP anuncian un aumento, los medios reportan la cifra, el Ejecutivo y muchos analistas señalan hacia Irán, y el país acepta el veredicto: subió por la guerra, no hay mucho más que discutir. Es una historia ordenada, pero incompleta.
Cuando uno revisa los datos oficiales (La Gaceta No. 69 del 16 de abril, los reportes del BCCR sobre el tipo de cambio y las estadísticas regionales del Comité Centroamericano de Hidrocarburos) y se toma el trabajo de descomponer el precio del litro, aparece una realidad más compleja. Una realidad que, ahora sí, pone temas relevantes sobre la mesa.
El primer hecho importante es que el componente internacional (el famoso “por Irán” hoy) representa apenas un 33,8% del precio de la gasolina súper. El resto responde a decisiones internas del país.
El impuesto único a los combustibles, fijado por el Ejecutivo y la Asamblea, pesa un 43%. Los márgenes de distribución (RECOPE, transportistas, Sistema Nacional de Combustibles y estaciones de servicio) suman otro 23%. Entonces en total, más del 60% del precio final se decide en San José, no en el Medio Oriente.
Este dato tiene una implicación política incómoda. Cuando el Poder Ejecutivo aumentó el impuesto único en un 0,74% mediante decreto en febrero pasado, el ajuste pasó prácticamente inadvertido. Coincidió con el inicio de la narrativa del conflicto en Medio Oriente. La subida internacional funciona como un escudo político para el ajuste fiscal interno. Ambos efectos se suman cuando pagamos en la gasolinera, pero solo uno aparece en los titulares.
El segundo hecho importante es que la apreciación del colón (del orden del 8,3% desde enero, llevando el tipo de cambio a niveles mínimos no vistos desde 2005) está amortiguando el impacto del shock petrolero en una magnitud que nadie ha cuantificado con precisión en la cobertura mediática.
El cálculo es aritmético: como el componente internacional se paga en dólares y el resto en colones, cada punto de apreciación reduce el precio final proporcionalmente. Con los números actuales, la apreciación del colón está ahorrando entre 19 y 23 colones por litro, según el combustible. Si el tipo de cambio se hubiera mantenido en los 500 colones de enero, la gasolina súper ya estaría en 651 colones, no en 632.
Esta mitigación silenciosa merece atención por dos razones.
- Una técnica: explica por qué el shock petrolero se siente menos aquí que en el resto de Centroamérica, donde los tipos de cambio se han movido de forma distinta.
- Una política: la apreciación no es un acto de la naturaleza. Es el resultado de decisiones y omisiones del BCCR, cuya moderada intervención en el mercado cambiario, ha sido criticada por distintos analistas como Ricardo Monge González, desde la Academia de Centroamérica, y Roxana Morales Ramos, desde el Observatorio Económico de la UNA.
Aquí aparecen los efectos cruzados. El consumidor urbano se beneficia al pagar menos por la gasolina, pero el exportador cafetalero, el hotelero de Guanacaste o el productor piñero pierden competitividad. Es la misma política monetaria, con impactos opuestos. Estos dos hechos configuran un panorama que la conversación pública tiende a evitar.
El precio del combustible no es una variable aislada: está codeterminado por tres actores clave: Hacienda, que fija el impuesto; el BCCR, que incide en el tipo de cambio mediante su política monetaria; y Recope, que gestiona la importación y distribución.
Cuando el precio sube, el discurso oficial apunta exclusivamente al mercado internacional. Cuando el precio se modera más de lo esperado, se echan las flores.
El debate que correspondería tener no es cuánto subirá el combustible en mayo. Es más profundo: ¿quién gana y quién pierde con la combinación actual de impuesto alto, colón fuerte y monopolio estatal a cargo? ¿Qué ocurrirá cuando alguna de estas variables cambie, como inevitablemente sucederá? ¿Por qué ninguno de los actores responsables rinde cuentas por su impacto específico?
Los datos están disponibles en las páginas oficiales de RECOPE, ARESEP, el BCCR y los reguladores regionales. No hacen falta filtraciones ni investigaciones heroicas. Hace falta leerlos en conjunto y hacer la aritmética. Ese ejercicio, por alguna razón que conviene a varios, sigue ausente en la debate público.
Pero esa conversación es necesaria. El precio que pagamos en la gasolinera refleja mucho más que una guerra lejana. Refleja decisiones concretas sobre fiscalidad, política monetaria y la organización del mercado energético. Discutirlas con honestidad, reconociendo ganadores y perdedores, es una base mínima de seriedad democrática.
Señalar hacia Irán es más fácil. También es más cómodo. Los hechos, como suele suceder, no encajan tan bien en una narrativa simplificada.
Política
ABC legislativo: el periodo constitucional legislativo y presidencial
RESUMEN
El verdadero peso del proceso legislativo no está en el Plenario, sino en las comisiones, donde se filtran, moldean y definen las decisiones clave antes de su aprobación.
El pasado 8 de abril del presente año, el Tribunal Supremo de Elecciones entregó las credenciales como diputados de la República para el periodo constitucional 2026-2030 a las personas electas en los comicios del 1.° de febrero. En esa ceremonia también quedó definido el directorio legislativo provisional que dirigirá la sesión solemne del 1.° de mayo, fecha en que inicia el nuevo periodo constitucional.
En esta entrega de ABC Legislativo, abordaremos algunos detalles sobre las sesiones del 1.° de mayo, día en que asumen las nuevas diputaciones, así como la del 8 de mayo, cuando se realiza el traspaso de poderes entre la administración saliente y las nuevas autoridades.
La Asamblea y el 1.° de mayo
Además de su significado global por la conmemoración del Día Internacional de los Trabajadores, el 1.° de mayo marca una serie de inicios clave dentro de la Asamblea Legislativa.
En primer lugar, comienza un nuevo periodo constitucional, es decir, los cuatro años durante los cuales ejercen funciones las diputaciones electas. El periodo 2022-2026, iniciado el 1.° de mayo de 2022, concluirá el jueves 30 de abril de 2026. A partir del viernes 1.° de mayo de 2026 iniciará el nuevo periodo 2026-2030, que se extenderá hasta el 30 de abril de 2030.
Ese mismo día también inicia una nueva legislatura, entendida como el año legislativo. Cada legislatura comienza el 1.° de mayo y finaliza el 30 de abril del año siguiente. Por tanto, el próximo 1.° de mayo no solo concluye el periodo constitucional 2022-2026, sino también la legislatura 2025-2026. Con ello, se abre el periodo de ejercicio de los cargos del Directorio Legislativo, cuyos integrantes se renuevan al inicio de cada legislatura.
Además, el 1.° de mayo da paso a un nuevo periodo legislativo, que corresponde a bloques de tres meses en los que se alterna el control de la agenda parlamentaria. Estos se dividen en sesiones ordinarias y sesiones extraordinarias, organizadas de la siguiente manera:
- Del 1.° de mayo al 31 de julio: sesiones extraordinarias
- Del 1.° de agosto al 30 de octubre: sesiones ordinarias
- Del 1.° de noviembre al 31 de enero: sesiones extraordinarias
- Del 1.° de febrero al 30 de abril: sesiones ordinarias
Así, el próximo 1.° de mayo coincide con el cierre del segundo periodo de sesiones ordinarias de la legislatura 2025-2026, así como con el cierre tanto de la legislatura como del periodo constitucional. Este punto es relevante porque, durante las sesiones ordinarias, el control de la agenda lo ejercen los diputados, mientras que en las sesiones extraordinarias corresponde al Poder Ejecutivo definir qué proyectos se discuten.
Traspaso del poder
En Costa Rica, el inicio de un nuevo periodo constitucional implica también la entrada en funciones de las nuevas autoridades de gobierno, electas por voto popular. Este diseño garantiza una transición ordenada, constitucional y jurídicamente sólida entre administraciones.
Gracias a esta estructura, el país ha mantenido un prolongado periodo de estabilidad democrática, ya que los mecanismos de inicio y finalización del poder están claramente establecidos tanto en la Constitución Política como en el Reglamento de la Asamblea Legislativa.
En el caso de las diputaciones, aunque no existe un traspaso formal, sí se produce un cambio en las personas que ocupan el cargo. De acuerdo con el artículo 116 de la Constitución Política, estas asumen sus funciones en la sesión solemne del 1.° de mayo, tras haber recibido sus credenciales por parte del Tribunal Supremo de Elecciones.
Durante esa sesión se define el Directorio Legislativo. El Directorio Provisional tiene la tarea de verificar la asistencia inicial de los diputados, con base en la nómina enviada por el Tribunal, y de realizar la juramentación constitucional. Los diputados prestan juramento ante este órgano, una vez que su presidente haya sido juramentado ante la Asamblea.
Por su parte, el artículo 136 de la Constitución establece que el 8 de mayo deben asumir sus cargos el Presidente y los Vicepresidentes electos, momento en el cual cesan las autoridades salientes. Este acto se realiza ante la Asamblea Legislativa, según el artículo 137, aunque, de no ser posible, se llevaría a cabo ante la Corte Suprema de Justicia, asegurando así la continuidad institucional.
El Directorio Legislativo
La Asamblea Legislativa, como primer poder de la República, cuenta con autonomía para organizar su funcionamiento interno. Esta organización se rige por el Reglamento de la Asamblea Legislativa, el cual solo puede modificarse con el voto favorable de al menos 38 diputaciones.
El Directorio Legislativo funciona como la cabeza administrativa y política del Congreso. Entre sus funciones están aprobar contrataciones, gestionar recursos, velar por el cumplimiento del reglamento y dirigir la acción política del órgano legislativo.
Este Directorio se elige cada 1.° de mayo en sesión solemne. Las candidaturas suelen ser propuestas por diputados de los respectivos partidos, y resultan electas aquellas personas que obtienen la mayoría de los votos presentes.
En cuanto a la dirección de la sesión, el directorio saliente cumple esa función. Sin embargo, en la primera sesión de un nuevo periodo constitucional, el artículo 15 del Reglamento establece que el directorio provisional estará integrado por los seis diputados de mayor edad electos como cabeza de sus papeletas. El de mayor edad ejercerá la Presidencia, seguido en orden decreciente por los demás cargos.
Con base en este criterio, el Tribunal Supremo de Elecciones definió el Directorio Legislativo provisional de la siguiente forma:
- Presidencia: Ronald Alberto Campos Villegas (PLN)
- Vicepresidencia: Janice Patricia Sandí Morales (PLN)
- Primera Secretaría: José Miguel Villalobos Umaña (PPSO)
- Segunda Secretaría: María Eugenia Román Zamora (FA)
- Primera Prosecretaría: Marta Eugenia Esquivel Rodríguez (PPSO)
- Segunda Prosecretaría: Nogui Acosta Jaen (PPSO)
Este grupo será el encargado de dirigir la elección del Directorio definitivo para la legislatura 2026-2027, el cual tendrá entre sus primeras funciones declarar abierto el periodo de sesiones extraordinarias.
La sesión solemne
El Reglamento de la Asamblea Legislativa establece en su artículo 11 las condiciones para la sesión solemne del 1.° de mayo. Esta tiene como objetivos la elección del Directorio Legislativo, la apertura del periodo legislativo y el anuncio del mensaje presidencial, según lo dispuesto en la Constitución.
Las diputaciones deben seguir un protocolo definido por el Directorio Legislativo, conforme al artículo 26 del reglamento, que incluye aspectos como vestimenta, horarios y otras disposiciones generales.
Finalmente, una vez instalada la nueva Asamblea Legislativa, se comunica formalmente a los demás poderes de la República y al Tribunal Supremo de Elecciones la apertura de sesiones de dos tercios de las diputaciones (38 votos), permitiendo así su entrada en vigor como ley.
Las opiniones expresadas en este artículo son responsabilidad del autor y no representan necesariamente la postura oficial de Primera Línea. Nuestro medio se caracteriza por ser independiente y valorar las diversas perspectivas, fomentando la pluralidad de ideas entre nuestros lectores.
Política
El país no puede seguir preso de las expropiaciones
RESUMEN
El problema no es expropiar, es hacerlo tarde y mal. Sin capacidad para disponer del terreno a tiempo, cualquier obra termina costando más y llegando después.
Costa Rica tiene una extraña habilidad para sobrereflexionar hasta convertir lo urgente en eterno. Habla de competitividad, de infraestructura, de atracción de inversión y de calidad de vida, pero cuando llega el momento de corregir uno de los nudos que más atrasan la obra pública, aparecen los apóstoles del no.
Por eso, el expediente 24.669, presentado por el diputado Luis Diego Vargas y ya dictaminado en la Comisión Especial de Infraestructura, merece ser aprobado. No porque sea perfecto, sino porque enfrenta un problema real que el país ha tolerado durante demasiado tiempo: la incapacidad de adquirir a tiempo los terrenos necesarios para construir. El proyecto busca regular la adquisición, la donación y la expropiación forzosa de bienes por causa de interés público legalmente comprobado.
El problema no es legal, es de ejecución
Lo central aquí no es jurídico en sentido estricto, sino estratégico. El proyecto parte de una verdad incómoda: en Costa Rica, la tardanza y la insuficiencia en la disponibilidad física de terrenos frenan proyectos de infraestructura pública, especialmente en zonas urbanas, y esa realidad se ha agravado por la judicialización de los procesos.
El texto intenta corregir eso sin eliminar la intervención judicial, sino redimensionándola para que el juez conozca la discusión sobre el monto, sin que cada desacuerdo termine paralizando obras enteras. Además, establece un incentivo de hasta un 10% sobre el avalúo para estimular la venta voluntaria y prevé un plazo de cinco días hábiles para que el administrado manifieste su conformidad con el justiprecio antes de pasar a la fase judicial especial.
Traducido en cristiano: esta ley no busca atropellar la propiedad privada.
Busca que el interés público deje de caminar con grilletes. Propone que el Estado negocie primero, luego incentive y, solo si no hay acuerdo, expropie bajo un procedimiento más útil. Ese enfoque es más sensato que el modelo actual, que combina burocracia, litigio, demora y sobrecostos hasta volver ridícula cualquier aspiración de ejecución seria. Quien quiera un ejemplo de lo que implica seguir como estamos no tiene que imaginar nada. Basta revisar la historia reciente de nuestra infraestructura vial.
Cuando el terreno frena al país
Ahí está Circunvalación Norte. La obra acumuló 3.254 días de atraso y las expropiaciones fueron la principal causa de esa demora. A esto se sumaron reclamos económicos del contratista por costos indirectos vinculados, entre otros factores, a expropiaciones y reubicación de servicios. Esto significa que el problema no es solo tiempo. Es también plata. Plata pública. Plata que termina saliendo del bolsillo de todos por no resolver a tiempo algo tan elemental como la disponibilidad del terreno.
Ahí está también Barranca-Limonal, un proyecto clave para la Interamericana Norte. En 2021, solo 38 de 396 predios requeridos estaban en manos del Estado, es decir, ni siquiera el 10% del total. Y todavía en 2025, el nuevo esquema licitatorio tuvo que separar obras principales y marginales porque seguían existiendo terrenos pendientes de expropiar. Otra vez lo mismo: la carretera no se atrasa porque el país no entienda su importancia, sino porque el Estado sigue sin contar con una herramienta suficientemente eficaz para disponer del suelo a tiempo.
El caso de la Ruta 32 es todavía más elocuente. En 2022, el Conavi aceptó un reclamo por atrasos en expropiaciones y prorrogó la conclusión de la obra. Para entonces, de 578 terrenos requeridos, solo 118 estaban en manos del Estado. En 2024 aún quedaban 134 gestiones pendientes de un total de 496 terrenos. Y en 2022 se registraban 372 expropiaciones pendientes, atrapadas en una maraña de ocho dependencias estatales. Ese es el verdadero rostro del problema: no una discusión teórica, sino un sistema incapaz de moverse con la velocidad mínima que exige una obra estratégica.
Y si alguien cree que esto solo explica el pasado, que vea San José–San Ramón. En febrero de 2026, el propio MOPT defendía ante diputados un plan de expropiaciones para esa ampliación, mientras Mideplán indicaba que existían 503 expropiaciones pendientes en los 55 kilómetros del proyecto. Es decir, no estamos ante una patología superada, sino frente a un obstáculo vigente, actual y decisivo para obras futuras. Si esta ley logra reducir tiempos, ordenar procedimientos y favorecer acuerdos voluntarios antes de la judicialización, el beneficio país sería inmediato.
Entre la tutela y la parálisis
Por eso cuesta tomar en serio a quienes adversan el proyecto como si defendieran una gran causa. En demasiados casos, lo que están defendiendo, consciente o inconscientemente, es la preservación del atasco. El Colegio de Abogados hizo observaciones de técnica legislativa atendibles: advirtió que regular en una sola ley la compra directa, la donación y la expropiación puede afectar el orden y la claridad del objeto regulado, e incluso generar doble regulación con materias ya cubiertas por la Ley General de Contratación Pública. Muy bien. Que se afine la redacción. Que se mejore. Pero eso no es una condena de fondo, sino una advertencia técnica, no una excusa para seguir en el pantano.
Ese es justamente el problema del debate costarricense. Aquí demasiada gente confunde una observación técnica con un permiso moral para no hacer nada.
Se toma una salvedad razonable, se exagera, se dramatiza y se usa como coartada para sostener el statu quo. Y el statu quo, en este caso, es desastroso. Es un país donde una carretera estratégica puede quedar atrapada durante años porque cada desacuerdo individual, cada expediente y cada oficina involucrada tienen poder real para frenar el interés público. Eso no es garantía. Eso es impotencia estatal, y la impotencia estatal también genera daño social, económico y territorial.
Seamos claros: la propiedad privada (lo más sagrado para este servidor junto con la vida) merece tutela. La indemnización justa es obligatoria.
El control judicial debe existir. Pero nada de eso significa que el procedimiento deba estar diseñado para que el país nunca termine una obra a tiempo.
La Constitución protege la propiedad; no consagra un derecho a inmovilizar indefinidamente proyectos de interés público. Una democracia madura no renuncia a expropiar: expropia cuando corresponde, indemniza como debe y ejecuta sin pedirle permiso al atraso.
Este proyecto merece aprobarse porque entiende esa realidad. Porque apuesta primero por la negociación, introduce incentivos económicos y ordena la intervención judicial sin convertir cada controversia en un veto material. Y porque Costa Rica ya tiene suficientes pruebas de lo que cuesta no corregir esto: Circunvalación Norte, Ruta 32, Barranca-Limonal y San Ramón son recordatorios demasiado caros de que seguir igual no es una opción seria.
La Asamblea Legislativa tiene aquí una oportunidad poco frecuente de hacer algo realmente útil. De cerrar con una buena nota.
Puede pulir el texto, por supuesto. Debe hacerlo. Pero debería aprobarlo. Porque si vuelve a ceder ante los reflejos del miedo, de la pereza mental o del fetichismo procedimental, estará haciéndole un favor no al país, sino al atraso. Y a estas alturas, seguir protegiendo el atraso con lenguaje jurídico elegante ya no es prudencia. Es complicidad.
Las opiniones expresadas en este artículo son responsabilidad del autor y no representan necesariamente la postura oficial de Primera Línea. Nuestro medio se caracteriza por ser independiente y valorar las diversas perspectivas, fomentando la pluralidad de ideas entre nuestros lectores.
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