Política
Programas y percepciones: entre el miedo, la esperanza y la libertad.
RESUMEN
Las elecciones se juegan en la capacidad de leer el clima emocional del país y convertirlo en dirección política. Cuando la inseguridad, la frustración y el deseo de cambiar el rumbo conviven, los programas solo funcionan si logran conectar con esa mezcla. Lo que define al liderazgo no es la cantidad de propuestas, sino la habilidad de transformar libertad, seguridad y responsabilidad en una visión que el ciudadano pueda sentir como propia.
El valor y la ilusión de los programas
En cada proceso electoral reaparece la pregunta sobre si los programas de gobierno sirven de algo. Si alguien los lee. Si pesan en la decisión de voto. Y la respuesta, por incómoda que sea, es que los programas valen poco si el candidato no encarna lo que promete.
No porque el contenido sea irrelevante, sino porque en política la coherencia no se mide por la gramática, sino por el carácter.
La gente vota más por intuición que por lo que encuentre en un PDF. No busca un índice, sino una historia en la que creer.
Lo que proyecta autenticidad no es el documento técnico, sino la sensación de que el candidato entiende el país en que vive. Y, sin embargo, un programa sólido sigue siendo una brújula importante: evita improvisaciones, reduce las inseguridades que genera el poder y define las convicciones que el calor de la campaña suele borrar.
Después de analizar los programas de gobierno de ocho partidos y contrastarlos con las encuestas del Centro de Investigación y Estudios Políticos (CIEP-UCR) de septiembre y octubre de 2025, la conclusión es doble.
Primero, que las emociones dominan el voto. Segundo, que la profundidad programática y la conexión emocional no siempre conviven en el mismo partido.
Los hallazgos del CIEP – Qué dicen los costarricenses.
Las cifras del CIEP de octubre de 2025 son el espejo más nítido del humor nacional.
El 45% de los costarricenses identifica la inseguridad y el crimen como el principal problema del país. Le siguen la corrupción (15,5%), el costo de la vida (7%) y el desempleo (5,5%). El resto se dispersa entre drogas, educación y pobreza.
Detrás de esos números hay una emoción que domina todo: la esperanza (62%), seguida de la preocupación (56%). Es decir, un país preocupado pero que todavía cree que puede enderezarse.
Lo más revelador es que tres de cada cuatro costarricenses (75%) dicen no tener afinidad con ningún partido, y que un 55% se declara indeciso. En otras palabras, el electorado está completamente disponible. No fidelizado.
Pero esa disponibilidad no es neutra: está cargada de frustración con “los de siempre”, con la clase política del bipartidismo. Al menos, esa es mi interpretación. Si no fuera así, el 63% de las personas no estaría conforme con el Presidente Chaves.
Las motivaciones de voto más potentes lo confirman.
El 87% afirma que votará para “quitarle el poder a los de siempre”, el 85% para “devolverle el poder al pueblo”, y el 86% para “cambiar la Asamblea Legislativa”. Incluso un 76% dice querer “cambiar la Constitución”. No porque tenga una propuesta concreta, sino porque quiere “empezar de nuevo”.
Ese ánimo de ruptura, mezcla de indignación y esperanza, marca el campo de juego electoral.
El problema es que pocos partidos logran traducir esa energía emocional en una oferta institucional coherente. Algunos la aprovechan para gritar más fuerte; otros la ignoran confiando en que la gestión hablará por ellos.
Contraste liberal – Qué programas encarnan mejor MI visión de libertad
Aquí declaro mi sesgo, y esta sección se la pueden saltar. Me considero liberal clásico (sí, todavía soy de los “ilusos” que creen en ideología), por lo que para mí es útil ver para mi beneficio el fenómeno político a través de ese prisma. A los que les sirva este análisis, bienvenidos. A los que no, espero que podamos disentir con respeto. Como siempre.
OK, empecemos: si uno mide los programas bajo los principios fundamentales del liberalismo clásico —libertad individual, Estado de Derecho, propiedad privada, disciplina fiscal y competencia abierta— los resultados son claros.
El Partido Unidad Social Cristiana presenta el plan más doctrinalmente coherente y más institucionalmente sólido (desde el punto de vista liberal) con una nota de 4.6/5, que combina disciplina fiscal, apertura y eficiencia estatal con una ética social-cristiana que humaniza el discurso liberal.
Detrás aparecen Avanza (4.3) y Unidos Podemos (4.2), ambos con una narrativa liberal pragmática: hablan de innovación, formalización, simplificación tributaria y educación técnica. Son liberales gerenciales, más prácticos que filosóficos.
Luego se ubica Pueblo Soberano (Laura Fernández) con 4.0/5, un programa de ejecución y resultados, liberal en economía y fuerte en seguridad.
Más abajo le siguen Nueva República (Fabricio Alvarado, 3.2): eficiente en gerencia, pero moralista y centralista; y el Partido Liberación Nacional (PLN, Álvaro Ramos, 3.1/5), mezcla de tecnocracia y desarrollismo socialdemócrata.
Luego la Agenda Ciudadana (Claudia Dobles, 2.7): progresista, institucionalmente seria pero fiscalmente expansiva; y el Frente Amplio (Ariel Robles, 2.0): coherente en su izquierda, incompatible con la libertad económica.
La línea divisoria es clara: cuatro programas liberales o pro-mercado, cuatro no tanto.
Sin embargo —y esto es muy importante— la coherencia doctrinal no garantiza resonancia emocional.
Cuando se cruzan estos resultados con los hallazgos del CIEP, aparecen tres conclusiones:
- Los votantes no buscan un tratado ideológico, sino soluciones inmediatas a la inseguridad y la corrupción.
- La retórica anti-élite pesa más que la consistencia fiscal.
- El liberalismo programático solo se vuelve atractivo cuando habla en lenguaje ciudadano.
El P.U.S.C. encarna mejor la visión pro individuo y la responsabilidad fiscal, pero su narrativa suena más a política pública que a historia personal.
Por contraste, Pueblo Soberano y Avanza articulan lenguaje emocional con visión liberal, lo que los acerca más al humor social del momento.
El Frente Amplio y Nueva República se ubican en extremos opuestos: uno desde el colectivismo igualitarista; el otro desde la moral conservadora. En ambos, la libertad individual queda subordinada: en el primero, al Estado; en el segundo, a la fe.
Entre la teoría y la empatía – Quiénes escuchan de verdad
El CIEP muestra que los costarricenses viven preocupados por la inseguridad, cansados de la corrupción y asfixiados por el costo de vida.
Pero más allá de los problemas, hay una demanda de respeto y eficacia.
La gente no está pidiendo ideología: está pidiendo control. No quiere más diagnósticos; quiere resultados.
Ahí es donde la política se divide entre quienes hablan para sí mismos y quienes hablan para los demás.
Pueblo Soberano entiende ese código emocional. Su narrativa de “orden y resultados” responde al miedo a la inseguridad con un plan concreto: inteligencia, tecnología, escaneo total en fronteras, control territorial y un centro de mando nacional.
Su discurso de eficiencia y cero corrupción traduce bien la ansiedad ciudadana por “un Estado que sirva”. Y aunque la mención de “suspender garantías” genera tensión liberal, la gente en general la percibe como determinación, no autoritarismo.
En el clima actual, eso puede sumar votos más rápido que cien páginas de teoría económica.
Avanza es el otro ejemplo de sintonía emocional bien calibrada. No promete refundar nada ni cambiar la Constitución: promete orden, trabajo y ética pública.
Habla de seguridad con inteligencia, educación con propósito y empleo con libertad. Es el único que logra unir el discurso de la eficiencia con una narrativa emocional de reconstrucción moral sin moralismo.
En cambio, otros partidos pueden ofrecer un programa impecable, pero su lenguaje técnico: “regulación inteligente”, “neutralidad competitiva”, “evaluación ex-ante”, difícilmente mueve a un votante angustiado por la delincuencia o el precio del arroz.
Su desafío no es doctrinal: es comunicativo. Cómo hacer sentir el liberalismo sin explicarlo.
El P.U.S.C. se ubica en una zona media: sólido en economía, confiable en gobernanza, pero emocionalmente distante. Su tono tecnocrático inspira respeto, no entusiasmo.
Unidos Podemos, en cambio, mantiene un equilibrio: liberalismo práctico, lenguaje claro y vocación de “hacer que el Estado funcione”.
El PLN, pese a su solidez institucional, enfrenta un obstáculo estructural que preocupa en la encuesta del CIEP: representa justamente a “los mismos de siempre”.
En una elección dominada por la motivación de “quitar poder a las élites políticas”, su mensaje de “reencauzar la democracia” suena más a defensa que a renovación.
En el otro extremo, Nueva República canaliza con fuerza la emoción del orden y la identidad. Su discurso moralista de “recuperar los valores” y “defender la familia” conecta con la mitad del país que asocia la crisis social con un vacío ético. Pero su visión centralista y restrictiva de las libertades civiles lo distancia del liberalismo clásico y, eventualmente, del votante urbano joven.
El Frente Amplio escucha bien el resentimiento con las élites, pero no el miedo al crimen. Su narrativa de redistribución y justicia social se ajusta al cansancio con la desigualdad, pero ignora que el 45% de los ciudadanos considera que la principal urgencia no es la pobreza, sino la inseguridad.
Y Agenda Ciudadana, con un plan sofisticado, cae en el error opuesto: exceso de Estado, exceso de tecnocracia, escasa emoción.
Conclusión – Ideas o personalidades: el dilema de nuestra democracia
La gran lección del CIEP es que la democracia costarricense sigue emocionalmente viva, pero intelectualmente vacía. No por falta de talento, sino por falta de conexión entre las ideas y las personas que deberían defenderlas.
El votante medio no lee programas: los huele. Intuye si detrás hay coherencia o marketing.
Por eso un plan doctrinalmente impecable, si se comunica con frialdad, vale menos que una consigna mediocre dicha con convicción. Y por eso también, aunque nos incomode admitirlo, la política se ha vuelto una competencia por quién interpreta mejor la emoción colectiva, no por quién escribe el mejor documento.
El reto para el liberalismo costarricense no es convencer al electorado de que la libertad funciona. Es hacer sentir que la libertad protege. Traducir responsabilidad en empatía. Competencia en oportunidad. Reforma en alivio.
El ciudadano no vota por la curva de Laffer: vota por la esperanza de llegar a fin de mes sin miedo ni impuestos asfixiantes.
En esa lógica, el liberalismo con rostro humano, el que pone a la persona en el centro y no al mercado como fetiche, es el único capaz de construir mayoría. Los liberales que olvidan el miedo a la inseguridad pierden. Los que lo explotan sin límites, también.
La tarea es reconciliar libertad con seguridad, mostrando que una no se sacrifica por la otra, sino que se sostienen mutuamente.
Por eso, en el mapa actual, Pueblo Soberano, Avanza y Unidos Podemos aparecen mejor posicionados emocionalmente:
- el primero por su narrativa de control,
- el segundo por su lenguaje ciudadano,
- el tercero por su equilibrio institucional.
En el campo doctrinal, el P.U.S.C. conserva la hegemonía intelectual liberal, pero su desafío será revestir de emoción lo que ya tiene de razón.
El Frente Amplio y Agenda Ciudadana son las caras de una izquierda bienintencionada pero regresiva, que confunde justicia social con hipertrofia estatal. Liberación Nacional representa la solvencia técnica sin inspiración. Y Nueva República encarna la disciplina sin libertad: un orden que, sin límites, deja de ser orden y se convierte en poder.
Costa Rica no necesita refundar su democracia, como sugieren algunos discursos del CIEP. Necesita recordar su contrato original: que la libertad individual no es negociable, que el Estado existe para servir y no para dirigir, y que los gobiernos se juzgan por su eficiencia y su decencia, no por sus himnos.
La elección de 2026 no será entre izquierda y derecha, sino entre carácter y narrativa. Entre quienes venden miedo y quienes prometen control. Entre quienes ofrecen subsidios y quienes crean condiciones para producir. Entre quienes buscan poder y quienes buscan propósito.
Los programas importan, pero solo cuando el candidato los encarna. Sin carácter, el mejor plan es papel mojado. Sin contenido, el mejor discurso se convierte en ruido. El liderazgo que Costa Rica necesita no es el que grita más, sino el que sabe lo que defiende.
Porque gobernar no es improvisar con la encuesta del mes. Es tener el valor de defender principios, incluso cuando el aplauso se ha ido.
Y ese, en el fondo, es el mayor indicador de libertad: decidir con convicción, no con cálculo.
Las opiniones expresadas en este artículo son responsabilidad del autor y no representan necesariamente la postura oficial de Primera Línea. Nuestro medio se caracteriza por ser independiente y valorar las diversas perspectivas, fomentando la pluralidad de ideas entre nuestros lectores.
Política
Tercerizar no es el problema. Gobernar mal sí.
RESUMEN
El país enfrenta una decisión más profunda que un caso puntual: o profesionaliza su capacidad de contratar servicios complejos, o seguirá atrapado entre escándalos cíclicos y servicios insuficientes. La discusión no debería girar alrededor de ideologías, sino alrededor de estándares. Cuando el Estado no desarrolla inteligencia contractual, deja espacio para la captura, el sobrecosto y la desconfianza. La solución no está en retroceder herramientas, sino en elevar la exigencia institucional.
Costa Rica tiene una manía peligrosa: cuando un instrumento de política pública se contamina por una contratación fallida, la reacción inmediata es declarar “muerto” el instrumento. Se condena la figura, no el proceso. Se dispara contra el martillo, no contra la mano que lo sostuvo.
El caso “barrenador”, con todo el ruido, la indignación y los titulares, está siendo usado así: como prueba automática de que la tercerización de EBAIS es mala, que “lo privado” es sinónimo de abuso y que el único camino “seguro” es volver a concentrar toda la operación en gestión directa. Esa lectura es emocional. Y, peor aún, es un mal diagnóstico.
Porque lo que el caso realmente desnuda no es un pecado original de la tercerización. Lo que desnuda es algo mucho más incómodo: la CCSS, en su rol de compradora pública, ha venido operando con debilidades estructurales para diseñar, licitar, evaluar, adjudicar y supervisar contratos complejos de servicios de salud.
Y si uno no sabe comprar, no sabe gobernar.
Y aun así, hay quienes proponen que administre un banco estatal…
No confundamos la discusión: modelo vs. gobernanza
La política pública no se evalúa por anécdotas. Se evalúa por resultados y capacidad institucional.
Tercerizar EBAIS no es “privatizar la salud”. Es un mecanismo de provisión dentro de un sistema público universal, donde el Estado mantiene rectoría, financiamiento y supervisión.
Es, en esencia, una forma de administrar capacidad instalada y continuidad operativa cuando la institución no puede —o no logra, evidentemente— expandirse con la velocidad, flexibilidad y eficiencia que la demanda exige.
El problema aparece cuando ese mecanismo se ejecuta sin una arquitectura de control robusta: sin estudios de razonabilidad de precio que resistan auditoría; sin trazabilidad impecable de cambios; sin cláusulas contractuales que premien desempeño y castiguen incumplimientos; sin supervisión clínica y administrativa real; sin gestión de riesgos; sin segregación efectiva de funciones.
Eso es gobernanza. Eso es lo que falla. No el concepto. No es mala intención. Es mal diseño. O, más bien, un diseño que han querido mantener, sobre todo, los mandos medios.
Y aquí viene un punto esencial, sobre todo en un país donde la reputación se destruye con una filtración y se reconstruye con años: la responsabilidad penal es individual, se prueba y la determina un juez. No un “clima” mediático. No una narrativa. No una indignación colectiva.
Pretender que, por el solo hecho de existir detenciones o investigaciones, ya podemos “asignar culpa” a una expresidenta o a miembros de Junta Directiva, además de ser jurídicamente incorrecto, es estratégicamente torpe.
En instituciones grandes, muchas veces la falla es sistémica: son los procedimientos, los mandos medios que controlan el flujo de información, las unidades técnicas que redactan y modifican pliegos, los comités que procesan ofertas, las jefaturas que administran el día a día de la contratación. Ahí es donde se juega la integridad del proceso. Ahí está la captura, cuando la hay. Ahí se siembra el riesgo.
La Junta Directiva decide, sí. Pero decide sobre insumos. Y si los insumos están sesgados, incompletos o diseñados para inducir una conclusión, el problema no es solo “quién firma”. Es quién arma el expediente, quién controla la cocina, quién domina la letra menuda.
La realidad incómoda: sin tercerización no hay cobertura
Ahora vayamos a la discusión que de verdad importa: ¿qué alternativa real tiene hoy la CCSS para asegurar cobertura y continuidad en atención primaria? ¿Para disminuir esas listas de espera interminables?
La atención primaria es la base de la sostenibilidad financiera del sistema. Si el primer nivel falla, todo se desplaza hacia urgencias y especialidades. Eso es carísimo. Y eso alimenta listas de espera.
La CCSS enfrenta restricciones que no desaparecen gracias a la red de protección interna:
- Rigidez administrativa y laboral para ajustar rápidamente recursos donde la demanda crece.
- Dificultad para abrir, expandir o reconfigurar servicios con la velocidad que requieren ciertos territorios.
- Incentivos internos débiles para premiar productividad y calidad, y para corregir bajo desempeño.
- Presión fiscal y costos crecientes.
En ese contexto, la tercerización bien hecha no es un “capricho ideológico”. Es una herramienta pragmática de gestión pública. Los países serios no discuten esto como dogma. Discuten cómo se contrata, cómo se mide, cómo se controla.
Y hay algo que se ha perdido en el debate: los EBAIS tercerizados no son, por definición, peores. La evidencia institucional muestra, de hecho, lo contrario.
La pregunta correcta no es “¿tercerización sí o no?”. La pregunta correcta es: ¿cómo diseñamos un modelo contractual que obligue a rendir cuentas y a entregar resultados verificables?
El verdadero escándalo: comprar servicios de salud como si fueran fotocopias
La contratación de servicios de salud no es una compra de bienes. Es una compra de resultados: acceso oportuno, continuidad, prevención, control de enfermedades crónicas, vacunación, seguimiento materno-infantil, referencia adecuada, calidad clínica y satisfacción del usuario.
Sin embargo, demasiadas veces el Estado compra estos servicios como si estuviera adquiriendo horas-hombre, metros cuadrados y checklists. Se define el “cómo” y se olvida el “para qué”. Se licita con lógica formalista, no con lógica humana. Y luego nos sorprende que haya sobrecostos, disputas, arbitrariedades o zonas grises.
El caso “barrenador” debe leerse como una alerta roja sobre compra pública estratégica: la CCSS tiene que profesionalizar, blindar y modernizar la forma en que contrata servicios complejos. No para “favorecer” proveedores. Para proteger al asegurado. Para evitar capturas. Para evitar, precisamente, que un caso como este se repita.
Lo que hay que hacer: tercerizar, sí; pero con dientes
La CCSS debe defender y sostener la tercerización como parte de su caja de herramientas. Pero tiene que cambiar el estándar. No con discursos. Con reglas.
Un paquete mínimo de reformas debería incluir:
- Razonabilidad de precios verificable
- Metodología pública, replicable y auditada.
- Benchmarking serio (canasta de servicios, complejidad poblacional, costos unitarios).
- Trazabilidad de cualquier ajuste al pliego o al presupuesto de referencia.
- Contratos por resultados
- Indicadores clínicos y de acceso como KPI contractuales.
- Pagos con componente variable según desempeño.
- Penalidades automáticas por incumplimientos críticos.
- Cláusulas de terminación por desempeño, no solo por formalidades.
- Supervisión independiente y permanente
- Auditoría clínica y de datos, no solo administrativa.
- Verificación en campo, con capacidad sancionatoria real.
- Tableros públicos por área de salud: transparencia radical.
- Integridad y anticaptura
- Debida diligencia reforzada del proveedor (historial, estructuras, conflictos).
- Segregación estricta de funciones internas (quien diseña pliego no decide adjudicación).
- Rotación de personal en posiciones críticas de contratación.
- Registro y trazabilidad de reuniones y comunicaciones relevantes del proceso.
- Unidad especializada de compra de servicios de salud
- No más improvisación administrativa.
- Perfil técnico multidisciplinario: salud pública, economía, derecho, datos, gestión.
Si el Estado no hace esto, el debate no es “tercerizar o no”. El debate será, inevitablemente: ¿cuándo será el próximo escándalo?
Cerrar filas con lo correcto: debido proceso y reforma institucional
Costa Rica necesita dos cosas al mismo tiempo, y tiene que sostener ambas con la misma firmeza.
Primero: debido proceso. Presunción de inocencia. Seriedad institucional. Que las investigaciones avancen, que se determinen responsabilidades donde corresponda y que no se convierta la justicia en espectáculo. Criminalizar por reflejo a jerarcas o directivos, sin sentencia y sin prueba pública, es un atajo que le hace daño a todos: a la institución, a la democracia y al estándar mínimo de justicia.
Segundo: reforma estructural. Porque si todo se reduce a “quién cayó” y “quién se salva”, perdimos la oportunidad. El aprendizaje relevante no es moralista. Es técnico: la CCSS tiene que convertirse en un comprador público competente, moderno y difícil de capturar.
“Barrenador”, entonces, no debería empujarnos a destruir la tercerización. Debería obligarnos a construir algo mejor: un modelo con reglas claras, contratos inteligentes, transparencia y control.
Lo demás es lo de siempre: indignación, titulares… y listas de espera. Y eso, francamente, es lo que la gente ya no aguanta.
Las opiniones expresadas en este artículo son responsabilidad del autor y no representan necesariamente la postura oficial de Primera Línea. Nuestro medio se caracteriza por ser independiente y valorar las diversas perspectivas, fomentando la pluralidad de ideas entre nuestros lectores.
Política
Pongámonos Serios con Daniela Rojas: ¿Por qué la Asamblea Legislativa no funciona?
RESUMEN
Cuando el problema no es solo quién decide, sino cómo está diseñado el sistema para decidir, la frustración se vuelve estructural. La conversación deja claro que sin reglas adaptadas a la realidad actual, sin incentivos para el debate honesto y sin presión ciudadana informada, la política seguirá atrapada entre el cálculo y la parálisis. Cambiar personas no alcanza si no cambiamos el tablero.
Hace tiempo que la Asamblea Legislativa de Costa Rica tiene una mala reputación. Para muchos, es sinónimo de ineficiencia, ruido político y decisiones sujetas a intereses más que a razones. Sin embargo, más allá de la percepción popular, pocas veces se entiende qué pasa adentro realmente, cómo se toman las decisiones y por qué muchas buenas ideas se estrellan incluso antes de llegar a votación.
En nuestra conversación con Daniela Rojas, una diputada que conoce el sistema desde adentro y desde afuera, se revela un fenómeno profundo: no es solo burocracia o mala voluntad. Es que el diseño institucional aún responde a una realidad que ya no existe —el bipartidismo como eje imperante— y eso dificulta que la Asamblea funcione con agilidad y coherencia. Entre mociones que atrasan iniciativas, reglamentos pensados para otros tiempos y una cultura política que evita el debate honesto, lo que vemos desde afuera es solo la punta del iceberg.
Esto no es una defensa de quienes están dentro ni una crítica superficial. Es la constatación de que las reglas del juego importan tanto como las personas que las juegan. Un sistema más transparente y adaptado a la pluralidad actual no solo permitiría que buenas leyes avancen; también devolvería a la ciudadanía la confianza en la política como herramienta de solución, no de frustración. Porque si la Asamblea no se transforma, seguirá siendo un lugar donde el cambio se traba antes de nacer.
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Política
Cuando todo es “dictadura”, nada lo es
RESUMEN
La discusión política no se empobrece solo por falta de propuestas, sino por el uso descuidado del lenguaje. Cuando todo se reduce a etiquetas extremas, el debate deja de servir para corregir errores, exigir rendición de cuentas o construir acuerdos. Recuperar la precisión, aceptar los matices y discutir con rigor no debilita la crítica: la vuelve más efectiva. En una democracia fragmentada, la responsabilidad ciudadana empieza también por cómo nombramos la realidad.
Desde octubre vivimos metidos en una campaña electoral donde el volumen del discurso se fue por las nubes. A falta de propuestas, sobraron las etiquetas. Que si “autoritario”, que si “dictadura”, que si “fascismo”, que si “facho”. Del otro lado, lo de siempre: “comunista”, “izquierdoso”, “zurdo”, “chancletudo”.
Todo dicho con una liviandad que asusta. Como si las palabras no pesaran. Como si la historia no existiera. Como si a la democracia se le pudiera jugar de vivo sin consecuencias.
Ahora que pasó la elección y los ánimos están un poco más fríos —no fríos del todo, seamos honestos, pero al menos menos inflamables— vale la pena parar la bola y pensar: ¿qué fue lo que hicimos con el lenguaje? Porque aquí hay un problema de fondo que va más allá de quién ganó y quién perdió.
Hay un problema de precisión conceptual.
Y cuando se pierde la precisión, se pierde la capacidad de entender la realidad. Y cuando se pierde eso, lo que queda es puro ruido.
Las palabras importan
Empecemos por lo básico: las palabras importan. “Dictadura”, “fascismo”, “autoritarismo”, “comunismo” no son insultos intercambiables para tirar en redes cuando uno está bravo. Son conceptos con contenido y contexto histórico, político y jurídico. Tienen un peso específico real.
Describen realidades concretas, con rasgos identificables: concentración del poder, supresión sistemática de libertades mediante coerción militar o armada, eliminación de contrapesos, persecución política, control de medios, ausencia de elecciones libres, represión organizada.
Eso es una dictadura. Eso es un régimen autoritario en serio. Eso es fascismo en su sentido histórico.
Podemos disentir con respeto, pero desde donde yo veo las cosas, en este país nadie ha dejado de decir lo que le da la gana, donde le da la gana y cuando le da la gana.
¿Que ha habido pleitos del Poder Ejecutivo con particulares, empresas e instituciones fuera de tono e innecesarios (en mi opinión)? Sí, los ha habido. Pero no han llegado a más que eventos que se han caído por su propio peso o por la acción de la institucionalidad misma.
No se ha puesto en entredicho, ni en crisis, nuestro sistema democrático. Las elecciones del primero de febrero son la mejor muestra de ello.
Cuando a todo gobierno que no me gusta le digo “dictadura”, pasa algo peligroso: diluyo el concepto. Lo vacío de contenido.
Y cuando de verdad aparezca un régimen autoritario de esos de verdad —de los que cierran parlamentos con el ejército, persiguen y matan opositores, meten presos a periodistas y cancelan elecciones— ya no vamos a tener palabras para describirlo.
Porque ya las gastamos todas en discusiones profundas de Twitter (así le sigo diciendo yo hasta que Elon patrocine esta columna, en cuyo caso con gusto le diré X).
Lo mismo pasa con el otro extremo. Llamar “comunista” a cualquiera que hable de política social, de intervención del Estado o de regulación es una caricatura. El comunismo no es “que el Estado haga algo que no me gusta”. Es un modelo ideológico con una propuesta concreta sobre la propiedad de los medios de producción, el rol del Estado, la abolición de la propiedad privada en ciertos ámbitos, y una visión particular de la economía y de la sociedad.
No todo es comunismo. No todo es socialismo del siglo XXI. Decir eso es una simplificación burda que no aporta nada al debate. Es solo ruido para la barra propia.
Polarizar rinde… pero también cobra factura
Y aquí es donde se pone incómodo el asunto: este ambiente de etiquetas y exageraciones no es un accidente. A ambas “trincheras” les sirve y lo explotan a drede.
A la oposición le sirve subir el tono porque convierte cualquier error, torpeza o exceso del Ejecutivo en prueba de que “vamos camino a la dictadura”. Eso moviliza emocionalmente, genera miedo y cohesiona a los propios.
Del otro lado, al oficialismo —o a quienes se sienten cercanos a él— le sirve pintar toda crítica como “agenda comunista”, “resistencia al cambio” o “enemigos del progreso”, porque eso también cohesiona a su base y deslegitima al que cuestiona.
En ambos casos, la lógica es la misma: simplificar al adversario, caricaturizarlo, convertirlo en villano.
Es política en su estado puro, sí. No nos hagamos los inocentes.
La polarización es rentable. Da likes. Da retuits. Da aplausos. Sirve para movilizar bases, para ordenar filas, para que nadie se salga del guacal. Pero también tiene un costo. Un costo alto. Porque en esa dinámica se pierde la posibilidad de matices.
Y la política pública vive de matices. Las democracias funcionan con contrapesos, con tensiones, con desacuerdos razonables. No con caricaturas.
Que quede claro: no estoy diciendo que el Poder Ejecutivo sea intocable, ni que la oposición sea la encarnación de la ineficiencia. Hay conductas reprochables de un lado y del otro. Las ha habido.
Decisiones mal comunicadas, impulsos personalistas, roces innecesarios con instituciones, tonos que no ayudan. Del otro lado, obstruccionismo por deporte, oportunismo político, uso de la crítica como plataforma de lucimiento personal, poca disposición real a construir acuerdos.
Todo eso es parte del paisaje. Y todo eso se puede —y se debe— criticar con fuerza. Pero una cosa es criticar con argumentos y otra es incendiar el rancho con etiquetas.
Costa Rica, con todos sus defectos, sigue siendo una democracia funcional. Con instituciones que pesan. Con contrapesos reales. Con prensa libre que investiga, incomoda y publica. Con elecciones.
Decir que vivimos en una dictadura no es solo impreciso; es una falta de respeto a quienes sí han vivido y viven bajo dictaduras de verdad.
A quienes no podían tuitear su descontento porque los desaparecían. A quienes no podían escribir artículos de opinión porque los metían presos. A quienes no podían protestar porque los reprimían a bala.
También hay un tema de responsabilidad personal en cómo consumimos y reproducimos discurso. Compartir un titular incendiario sin leer la nota completa. Aplaudir el meme que ridiculiza al “otro bando”. Repetir frases hechas sin verificar si tienen sustento.
Todo eso va construyendo un clima donde el debate se vuelve un ring de boxeo —como lo usó una de las primeras campañas de un partido político hace algunas elecciones— y no un espacio de deliberación.
Y ojo, no hablo desde un postureo moral. Todos caemos en eso alguna vez. A todos se nos calienta la jupa. Pero una cosa es el desahogo ocasional y otra es convertir la exageración en método.
Al final del día, la política no es un partido Saprissa–La Liga donde hay que elegir bando y defenderlo a muerte pase lo que pase (bajo duda: La Liga).
La política es un espacio para resolver problemas concretos: costo de vida, empleo, seguridad, educación, salud, infraestructura, competitividad.
Problemas complejos que no se arreglan a punta de hashtags ni de etiquetas ideológicas, y menos de exageraciones. Se arreglan con políticas públicas bien diseñadas, con instituciones que funcionen, con controles efectivos, con negociación política de la de verdad y con ciudadanía informada que exija resultados, no solo espectáculo.
Tal vez el primer paso para bajar un cambio es recuperar el valor de las palabras. Llamar las cosas por su nombre, con precisión. Criticar cuando hay que criticar, sin miedo, pero con rigor. Reconocer cuando el otro tiene un punto válido, aunque no nos guste.
Dejar de usar conceptos pesados como garrote retórico para ganar una discusión en redes.
Porque, al final, en este jueguito de exagerar todo, perdemos todos: perdemos capacidad de diálogo, perdemos confianza mínima entre actores políticos y perdemos la posibilidad de construir acuerdos. Y en un país con una Asamblea fragmentada, sin mayorías claras y sin capacidad de imponer agendas por la fuerza, esa pérdida se paga caro.
Bajarle dos rayitas al volumen no es rendirse. Es madurar como democracia. Y bastante falta nos hace.
Las opiniones expresadas en este artículo son responsabilidad del autor y no representan necesariamente la postura oficial de Primera Línea. Nuestro medio se caracteriza por ser independiente y valorar las diversas perspectivas, fomentando la pluralidad de ideas entre nuestros lectores.
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