Política
Programas y percepciones: entre el miedo, la esperanza y la libertad.
RESUMEN
Las elecciones se juegan en la capacidad de leer el clima emocional del país y convertirlo en dirección política. Cuando la inseguridad, la frustración y el deseo de cambiar el rumbo conviven, los programas solo funcionan si logran conectar con esa mezcla. Lo que define al liderazgo no es la cantidad de propuestas, sino la habilidad de transformar libertad, seguridad y responsabilidad en una visión que el ciudadano pueda sentir como propia.
El valor y la ilusión de los programas
En cada proceso electoral reaparece la pregunta sobre si los programas de gobierno sirven de algo. Si alguien los lee. Si pesan en la decisión de voto. Y la respuesta, por incómoda que sea, es que los programas valen poco si el candidato no encarna lo que promete.
No porque el contenido sea irrelevante, sino porque en política la coherencia no se mide por la gramática, sino por el carácter.
La gente vota más por intuición que por lo que encuentre en un PDF. No busca un índice, sino una historia en la que creer.
Lo que proyecta autenticidad no es el documento técnico, sino la sensación de que el candidato entiende el país en que vive. Y, sin embargo, un programa sólido sigue siendo una brújula importante: evita improvisaciones, reduce las inseguridades que genera el poder y define las convicciones que el calor de la campaña suele borrar.
Después de analizar los programas de gobierno de ocho partidos y contrastarlos con las encuestas del Centro de Investigación y Estudios Políticos (CIEP-UCR) de septiembre y octubre de 2025, la conclusión es doble.
Primero, que las emociones dominan el voto. Segundo, que la profundidad programática y la conexión emocional no siempre conviven en el mismo partido.
Los hallazgos del CIEP – Qué dicen los costarricenses.
Las cifras del CIEP de octubre de 2025 son el espejo más nítido del humor nacional.
El 45% de los costarricenses identifica la inseguridad y el crimen como el principal problema del país. Le siguen la corrupción (15,5%), el costo de la vida (7%) y el desempleo (5,5%). El resto se dispersa entre drogas, educación y pobreza.
Detrás de esos números hay una emoción que domina todo: la esperanza (62%), seguida de la preocupación (56%). Es decir, un país preocupado pero que todavía cree que puede enderezarse.
Lo más revelador es que tres de cada cuatro costarricenses (75%) dicen no tener afinidad con ningún partido, y que un 55% se declara indeciso. En otras palabras, el electorado está completamente disponible. No fidelizado.
Pero esa disponibilidad no es neutra: está cargada de frustración con “los de siempre”, con la clase política del bipartidismo. Al menos, esa es mi interpretación. Si no fuera así, el 63% de las personas no estaría conforme con el Presidente Chaves.
Las motivaciones de voto más potentes lo confirman.
El 87% afirma que votará para “quitarle el poder a los de siempre”, el 85% para “devolverle el poder al pueblo”, y el 86% para “cambiar la Asamblea Legislativa”. Incluso un 76% dice querer “cambiar la Constitución”. No porque tenga una propuesta concreta, sino porque quiere “empezar de nuevo”.
Ese ánimo de ruptura, mezcla de indignación y esperanza, marca el campo de juego electoral.
El problema es que pocos partidos logran traducir esa energía emocional en una oferta institucional coherente. Algunos la aprovechan para gritar más fuerte; otros la ignoran confiando en que la gestión hablará por ellos.
Contraste liberal – Qué programas encarnan mejor MI visión de libertad
Aquí declaro mi sesgo, y esta sección se la pueden saltar. Me considero liberal clásico (sí, todavía soy de los “ilusos” que creen en ideología), por lo que para mí es útil ver para mi beneficio el fenómeno político a través de ese prisma. A los que les sirva este análisis, bienvenidos. A los que no, espero que podamos disentir con respeto. Como siempre.
OK, empecemos: si uno mide los programas bajo los principios fundamentales del liberalismo clásico —libertad individual, Estado de Derecho, propiedad privada, disciplina fiscal y competencia abierta— los resultados son claros.
El Partido Unidad Social Cristiana presenta el plan más doctrinalmente coherente y más institucionalmente sólido (desde el punto de vista liberal) con una nota de 4.6/5, que combina disciplina fiscal, apertura y eficiencia estatal con una ética social-cristiana que humaniza el discurso liberal.
Detrás aparecen Avanza (4.3) y Unidos Podemos (4.2), ambos con una narrativa liberal pragmática: hablan de innovación, formalización, simplificación tributaria y educación técnica. Son liberales gerenciales, más prácticos que filosóficos.
Luego se ubica Pueblo Soberano (Laura Fernández) con 4.0/5, un programa de ejecución y resultados, liberal en economía y fuerte en seguridad.
Más abajo le siguen Nueva República (Fabricio Alvarado, 3.2): eficiente en gerencia, pero moralista y centralista; y el Partido Liberación Nacional (PLN, Álvaro Ramos, 3.1/5), mezcla de tecnocracia y desarrollismo socialdemócrata.
Luego la Agenda Ciudadana (Claudia Dobles, 2.7): progresista, institucionalmente seria pero fiscalmente expansiva; y el Frente Amplio (Ariel Robles, 2.0): coherente en su izquierda, incompatible con la libertad económica.
La línea divisoria es clara: cuatro programas liberales o pro-mercado, cuatro no tanto.
Sin embargo —y esto es muy importante— la coherencia doctrinal no garantiza resonancia emocional.
Cuando se cruzan estos resultados con los hallazgos del CIEP, aparecen tres conclusiones:
- Los votantes no buscan un tratado ideológico, sino soluciones inmediatas a la inseguridad y la corrupción.
- La retórica anti-élite pesa más que la consistencia fiscal.
- El liberalismo programático solo se vuelve atractivo cuando habla en lenguaje ciudadano.
El P.U.S.C. encarna mejor la visión pro individuo y la responsabilidad fiscal, pero su narrativa suena más a política pública que a historia personal.
Por contraste, Pueblo Soberano y Avanza articulan lenguaje emocional con visión liberal, lo que los acerca más al humor social del momento.
El Frente Amplio y Nueva República se ubican en extremos opuestos: uno desde el colectivismo igualitarista; el otro desde la moral conservadora. En ambos, la libertad individual queda subordinada: en el primero, al Estado; en el segundo, a la fe.
Entre la teoría y la empatía – Quiénes escuchan de verdad
El CIEP muestra que los costarricenses viven preocupados por la inseguridad, cansados de la corrupción y asfixiados por el costo de vida.
Pero más allá de los problemas, hay una demanda de respeto y eficacia.
La gente no está pidiendo ideología: está pidiendo control. No quiere más diagnósticos; quiere resultados.
Ahí es donde la política se divide entre quienes hablan para sí mismos y quienes hablan para los demás.
Pueblo Soberano entiende ese código emocional. Su narrativa de “orden y resultados” responde al miedo a la inseguridad con un plan concreto: inteligencia, tecnología, escaneo total en fronteras, control territorial y un centro de mando nacional.
Su discurso de eficiencia y cero corrupción traduce bien la ansiedad ciudadana por “un Estado que sirva”. Y aunque la mención de “suspender garantías” genera tensión liberal, la gente en general la percibe como determinación, no autoritarismo.
En el clima actual, eso puede sumar votos más rápido que cien páginas de teoría económica.
Avanza es el otro ejemplo de sintonía emocional bien calibrada. No promete refundar nada ni cambiar la Constitución: promete orden, trabajo y ética pública.
Habla de seguridad con inteligencia, educación con propósito y empleo con libertad. Es el único que logra unir el discurso de la eficiencia con una narrativa emocional de reconstrucción moral sin moralismo.
En cambio, otros partidos pueden ofrecer un programa impecable, pero su lenguaje técnico: “regulación inteligente”, “neutralidad competitiva”, “evaluación ex-ante”, difícilmente mueve a un votante angustiado por la delincuencia o el precio del arroz.
Su desafío no es doctrinal: es comunicativo. Cómo hacer sentir el liberalismo sin explicarlo.
El P.U.S.C. se ubica en una zona media: sólido en economía, confiable en gobernanza, pero emocionalmente distante. Su tono tecnocrático inspira respeto, no entusiasmo.
Unidos Podemos, en cambio, mantiene un equilibrio: liberalismo práctico, lenguaje claro y vocación de “hacer que el Estado funcione”.
El PLN, pese a su solidez institucional, enfrenta un obstáculo estructural que preocupa en la encuesta del CIEP: representa justamente a “los mismos de siempre”.
En una elección dominada por la motivación de “quitar poder a las élites políticas”, su mensaje de “reencauzar la democracia” suena más a defensa que a renovación.
En el otro extremo, Nueva República canaliza con fuerza la emoción del orden y la identidad. Su discurso moralista de “recuperar los valores” y “defender la familia” conecta con la mitad del país que asocia la crisis social con un vacío ético. Pero su visión centralista y restrictiva de las libertades civiles lo distancia del liberalismo clásico y, eventualmente, del votante urbano joven.
El Frente Amplio escucha bien el resentimiento con las élites, pero no el miedo al crimen. Su narrativa de redistribución y justicia social se ajusta al cansancio con la desigualdad, pero ignora que el 45% de los ciudadanos considera que la principal urgencia no es la pobreza, sino la inseguridad.
Y Agenda Ciudadana, con un plan sofisticado, cae en el error opuesto: exceso de Estado, exceso de tecnocracia, escasa emoción.
Conclusión – Ideas o personalidades: el dilema de nuestra democracia
La gran lección del CIEP es que la democracia costarricense sigue emocionalmente viva, pero intelectualmente vacía. No por falta de talento, sino por falta de conexión entre las ideas y las personas que deberían defenderlas.
El votante medio no lee programas: los huele. Intuye si detrás hay coherencia o marketing.
Por eso un plan doctrinalmente impecable, si se comunica con frialdad, vale menos que una consigna mediocre dicha con convicción. Y por eso también, aunque nos incomode admitirlo, la política se ha vuelto una competencia por quién interpreta mejor la emoción colectiva, no por quién escribe el mejor documento.
El reto para el liberalismo costarricense no es convencer al electorado de que la libertad funciona. Es hacer sentir que la libertad protege. Traducir responsabilidad en empatía. Competencia en oportunidad. Reforma en alivio.
El ciudadano no vota por la curva de Laffer: vota por la esperanza de llegar a fin de mes sin miedo ni impuestos asfixiantes.
En esa lógica, el liberalismo con rostro humano, el que pone a la persona en el centro y no al mercado como fetiche, es el único capaz de construir mayoría. Los liberales que olvidan el miedo a la inseguridad pierden. Los que lo explotan sin límites, también.
La tarea es reconciliar libertad con seguridad, mostrando que una no se sacrifica por la otra, sino que se sostienen mutuamente.
Por eso, en el mapa actual, Pueblo Soberano, Avanza y Unidos Podemos aparecen mejor posicionados emocionalmente:
- el primero por su narrativa de control,
- el segundo por su lenguaje ciudadano,
- el tercero por su equilibrio institucional.
En el campo doctrinal, el P.U.S.C. conserva la hegemonía intelectual liberal, pero su desafío será revestir de emoción lo que ya tiene de razón.
El Frente Amplio y Agenda Ciudadana son las caras de una izquierda bienintencionada pero regresiva, que confunde justicia social con hipertrofia estatal. Liberación Nacional representa la solvencia técnica sin inspiración. Y Nueva República encarna la disciplina sin libertad: un orden que, sin límites, deja de ser orden y se convierte en poder.
Costa Rica no necesita refundar su democracia, como sugieren algunos discursos del CIEP. Necesita recordar su contrato original: que la libertad individual no es negociable, que el Estado existe para servir y no para dirigir, y que los gobiernos se juzgan por su eficiencia y su decencia, no por sus himnos.
La elección de 2026 no será entre izquierda y derecha, sino entre carácter y narrativa. Entre quienes venden miedo y quienes prometen control. Entre quienes ofrecen subsidios y quienes crean condiciones para producir. Entre quienes buscan poder y quienes buscan propósito.
Los programas importan, pero solo cuando el candidato los encarna. Sin carácter, el mejor plan es papel mojado. Sin contenido, el mejor discurso se convierte en ruido. El liderazgo que Costa Rica necesita no es el que grita más, sino el que sabe lo que defiende.
Porque gobernar no es improvisar con la encuesta del mes. Es tener el valor de defender principios, incluso cuando el aplauso se ha ido.
Y ese, en el fondo, es el mayor indicador de libertad: decidir con convicción, no con cálculo.
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