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Política

Érase una vez una República

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En la Costa Rica de hoy, la forma de vida republicana se debate entre el estatismo y la libertad… pero en un rincón del relato, acecha el populismo. Esta es la historia de un pequeño país latinoamericano dónde, por razones que no voy a incluir en este relato, tuvimos la fortuna de que nuestros gobernantes liberales –allá en el siglo XIX y principios del XX– tuvieran la ética ciudadana, la claridad mental y las convicciones políticas que nos salvaron de muchos de los trágicos eventos, tales como guerras, dictaduras y revoluciones, tan comunes en el resto de la región centroamericana.

Sin embargo, ese logro, en lugar de ser aprovechado para desarrollarnos, fue usado por una nueva clase política, para nada liberal –la que nos gobierna desde mediados del siglo XX–, para crearnos un sentido de superioridad y lograr que nos durmiéramos en los laureles, como dice el refranero.

Vivíamos en una República, es decir, en una estructura política con equilibrio de poderes y donde las personas más capaces ocupaban los puestos públicos; una donde se empoderaba a los ciudadanos por medio de la educación y la salud básicas, mientras que se defendían, también, sus derechos básicos: vida, propiedad y libertad, todas privadas, o sea, individuales e inalienables.

Los villanos y su otro relato. No obstante, como en toda historia que se respete, en ésta también aparecieron los villanos: lo hicieron en la forma política de los estatistas que nos han gobernado en los últimos 70 años. Ellos han sido y son, la nueva clase política que, al gobernarnos, ha creado toda una maraña legal para perpetuarse en el poder y permitir que
personajes sin mérito alguno o sin tener necesariamente la capacidad probada, ocupasen los puestos claves.

Esa nueva clase política se acostumbró a vivir del Estado, pasando de un alto puesto a otro, mientras acostumbraba a gran parte de nuestra gente a hacer lo mismo, pero en los mandos medios; y haciéndonos sentir al resto de ciudadanos impotentes ante esa situación por ellos creada y consolidada y, además, convenciéndonos de que cambiar a las personas en el gobierno es la solución, la clave para eliminar la corrupción y cualquier otro problema inherente a ese poder político establecido.

Con ello, entonces, la maraña legal sigue su curso mientras se soslaya el verdadero problema: el sistema estatista colapsó y, por eso mismo, estamos ahora –como muchos de nuestros hermanos latinoamericanos, que ya lo sufren– muy cerca del verdadero monstruo de nuestro tiempo: el populismo. Cuando en esos países han pasado o están en el poder gobiernos populistas de derecha o de izquierda, cada uno peor que el anterior, nuestra clase política parece querer llevarnos por esa senda –con un marcado acento izquierdista, eso sí–, con tal de mantener el sistema imperante y el estatismo feroz que eso conllevaría.

Últimamente, sobre todo debido al desprestigio que han sufrido los movimientos populistas – tanto los “de derecha” como los “de izquierda”–, voces disidentes han tratado de evidenciar la falacia de sus seudo-teorías políticas, pero han sido silenciados gracias al camaleónico cambio de nombre de esos movimientos y a la manipulación que se hace de los personajes puestos en escena por su narrativa, algunos de lo más divertidos, por cierto, pues son totalmente imaginarios.

Sin embargo, gracias a esa manipulación de la realidad y al adoctrinamiento aplicado durante setenta años ya, la mayoría de nuestra población parece haberlos aceptado como reales. Es así que, como en toda novela, también aquí tenemos un héroe, una víctima indefensa que hay que rescatar y un villano. Vemos a continuación, a cada uno de los personajes de esa trama.
Los personajes de la trama. El Estado, protagonista de ésta novela, claro está, se cuenta a sí mismo como su héroe, y de ahí que tenga que ser omnipresente y omnisciente. Por esa razón, siempre que hablamos del Estado, lo hacemos como si fuera algo ajeno a nosotros, pero sin considerar que depende de nuestros impuestos para funcionar; es decir, que el Estado no puede existir sin nosotros… de donde deviene su omnipresencia.

Por eso, cuando se dice que el Estado va a solucionar algo, lo que en realidad se quiere decir es que los ciudadanos lo vamos a solucionar con nuestros recursos; pero, al mismo tiempo, ese Estado omnisciente sigue queriéndonos hacer creer que no somos capaces de solucionar ningún problema… mientras que él se engorda a costa de esos mismos recursos nuestros, creando más instituciones burocráticas donde colocar a sus familiares, amigos, clientes y conocidos para hacer negocios con ellos, pero sin solucionar problema social alguno.

La víctima universal de éste relato, ya se sabe, es un impoluto y nebuloso “pueblo”, que incluye a toda una variedad de desvalidos sociales: desde el mendigo, el minusválido, la persona de la tercera edad, las mujeres y los niños… en fin, a cualquier “minoría” que necesite ser “rescatada” por la burocracia estatal; es decir, convertida así en clientela electoral y emocional mayoritaria, para que provea los votos necesarios para llegar al poder una vez más, al tiempo que se les hace sentir incapaces de hacerse cargo de su propia vida, un requisito indispensable para mantener vivo el mito del Estado como benefactor social supremo.

Así, la raíz de todos nuestro males, el enemigo por excelencia –como ya habrán adivinado mis lectores–, es el “neoliberalismo”, otra nebulosa palabra con que se quiere representar a los empresarios, unos seres despiadados que explotan a los trabajadores y a todos los que componen ese “pueblo” y a sus burócratas salvadores. Ahí, sin embargo, el relato se sale de proporciones, aún para la ficción estatista que, en su añeja narrativa, no conoce de límite ni proporción alguna.

Primero que todo, históricamente, en Latinoamérica nunca hemos tenido libre mercado y, por lo tanto, tampoco un capitalismo en el sentido estricto. Todo lo contrario: nuestros países están llenos de alcábalas, aranceles, protecciones, oligopolios, monopolios, etc., que impiden la libertad de mercado pues, creados por la interferencia del Estado en la economía, es éste el que define quienes ganan y quienes pierden en ese juego perverso sin oferta y sin demanda definida.

¿Un final feliz? Mas, como en su narrativa había que ponerle cara al mal, los estatistas de ayer (¿populistas de hoy?) escogieron a los empresarios –esto es: a los hombres de empresa, a los emprendedores– como el chivo expiatorio de sus devaneos ideológicos, que jamás lógicos o históricos, como podemos ver. Entonces: ¿cuál es el final feliz que proponen los estatista a su relato? … pues ¿cómo no?: la “repartición de la riqueza”, algo que sólo funciona quitándosela a los que la producen para mantener cada vez a más burócratas “rescatistas” de aquel “pueblo” y perpetuarse en el poder con ello.

Es así cómo, en esta pequeña y deteriorada República de hoy, nos encontramos tan distraídos con la fábula esa, que no somos capaces de ver que, sin nosotros, los estatistas no se perpetuarían en el poder: que nosotros como ciudadanos libres (aún), tenemos la posibilidad de cambiar el rumbo estatista-populista al que quieren llevarnos.

Mas la única manera de lograr que la sociedad costarricense dejé de votar por el populismo estatista, pienso, es si se convence de que tiene el poder de hacerlo; de que la meritocracia es más útil que las cuotas de poder; de que el valor del trabajo es una fortaleza; de que puede tener un sistema judicial que en realidad respete sus derechos, y dándole
oportunidades por medio de un sistema de educación de calidad que llene sus necesidades culturales en un mundo global, al fomentar la innovación y el emprendedurismo.

En fin, que se trata de proponerles un nuevo relato, uno que tome en cuenta nuestras raíces históricas liberales y seguir adelante dando la lucha política en el terreno republicano: el desenlace quedará por verse, claro está, pues nos balanceamos en el borde de un precipicio político. Ojalá, entonces, que no sigamos metidos en la burbuja de que somos diferentes o mejores gracias al estatismo impuesto desde hace setenta años, y que por eso nada nos va a pasar como país.

Hoy mismo, tenemos socialmente dentro un monstruo diminuto, microscópico –tanto o más peligroso que el populismo estatista, pues lo puede acentuar una vez que desaparezca– que nos enseña que las diferencias aquellas pueden ser muy relativas. En ésta ocasión histórica, entonces, dependeremos como nunca antes de nuestra capacidad política, para enfrentar ese doble peligro y evadir así el triste destino al cual han sucumbido buena parte de los países latinoamericanos: de lo contrario, tristemente, seguiremos sus pasos. Mas la realidad histórica –que no la ficción literaria–, es que Costa Rica es un país políticamente maravilloso, con un potencial increíble y por el que vale la pena dar la batalla y no caer en el engaño populista de más estatismo y menos libertad: entonces ¡salvemos la República!

Ingeniera Civil, MBA. Directora de Inteligencia Corporativa, empresa de apoyo en manejo financiero y administrativo para PYMES y emprendedores. Cuenta con 25 años de experiencia en puestos gerenciales y coordinación de proyectos. Especialista en fortalecimiento de sistemas de trabajo, organización administrativa, análisis de inversiones y formación de equipos interdisciplinarios de excelencia.

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Política

Lo que la narrativa pública omite sobre la gasolina

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RESUMEN

La realidad del precio de los combustibles va mucho más allá del precio internacional y la influencia del conflicto en el Medio Oriente.


La conversación nacional sobre el precio del combustible se ha convertido en un ejercicio de simplificación notable. Recope y ARESEP anuncian un aumento, los medios reportan la cifra, el Ejecutivo y muchos analistas señalan hacia Irán, y el país acepta el veredicto: subió por la guerra, no hay mucho más que discutir. Es una historia ordenada, pero incompleta.

Cuando uno revisa los datos oficiales (La Gaceta No. 69 del 16 de abril, los reportes del BCCR sobre el tipo de cambio y las estadísticas regionales del Comité Centroamericano de Hidrocarburos) y se toma el trabajo de descomponer el precio del litro, aparece una realidad más compleja. Una realidad que, ahora sí, pone temas relevantes sobre la mesa.

El primer hecho importante es que el componente internacional (el famoso “por Irán” hoy) representa apenas un 33,8% del precio de la gasolina súper. El resto responde a decisiones internas del país.

El impuesto único a los combustibles, fijado por el Ejecutivo y la Asamblea, pesa un 43%. Los márgenes de distribución (RECOPE, transportistas, Sistema Nacional de Combustibles y estaciones de servicio) suman otro 23%. Entonces en total, más del 60% del precio final se decide en San José, no en el Medio Oriente.

Este dato tiene una implicación política incómoda. Cuando el Poder Ejecutivo aumentó el impuesto único en un 0,74% mediante decreto en febrero pasado, el ajuste pasó prácticamente inadvertido. Coincidió con el inicio de la narrativa del conflicto en Medio Oriente. La subida internacional funciona como un escudo político para el ajuste fiscal interno. Ambos efectos se suman cuando pagamos en la gasolinera, pero solo uno aparece en los titulares.

El segundo hecho importante es que la apreciación del colón (del orden del 8,3% desde enero, llevando el tipo de cambio a niveles mínimos no vistos desde 2005) está amortiguando el impacto del shock petrolero en una magnitud que nadie ha cuantificado con precisión en la cobertura mediática.

El cálculo es aritmético: como el componente internacional se paga en dólares y el resto en colones, cada punto de apreciación reduce el precio final proporcionalmente. Con los números actuales, la apreciación del colón está ahorrando entre 19 y 23 colones por litro, según el combustible. Si el tipo de cambio se hubiera mantenido en los 500 colones de enero, la gasolina súper ya estaría en 651 colones, no en 632.

Esta mitigación silenciosa merece atención por dos razones.

  • Una técnica: explica por qué el shock petrolero se siente menos aquí que en el resto de Centroamérica, donde los tipos de cambio se han movido de forma distinta.
  • Una política: la apreciación no es un acto de la naturaleza. Es el resultado de decisiones y omisiones del BCCR, cuya moderada intervención en el mercado cambiario, ha sido criticada por distintos analistas como Ricardo Monge González, desde la Academia de Centroamérica, y Roxana Morales Ramos, desde el Observatorio Económico de la UNA.


Aquí aparecen los efectos cruzados. El consumidor urbano se beneficia al pagar menos por la gasolina, pero el exportador cafetalero, el hotelero de Guanacaste o el productor piñero pierden competitividad. Es la misma política monetaria, con impactos opuestos. Estos dos hechos configuran un panorama que la conversación pública tiende a evitar.

El precio del combustible no es una variable aislada: está codeterminado por tres actores clave: Hacienda, que fija el impuesto; el BCCR, que incide en el tipo de cambio mediante su política monetaria; y Recope, que gestiona la importación y distribución.

Cuando el precio sube, el discurso oficial apunta exclusivamente al mercado internacional. Cuando el precio se modera más de lo esperado, se echan las flores.

El debate que correspondería tener no es cuánto subirá el combustible en mayo. Es más profundo: ¿quién gana y quién pierde con la combinación actual de impuesto alto, colón fuerte y monopolio estatal a cargo? ¿Qué ocurrirá cuando alguna de estas variables cambie, como inevitablemente sucederá? ¿Por qué ninguno de los actores responsables rinde cuentas por su impacto específico?

Los datos están disponibles en las páginas oficiales de RECOPE, ARESEP, el BCCR y los reguladores regionales. No hacen falta filtraciones ni investigaciones heroicas. Hace falta leerlos en conjunto y hacer la aritmética. Ese ejercicio, por alguna razón que conviene a varios, sigue ausente en la debate público.


Pero esa conversación es necesaria. El precio que pagamos en la gasolinera refleja mucho más que una guerra lejana. Refleja decisiones concretas sobre fiscalidad, política monetaria y la organización del mercado energético. Discutirlas con honestidad, reconociendo ganadores y perdedores, es una base mínima de seriedad democrática.

Señalar hacia Irán es más fácil. También es más cómodo. Los hechos, como suele suceder, no encajan tan bien en una narrativa simplificada.

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Política

ABC legislativo: el periodo constitucional legislativo y presidencial

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Tiempo de lectura: 5 min

 

RESUMEN

El verdadero peso del proceso legislativo no está en el Plenario, sino en las comisiones, donde se filtran, moldean y definen las decisiones clave antes de su aprobación.


El pasado 8 de abril del presente año, el Tribunal Supremo de Elecciones entregó las credenciales como diputados de la República para el periodo constitucional 2026-2030 a las personas electas en los comicios del 1.° de febrero. En esa ceremonia también quedó definido el directorio legislativo provisional que dirigirá la sesión solemne del 1.° de mayo, fecha en que inicia el nuevo periodo constitucional.

En esta entrega de ABC Legislativo, abordaremos algunos detalles sobre las sesiones del 1.° de mayo, día en que asumen las nuevas diputaciones, así como la del 8 de mayo, cuando se realiza el traspaso de poderes entre la administración saliente y las nuevas autoridades.

La Asamblea y el 1.° de mayo

Además de su significado global por la conmemoración del Día Internacional de los Trabajadores, el 1.° de mayo marca una serie de inicios clave dentro de la Asamblea Legislativa.

En primer lugar, comienza un nuevo periodo constitucional, es decir, los cuatro años durante los cuales ejercen funciones las diputaciones electas. El periodo 2022-2026, iniciado el 1.° de mayo de 2022, concluirá el jueves 30 de abril de 2026. A partir del viernes 1.° de mayo de 2026 iniciará el nuevo periodo 2026-2030, que se extenderá hasta el 30 de abril de 2030.

Ese mismo día también inicia una nueva legislatura, entendida como el año legislativo. Cada legislatura comienza el 1.° de mayo y finaliza el 30 de abril del año siguiente. Por tanto, el próximo 1.° de mayo no solo concluye el periodo constitucional 2022-2026, sino también la legislatura 2025-2026. Con ello, se abre el periodo de ejercicio de los cargos del Directorio Legislativo, cuyos integrantes se renuevan al inicio de cada legislatura.

Además, el 1.° de mayo da paso a un nuevo periodo legislativo, que corresponde a bloques de tres meses en los que se alterna el control de la agenda parlamentaria. Estos se dividen en sesiones ordinarias y sesiones extraordinarias, organizadas de la siguiente manera:

  • Del 1.° de mayo al 31 de julio: sesiones extraordinarias
  • Del 1.° de agosto al 30 de octubre: sesiones ordinarias
  • Del 1.° de noviembre al 31 de enero: sesiones extraordinarias
  • Del 1.° de febrero al 30 de abril: sesiones ordinarias

Así, el próximo 1.° de mayo coincide con el cierre del segundo periodo de sesiones ordinarias de la legislatura 2025-2026, así como con el cierre tanto de la legislatura como del periodo constitucional. Este punto es relevante porque, durante las sesiones ordinarias, el control de la agenda lo ejercen los diputados, mientras que en las sesiones extraordinarias corresponde al Poder Ejecutivo definir qué proyectos se discuten.

Traspaso del poder

En Costa Rica, el inicio de un nuevo periodo constitucional implica también la entrada en funciones de las nuevas autoridades de gobierno, electas por voto popular. Este diseño garantiza una transición ordenada, constitucional y jurídicamente sólida entre administraciones.

Gracias a esta estructura, el país ha mantenido un prolongado periodo de estabilidad democrática, ya que los mecanismos de inicio y finalización del poder están claramente establecidos tanto en la Constitución Política como en el Reglamento de la Asamblea Legislativa.

En el caso de las diputaciones, aunque no existe un traspaso formal, sí se produce un cambio en las personas que ocupan el cargo. De acuerdo con el artículo 116 de la Constitución Política, estas asumen sus funciones en la sesión solemne del 1.° de mayo, tras haber recibido sus credenciales por parte del Tribunal Supremo de Elecciones.

Durante esa sesión se define el Directorio Legislativo. El Directorio Provisional tiene la tarea de verificar la asistencia inicial de los diputados, con base en la nómina enviada por el Tribunal, y de realizar la juramentación constitucional. Los diputados prestan juramento ante este órgano, una vez que su presidente haya sido juramentado ante la Asamblea.

Por su parte, el artículo 136 de la Constitución establece que el 8 de mayo deben asumir sus cargos el Presidente y los Vicepresidentes electos, momento en el cual cesan las autoridades salientes. Este acto se realiza ante la Asamblea Legislativa, según el artículo 137, aunque, de no ser posible, se llevaría a cabo ante la Corte Suprema de Justicia, asegurando así la continuidad institucional.

El Directorio Legislativo

La Asamblea Legislativa, como primer poder de la República, cuenta con autonomía para organizar su funcionamiento interno. Esta organización se rige por el Reglamento de la Asamblea Legislativa, el cual solo puede modificarse con el voto favorable de al menos 38 diputaciones.

El Directorio Legislativo funciona como la cabeza administrativa y política del Congreso. Entre sus funciones están aprobar contrataciones, gestionar recursos, velar por el cumplimiento del reglamento y dirigir la acción política del órgano legislativo.

Este Directorio se elige cada 1.° de mayo en sesión solemne. Las candidaturas suelen ser propuestas por diputados de los respectivos partidos, y resultan electas aquellas personas que obtienen la mayoría de los votos presentes.

En cuanto a la dirección de la sesión, el directorio saliente cumple esa función. Sin embargo, en la primera sesión de un nuevo periodo constitucional, el artículo 15 del Reglamento establece que el directorio provisional estará integrado por los seis diputados de mayor edad electos como cabeza de sus papeletas. El de mayor edad ejercerá la Presidencia, seguido en orden decreciente por los demás cargos.

Con base en este criterio, el Tribunal Supremo de Elecciones definió el Directorio Legislativo provisional de la siguiente forma:

  • Presidencia: Ronald Alberto Campos Villegas (PLN)
  • Vicepresidencia: Janice Patricia Sandí Morales (PLN)
  • Primera Secretaría: José Miguel Villalobos Umaña (PPSO)
  • Segunda Secretaría: María Eugenia Román Zamora (FA)
  • Primera Prosecretaría: Marta Eugenia Esquivel Rodríguez (PPSO)
  • Segunda Prosecretaría: Nogui Acosta Jaen (PPSO)

Este grupo será el encargado de dirigir la elección del Directorio definitivo para la legislatura 2026-2027, el cual tendrá entre sus primeras funciones declarar abierto el periodo de sesiones extraordinarias.

La sesión solemne

El Reglamento de la Asamblea Legislativa establece en su artículo 11 las condiciones para la sesión solemne del 1.° de mayo. Esta tiene como objetivos la elección del Directorio Legislativo, la apertura del periodo legislativo y el anuncio del mensaje presidencial, según lo dispuesto en la Constitución.

Las diputaciones deben seguir un protocolo definido por el Directorio Legislativo, conforme al artículo 26 del reglamento, que incluye aspectos como vestimenta, horarios y otras disposiciones generales.

Finalmente, una vez instalada la nueva Asamblea Legislativa, se comunica formalmente a los demás poderes de la República y al Tribunal Supremo de Elecciones la apertura de sesiones de dos tercios de las diputaciones (38 votos), permitiendo así su entrada en vigor como ley.


Las opiniones expresadas en este artículo son responsabilidad del autor y no representan necesariamente la postura oficial de Primera Línea. Nuestro medio se caracteriza por ser independiente y valorar las diversas perspectivas, fomentando la pluralidad de ideas entre nuestros lectores.

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Política

El país no puede seguir preso de las expropiaciones

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RESUMEN

El problema no es expropiar, es hacerlo tarde y mal. Sin capacidad para disponer del terreno a tiempo, cualquier obra termina costando más y llegando después.


Costa Rica tiene una extraña habilidad para sobrereflexionar hasta convertir lo urgente en eterno. Habla de competitividad, de infraestructura, de atracción de inversión y de calidad de vida, pero cuando llega el momento de corregir uno de los nudos que más atrasan la obra pública, aparecen los apóstoles del no. 

Por eso, el expediente 24.669, presentado por el diputado Luis Diego Vargas y ya dictaminado en la Comisión Especial de Infraestructura, merece ser aprobado. No porque sea perfecto, sino porque enfrenta un problema real que el país ha tolerado durante demasiado tiempo: la incapacidad de adquirir a tiempo los terrenos necesarios para construir. El proyecto busca regular la adquisición, la donación y la expropiación forzosa de bienes por causa de interés público legalmente comprobado.

Lo central aquí no es jurídico en sentido estricto, sino estratégico. El proyecto parte de una verdad incómoda: en Costa Rica, la tardanza y la insuficiencia en la disponibilidad física de terrenos frenan proyectos de infraestructura pública, especialmente en zonas urbanas, y esa realidad se ha agravado por la judicialización de los procesos. 

El texto intenta corregir eso sin eliminar la intervención judicial, sino redimensionándola para que el juez conozca la discusión sobre el monto, sin que cada desacuerdo termine paralizando obras enteras. Además, establece un incentivo de hasta un 10% sobre el avalúo para estimular la venta voluntaria y prevé un plazo de cinco días hábiles para que el administrado manifieste su conformidad con el justiprecio antes de pasar a la fase judicial especial.

Traducido en cristiano: esta ley no busca atropellar la propiedad privada

Busca que el interés público deje de caminar con grilletes. Propone que el Estado negocie primero, luego incentive y, solo si no hay acuerdo, expropie bajo un procedimiento más útil. Ese enfoque es más sensato que el modelo actual, que combina burocracia, litigio, demora y sobrecostos hasta volver ridícula cualquier aspiración de ejecución seria. Quien quiera un ejemplo de lo que implica seguir como estamos no tiene que imaginar nada. Basta revisar la historia reciente de nuestra infraestructura vial.

Cuando el terreno frena al país

Ahí está Circunvalación Norte. La obra acumuló 3.254 días de atraso y las expropiaciones fueron la principal causa de esa demora. A esto se sumaron reclamos económicos del contratista por costos indirectos vinculados, entre otros factores, a expropiaciones y reubicación de servicios. Esto significa que el problema no es solo tiempo. Es también plata. Plata pública. Plata que termina saliendo del bolsillo de todos por no resolver a tiempo algo tan elemental como la disponibilidad del terreno.

Ahí está también Barranca-Limonal, un proyecto clave para la Interamericana Norte. En 2021, solo 38 de 396 predios requeridos estaban en manos del Estado, es decir, ni siquiera el 10% del total. Y todavía en 2025, el nuevo esquema licitatorio tuvo que separar obras principales y marginales porque seguían existiendo terrenos pendientes de expropiar. Otra vez lo mismo: la carretera no se atrasa porque el país no entienda su importancia, sino porque el Estado sigue sin contar con una herramienta suficientemente eficaz para disponer del suelo a tiempo.

El caso de la Ruta 32 es todavía más elocuente. En 2022, el Conavi aceptó un reclamo por atrasos en expropiaciones y prorrogó la conclusión de la obra. Para entonces, de 578 terrenos requeridos, solo 118 estaban en manos del Estado. En 2024 aún quedaban 134 gestiones pendientes de un total de 496 terrenos. Y en 2022 se registraban 372 expropiaciones pendientes, atrapadas en una maraña de ocho dependencias estatales. Ese es el verdadero rostro del problema: no una discusión teórica, sino un sistema incapaz de moverse con la velocidad mínima que exige una obra estratégica.

Y si alguien cree que esto solo explica el pasado, que vea San José–San Ramón. En febrero de 2026, el propio MOPT defendía ante diputados un plan de expropiaciones para esa ampliación, mientras Mideplán indicaba que existían 503 expropiaciones pendientes en los 55 kilómetros del proyecto. Es decir, no estamos ante una patología superada, sino frente a un obstáculo vigente, actual y decisivo para obras futuras. Si esta ley logra reducir tiempos, ordenar procedimientos y favorecer acuerdos voluntarios antes de la judicialización, el beneficio país sería inmediato.

Entre la tutela y la parálisis

Por eso cuesta tomar en serio a quienes adversan el proyecto como si defendieran una gran causa. En demasiados casos, lo que están defendiendo, consciente o inconscientemente, es la preservación del atasco. El Colegio de Abogados hizo observaciones de técnica legislativa atendibles: advirtió que regular en una sola ley la compra directa, la donación y la expropiación puede afectar el orden y la claridad del objeto regulado, e incluso generar doble regulación con materias ya cubiertas por la Ley General de Contratación Pública. Muy bien. Que se afine la redacción. Que se mejore. Pero eso no es una condena de fondo, sino una advertencia técnica, no una excusa para seguir en el pantano.

Ese es justamente el problema del debate costarricense. Aquí demasiada gente confunde una observación técnica con un permiso moral para no hacer nada. 

Se toma una salvedad razonable, se exagera, se dramatiza y se usa como coartada para sostener el statu quo. Y el statu quo, en este caso, es desastroso. Es un país donde una carretera estratégica puede quedar atrapada durante años porque cada desacuerdo individual, cada expediente y cada oficina involucrada tienen poder real para frenar el interés público. Eso no es garantía. Eso es impotencia estatal, y la impotencia estatal también genera daño social, económico y territorial.

Seamos claros: la propiedad privada (lo más sagrado para este servidor junto con la vida) merece tutela. La indemnización justa es obligatoria.

El control judicial debe existir. Pero nada de eso significa que el procedimiento deba estar diseñado para que el país nunca termine una obra a tiempo. 

La Constitución protege la propiedad; no consagra un derecho a inmovilizar indefinidamente proyectos de interés público. Una democracia madura no renuncia a expropiar: expropia cuando corresponde, indemniza como debe y ejecuta sin pedirle permiso al atraso.

Este proyecto merece aprobarse porque entiende esa realidad. Porque apuesta primero por la negociación, introduce incentivos económicos y ordena la intervención judicial sin convertir cada controversia en un veto material. Y porque Costa Rica ya tiene suficientes pruebas de lo que cuesta no corregir esto: Circunvalación Norte, Ruta 32, Barranca-Limonal y San Ramón son recordatorios demasiado caros de que seguir igual no es una opción seria.

La Asamblea Legislativa tiene aquí una oportunidad poco frecuente de hacer algo realmente útil. De cerrar con una buena nota. 

Puede pulir el texto, por supuesto. Debe hacerlo. Pero debería aprobarlo. Porque si vuelve a ceder ante los reflejos del miedo, de la pereza mental o del fetichismo procedimental, estará haciéndole un favor no al país, sino al atraso. Y a estas alturas, seguir protegiendo el atraso con lenguaje jurídico elegante ya no es prudencia. Es complicidad.


Las opiniones expresadas en este artículo son responsabilidad del autor y no representan necesariamente la postura oficial de Primera Línea. Nuestro medio se caracteriza por ser independiente y valorar las diversas perspectivas, fomentando la pluralidad de ideas entre nuestros lectores.

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