Política
Trump vs. Harris: ¿Qué significa para Costa Rica?
RESUMEN
Las próximas elecciones presidenciales de EE. UU. impactarán a Costa Rica en términos económicos, migratorios, de seguridad y medioambientales, ya que, por un lado, Donald Trump adoptaría políticas comerciales proteccionistas, restricciones migratorias y una postura estricta contra el narcotráfico, y por el otro, Kamala Harris favorecería un comercio bilateral, una política migratoria inclusiva y cooperación en sostenibilidad ambiental.El panorama político de Estados Unidos está en un momento crucial, y las elecciones presidenciales de 2024 prometen ser una contienda que definirá no solo el futuro de Estados Unidos, sino también de muchas otras naciones, incluyendo Costa Rica. No creo en lo que la exagerada progresía de izquierda manifiesta al decir que, de ganar Donald Trump, “se pone en riesgo la democracia norteamericana”, lo cual parece más una de esas consignas exageradas que en buen tico podríamos decir no son más que una amenaza con la vaina vacía. Sin embargo, sí coincido en que en estas elecciones hay mucho en juego y mucho que puede afectar a nuestro país.
Con un Joe Biden desgastado, impredecible y débil frente al ojo mundial retirándose de la contienda, dos figuras principales emergen como los candidatos a la presidencia: Donald Trump y Kamala Harris.
Donald Trump de entrada parece ser el favorito. El injustificable intento de asesinato lo pone en una posición de simpatía frente a muchas personas del electorado norteamericano, que pueden ver en este hecho una amenaza misma a la democracia estadounidense. Algunos, en cambio, convertirán este lamentable hecho en narrativas conspirativas sobre cómo Trump quiso planear un atentado sobre su vida para ganar el favor popular. Así es el mundo emocional de la política. No escapa de personas con claras deficiencias cognitivas.
En este artículo no quiero entrar en el campo emocional, ni discutir la “persona política” de ambos candidatos, sino que, con la información que tenemos al día de hoy, quiero hacer una breve evaluación de cómo cada uno de estos posibles presidentes norteamericanos podría influir en Costa Rica, enfocándonos en aspectos económicos, políticos y sociales.
Relaciones Económicas y Comerciales
Las relaciones económicas entre Estados Unidos y Costa Rica son fundamentales para la estabilidad y el crecimiento de nuestro país. Actualmente, Estados Unidos es el principal socio comercial de Costa Rica, y cualquier cambio en la administración estadounidense puede tener repercusiones significativas en esta relación.
Donald Trump: Un Enfoque Proteccionista
Durante su administración anterior, Donald Trump implementó políticas comerciales proteccionistas que afectaron a varios países de América Latina. Su enfoque en “América Primero” y la renegociación de tratados comerciales, como el T-MEC, mostraron su inclinación por políticas que favorecen los intereses económicos internos de Estados Unidos a expensas de sus socios comerciales. Si yo fuera norteamericano o inversionista en los mercados controlados por Estados Unidos, probablemente este enfoque sería por el cual me decantaría.
Para Costa Rica, una victoria de Trump podría significar un retorno a políticas arancelarias más estrictas y un entorno comercial menos favorable. La imposición de tarifas y la renegociación de acuerdos comerciales podrían reducir las exportaciones costarricenses a Estados Unidos, afectando negativamente sectores clave como el de la tecnología y la agricultura.
Kamala Harris: Un Enfoque Más Abierto
Kamala Harris, por otro lado, representa una continuación de las políticas abiertas y cooperativas de la administración Biden. Su enfoque liberal en términos comerciales y su compromiso con el multilateralismo pueden beneficiar a Costa Rica. Harris probablemente buscaría fortalecer los acuerdos comerciales existentes y promover nuevos pactos que favorezcan el comercio bilateral.
Para Costa Rica, esto podría traducirse en un aumento de las exportaciones y una mayor inversión extranjera, especialmente en sectores emergentes como el tecnológico y el ecológico, alineados con las políticas de sostenibilidad promovidas por el gobierno costarricense. No olvidemos que fue en la administración Biden donde se dio el banderazo de salida para impulsar a Costa Rica como un buen destino para la manufactura y exportación al país del norte de semiconductores.
Política Migratoria
La política migratoria de Estados Unidos también tiene un impacto directo en el país, particularmente en términos de flujos migratorios y remesas.
Trump y la Restricción Migratoria
La administración Trump es conocida por sus políticas migratorias restrictivas. El regreso a la Casa Blanca podría significar un endurecimiento de las leyes migratorias y la deportación de inmigrantes, incluyendo costarricenses. Esto no solo afectaría a las familias separadas, sino también a la economía de los nacionales que dependen de las remesas enviadas desde Estados Unidos. Sin embargo, este elemento, aunque importante, no es determinante. A fin de cuentas, los ticos en Estados Unidos y las remesas familiares no son tan relevantes como lo son para países como El Salvador, Guatemala o México; sin embargo, es un aspecto sobre el cual no hay que perder el pulso.
Harris y una Política “Más Inclusiva”
En contraste, Harris usualmente muestra un discurso más humanitario y comprensivo hacia la migración. Su administración, en teoría, continuaría con políticas que buscan integrar a los inmigrantes y proporcionarles un camino hacia la ciudadanía. Esto podría beneficiar a los costarricenses en Estados Unidos y, por ende, a sus familias en el país, asegurando un flujo constante de remesas y reduciendo la presión migratoria. Este es el discurso de los demócratas, sin embargo, es importante reflexionar sobre el hecho de que, pese a este discurso, en los últimos 40 años, el partido que demostró deportar más extranjeros como parte de su política fue el Partido Demócrata, particularmente durante la administración de Barack Obama. Durante su mandato, se deportaron aproximadamente 3 millones de personas, la mayor cantidad registrada en la historia de Estados Unidos hasta ese momento.
Cooperación en Seguridad y Narcotráfico
La cooperación en seguridad y lucha contra el narcotráfico es otro aspecto crítico en la relación entre Estados Unidos y Costa Rica.
Trump: Mano Dura contra el Narcotráfico
Durante su administración, Trump mantuvo una posición estricta contra el narcotráfico y las pandillas. Si bien la estrategia presenta ventajas, como fomentar el combate al crimen organizado, también puede ser fuente de tensiones diplomáticas. La insistencia en políticas rigurosas puede resultar en una presión incrementada sobre las autoridades de Costa Rica para alcanzar altos estándares que podrían no estar respaldados con los recursos y la capacitación adecuada. Sin embargo, la situación del país, cada vez más caótica en seguridad, podría hacer necesaria esta posición más estricta siempre y cuando las autoridades norteamericanas estén dispuestas a aportar los recursos necesarios para afrontar el flagelo.
Harris: Enfoque Colaborativo
Kamala Harris, con su experiencia en el Senado y su historial en justicia criminal, probablemente adoptaría un enfoque colaborativo y multifacético. Esto podría incluir no solo medidas de represión, sino también iniciativas de desarrollo social y económico para atacar las raíces del problema. Una política así beneficiaría a Costa Rica al recibir apoyo integral en la lucha contra el narcotráfico y la delincuencia organizada. En otras palabras, la continuidad de la política de la administración Biden en este tema que, aunque bien intencionada, ha sido poco efectiva.
Cambio Climático y Sostenibilidad
El cambio climático es un tema de creciente importancia para Costa Rica, un país que se posicionó como líder en sostenibilidad ambiental.
Trump y la Negación del Cambio Climático
La administración Trump se caracterizó por su escepticismo hacia el cambio climático y su retiro del Acuerdo de París. El retorno del ex-mandatario a la presidencia puede significar un retroceso en las políticas globales de cambio climático, afectando negativamente a países como el nuestro, que dependen del apoyo internacional para sus iniciativas ambientales.
Harris y el Compromiso con el Medio Ambiente
Kamala Harris, por otro lado, ha mostrado un fuerte compromiso en la lucha contra el cambio climático. Su administración probablemente fortalecería los acuerdos internacionales y proporcionaría apoyo a iniciativas de sostenibilidad. Para Costa Rica, esto significa una oportunidad para liderar proyectos conjuntos y recibir financiamiento para iniciativas verdes, reforzando su posición como un modelo global de sostenibilidad.
Conclusión
La elección entre Donald Trump o Kamala Harris como presidente del país norteamericano tiene implicaciones significativas para Costa Rica. Mientras Trump representa un enfoque más proteccionista y fuerte, Harris ofrece una perspectiva más abierta y colaborativa. Esto, dentro de los términos en los cuales fue escrito este artículo.
No debe olvidarse que la simpatía de los costarricenses también depende de la posición de estos dos candidatos y sus partidos en temas más emocionales como el conflicto Palestino-Israelí, el aborto, el uso y portación de armas, los derechos de las personas trans, la protección de la prensa “liberal” (realmente de izquierda) a ciertos personajes, así como el adoctrinamiento de Hollywood y un gran número de medios de comunicación a favor de esta izquierda “liberal”.
Para Costa Rica, en los términos descritos (quiero recalcar este punto), hay pros y contras en favor de uno y de la otra. En términos comerciales y de ambiente, la mejor opción pareciera ser Harris. En términos de combate al narcotráfico, tal vez la irreverencia y enfoque fuerte de Trump podría ser más efectivo para el país. Ciertamente, la conformación del Congreso y el Senado en Estados Unidos será definitiva para la política exterior de la próxima administración, y apenas en estas semanas estaremos develando la posición de ambos candidatos en temas que nos impactarán directamente. Esto solo es una foto en la posición de salida.
Todavía falta mucho por venir, y como costarricenses, debemos ver esta elección con el mismo interés que vemos las propias.
La decisión final, sin embargo, recae en los votantes estadounidenses, cuyo veredicto tendrá un impacto duradero en la región y, en particular, en el futuro de nuestro país.
Las opiniones expresadas en este artículo son responsabilidad del autor y no representan necesariamente la postura oficial de Primera Línea. Nuestro medio se caracteriza por ser independiente y valorar las diversas perspectivas, fomentando la pluralidad de ideas entre nuestros lectores.
Política
Tercerizar no es el problema. Gobernar mal sí.
RESUMEN
El país enfrenta una decisión más profunda que un caso puntual: o profesionaliza su capacidad de contratar servicios complejos, o seguirá atrapado entre escándalos cíclicos y servicios insuficientes. La discusión no debería girar alrededor de ideologías, sino alrededor de estándares. Cuando el Estado no desarrolla inteligencia contractual, deja espacio para la captura, el sobrecosto y la desconfianza. La solución no está en retroceder herramientas, sino en elevar la exigencia institucional.
Costa Rica tiene una manía peligrosa: cuando un instrumento de política pública se contamina por una contratación fallida, la reacción inmediata es declarar “muerto” el instrumento. Se condena la figura, no el proceso. Se dispara contra el martillo, no contra la mano que lo sostuvo.
El caso “barrenador”, con todo el ruido, la indignación y los titulares, está siendo usado así: como prueba automática de que la tercerización de EBAIS es mala, que “lo privado” es sinónimo de abuso y que el único camino “seguro” es volver a concentrar toda la operación en gestión directa. Esa lectura es emocional. Y, peor aún, es un mal diagnóstico.
Porque lo que el caso realmente desnuda no es un pecado original de la tercerización. Lo que desnuda es algo mucho más incómodo: la CCSS, en su rol de compradora pública, ha venido operando con debilidades estructurales para diseñar, licitar, evaluar, adjudicar y supervisar contratos complejos de servicios de salud.
Y si uno no sabe comprar, no sabe gobernar.
Y aun así, hay quienes proponen que administre un banco estatal…
No confundamos la discusión: modelo vs. gobernanza
La política pública no se evalúa por anécdotas. Se evalúa por resultados y capacidad institucional.
Tercerizar EBAIS no es “privatizar la salud”. Es un mecanismo de provisión dentro de un sistema público universal, donde el Estado mantiene rectoría, financiamiento y supervisión.
Es, en esencia, una forma de administrar capacidad instalada y continuidad operativa cuando la institución no puede —o no logra, evidentemente— expandirse con la velocidad, flexibilidad y eficiencia que la demanda exige.
El problema aparece cuando ese mecanismo se ejecuta sin una arquitectura de control robusta: sin estudios de razonabilidad de precio que resistan auditoría; sin trazabilidad impecable de cambios; sin cláusulas contractuales que premien desempeño y castiguen incumplimientos; sin supervisión clínica y administrativa real; sin gestión de riesgos; sin segregación efectiva de funciones.
Eso es gobernanza. Eso es lo que falla. No el concepto. No es mala intención. Es mal diseño. O, más bien, un diseño que han querido mantener, sobre todo, los mandos medios.
Y aquí viene un punto esencial, sobre todo en un país donde la reputación se destruye con una filtración y se reconstruye con años: la responsabilidad penal es individual, se prueba y la determina un juez. No un “clima” mediático. No una narrativa. No una indignación colectiva.
Pretender que, por el solo hecho de existir detenciones o investigaciones, ya podemos “asignar culpa” a una expresidenta o a miembros de Junta Directiva, además de ser jurídicamente incorrecto, es estratégicamente torpe.
En instituciones grandes, muchas veces la falla es sistémica: son los procedimientos, los mandos medios que controlan el flujo de información, las unidades técnicas que redactan y modifican pliegos, los comités que procesan ofertas, las jefaturas que administran el día a día de la contratación. Ahí es donde se juega la integridad del proceso. Ahí está la captura, cuando la hay. Ahí se siembra el riesgo.
La Junta Directiva decide, sí. Pero decide sobre insumos. Y si los insumos están sesgados, incompletos o diseñados para inducir una conclusión, el problema no es solo “quién firma”. Es quién arma el expediente, quién controla la cocina, quién domina la letra menuda.
La realidad incómoda: sin tercerización no hay cobertura
Ahora vayamos a la discusión que de verdad importa: ¿qué alternativa real tiene hoy la CCSS para asegurar cobertura y continuidad en atención primaria? ¿Para disminuir esas listas de espera interminables?
La atención primaria es la base de la sostenibilidad financiera del sistema. Si el primer nivel falla, todo se desplaza hacia urgencias y especialidades. Eso es carísimo. Y eso alimenta listas de espera.
La CCSS enfrenta restricciones que no desaparecen gracias a la red de protección interna:
- Rigidez administrativa y laboral para ajustar rápidamente recursos donde la demanda crece.
- Dificultad para abrir, expandir o reconfigurar servicios con la velocidad que requieren ciertos territorios.
- Incentivos internos débiles para premiar productividad y calidad, y para corregir bajo desempeño.
- Presión fiscal y costos crecientes.
En ese contexto, la tercerización bien hecha no es un “capricho ideológico”. Es una herramienta pragmática de gestión pública. Los países serios no discuten esto como dogma. Discuten cómo se contrata, cómo se mide, cómo se controla.
Y hay algo que se ha perdido en el debate: los EBAIS tercerizados no son, por definición, peores. La evidencia institucional muestra, de hecho, lo contrario.
La pregunta correcta no es “¿tercerización sí o no?”. La pregunta correcta es: ¿cómo diseñamos un modelo contractual que obligue a rendir cuentas y a entregar resultados verificables?
El verdadero escándalo: comprar servicios de salud como si fueran fotocopias
La contratación de servicios de salud no es una compra de bienes. Es una compra de resultados: acceso oportuno, continuidad, prevención, control de enfermedades crónicas, vacunación, seguimiento materno-infantil, referencia adecuada, calidad clínica y satisfacción del usuario.
Sin embargo, demasiadas veces el Estado compra estos servicios como si estuviera adquiriendo horas-hombre, metros cuadrados y checklists. Se define el “cómo” y se olvida el “para qué”. Se licita con lógica formalista, no con lógica humana. Y luego nos sorprende que haya sobrecostos, disputas, arbitrariedades o zonas grises.
El caso “barrenador” debe leerse como una alerta roja sobre compra pública estratégica: la CCSS tiene que profesionalizar, blindar y modernizar la forma en que contrata servicios complejos. No para “favorecer” proveedores. Para proteger al asegurado. Para evitar capturas. Para evitar, precisamente, que un caso como este se repita.
Lo que hay que hacer: tercerizar, sí; pero con dientes
La CCSS debe defender y sostener la tercerización como parte de su caja de herramientas. Pero tiene que cambiar el estándar. No con discursos. Con reglas.
Un paquete mínimo de reformas debería incluir:
- Razonabilidad de precios verificable
- Metodología pública, replicable y auditada.
- Benchmarking serio (canasta de servicios, complejidad poblacional, costos unitarios).
- Trazabilidad de cualquier ajuste al pliego o al presupuesto de referencia.
- Contratos por resultados
- Indicadores clínicos y de acceso como KPI contractuales.
- Pagos con componente variable según desempeño.
- Penalidades automáticas por incumplimientos críticos.
- Cláusulas de terminación por desempeño, no solo por formalidades.
- Supervisión independiente y permanente
- Auditoría clínica y de datos, no solo administrativa.
- Verificación en campo, con capacidad sancionatoria real.
- Tableros públicos por área de salud: transparencia radical.
- Integridad y anticaptura
- Debida diligencia reforzada del proveedor (historial, estructuras, conflictos).
- Segregación estricta de funciones internas (quien diseña pliego no decide adjudicación).
- Rotación de personal en posiciones críticas de contratación.
- Registro y trazabilidad de reuniones y comunicaciones relevantes del proceso.
- Unidad especializada de compra de servicios de salud
- No más improvisación administrativa.
- Perfil técnico multidisciplinario: salud pública, economía, derecho, datos, gestión.
Si el Estado no hace esto, el debate no es “tercerizar o no”. El debate será, inevitablemente: ¿cuándo será el próximo escándalo?
Cerrar filas con lo correcto: debido proceso y reforma institucional
Costa Rica necesita dos cosas al mismo tiempo, y tiene que sostener ambas con la misma firmeza.
Primero: debido proceso. Presunción de inocencia. Seriedad institucional. Que las investigaciones avancen, que se determinen responsabilidades donde corresponda y que no se convierta la justicia en espectáculo. Criminalizar por reflejo a jerarcas o directivos, sin sentencia y sin prueba pública, es un atajo que le hace daño a todos: a la institución, a la democracia y al estándar mínimo de justicia.
Segundo: reforma estructural. Porque si todo se reduce a “quién cayó” y “quién se salva”, perdimos la oportunidad. El aprendizaje relevante no es moralista. Es técnico: la CCSS tiene que convertirse en un comprador público competente, moderno y difícil de capturar.
“Barrenador”, entonces, no debería empujarnos a destruir la tercerización. Debería obligarnos a construir algo mejor: un modelo con reglas claras, contratos inteligentes, transparencia y control.
Lo demás es lo de siempre: indignación, titulares… y listas de espera. Y eso, francamente, es lo que la gente ya no aguanta.
Las opiniones expresadas en este artículo son responsabilidad del autor y no representan necesariamente la postura oficial de Primera Línea. Nuestro medio se caracteriza por ser independiente y valorar las diversas perspectivas, fomentando la pluralidad de ideas entre nuestros lectores.
Política
Pongámonos Serios con Daniela Rojas: ¿Por qué la Asamblea Legislativa no funciona?
RESUMEN
Cuando el problema no es solo quién decide, sino cómo está diseñado el sistema para decidir, la frustración se vuelve estructural. La conversación deja claro que sin reglas adaptadas a la realidad actual, sin incentivos para el debate honesto y sin presión ciudadana informada, la política seguirá atrapada entre el cálculo y la parálisis. Cambiar personas no alcanza si no cambiamos el tablero.
Hace tiempo que la Asamblea Legislativa de Costa Rica tiene una mala reputación. Para muchos, es sinónimo de ineficiencia, ruido político y decisiones sujetas a intereses más que a razones. Sin embargo, más allá de la percepción popular, pocas veces se entiende qué pasa adentro realmente, cómo se toman las decisiones y por qué muchas buenas ideas se estrellan incluso antes de llegar a votación.
En nuestra conversación con Daniela Rojas, una diputada que conoce el sistema desde adentro y desde afuera, se revela un fenómeno profundo: no es solo burocracia o mala voluntad. Es que el diseño institucional aún responde a una realidad que ya no existe —el bipartidismo como eje imperante— y eso dificulta que la Asamblea funcione con agilidad y coherencia. Entre mociones que atrasan iniciativas, reglamentos pensados para otros tiempos y una cultura política que evita el debate honesto, lo que vemos desde afuera es solo la punta del iceberg.
Esto no es una defensa de quienes están dentro ni una crítica superficial. Es la constatación de que las reglas del juego importan tanto como las personas que las juegan. Un sistema más transparente y adaptado a la pluralidad actual no solo permitiría que buenas leyes avancen; también devolvería a la ciudadanía la confianza en la política como herramienta de solución, no de frustración. Porque si la Asamblea no se transforma, seguirá siendo un lugar donde el cambio se traba antes de nacer.
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Política
Cuando todo es “dictadura”, nada lo es
RESUMEN
La discusión política no se empobrece solo por falta de propuestas, sino por el uso descuidado del lenguaje. Cuando todo se reduce a etiquetas extremas, el debate deja de servir para corregir errores, exigir rendición de cuentas o construir acuerdos. Recuperar la precisión, aceptar los matices y discutir con rigor no debilita la crítica: la vuelve más efectiva. En una democracia fragmentada, la responsabilidad ciudadana empieza también por cómo nombramos la realidad.
Desde octubre vivimos metidos en una campaña electoral donde el volumen del discurso se fue por las nubes. A falta de propuestas, sobraron las etiquetas. Que si “autoritario”, que si “dictadura”, que si “fascismo”, que si “facho”. Del otro lado, lo de siempre: “comunista”, “izquierdoso”, “zurdo”, “chancletudo”.
Todo dicho con una liviandad que asusta. Como si las palabras no pesaran. Como si la historia no existiera. Como si a la democracia se le pudiera jugar de vivo sin consecuencias.
Ahora que pasó la elección y los ánimos están un poco más fríos —no fríos del todo, seamos honestos, pero al menos menos inflamables— vale la pena parar la bola y pensar: ¿qué fue lo que hicimos con el lenguaje? Porque aquí hay un problema de fondo que va más allá de quién ganó y quién perdió.
Hay un problema de precisión conceptual.
Y cuando se pierde la precisión, se pierde la capacidad de entender la realidad. Y cuando se pierde eso, lo que queda es puro ruido.
Las palabras importan
Empecemos por lo básico: las palabras importan. “Dictadura”, “fascismo”, “autoritarismo”, “comunismo” no son insultos intercambiables para tirar en redes cuando uno está bravo. Son conceptos con contenido y contexto histórico, político y jurídico. Tienen un peso específico real.
Describen realidades concretas, con rasgos identificables: concentración del poder, supresión sistemática de libertades mediante coerción militar o armada, eliminación de contrapesos, persecución política, control de medios, ausencia de elecciones libres, represión organizada.
Eso es una dictadura. Eso es un régimen autoritario en serio. Eso es fascismo en su sentido histórico.
Podemos disentir con respeto, pero desde donde yo veo las cosas, en este país nadie ha dejado de decir lo que le da la gana, donde le da la gana y cuando le da la gana.
¿Que ha habido pleitos del Poder Ejecutivo con particulares, empresas e instituciones fuera de tono e innecesarios (en mi opinión)? Sí, los ha habido. Pero no han llegado a más que eventos que se han caído por su propio peso o por la acción de la institucionalidad misma.
No se ha puesto en entredicho, ni en crisis, nuestro sistema democrático. Las elecciones del primero de febrero son la mejor muestra de ello.
Cuando a todo gobierno que no me gusta le digo “dictadura”, pasa algo peligroso: diluyo el concepto. Lo vacío de contenido.
Y cuando de verdad aparezca un régimen autoritario de esos de verdad —de los que cierran parlamentos con el ejército, persiguen y matan opositores, meten presos a periodistas y cancelan elecciones— ya no vamos a tener palabras para describirlo.
Porque ya las gastamos todas en discusiones profundas de Twitter (así le sigo diciendo yo hasta que Elon patrocine esta columna, en cuyo caso con gusto le diré X).
Lo mismo pasa con el otro extremo. Llamar “comunista” a cualquiera que hable de política social, de intervención del Estado o de regulación es una caricatura. El comunismo no es “que el Estado haga algo que no me gusta”. Es un modelo ideológico con una propuesta concreta sobre la propiedad de los medios de producción, el rol del Estado, la abolición de la propiedad privada en ciertos ámbitos, y una visión particular de la economía y de la sociedad.
No todo es comunismo. No todo es socialismo del siglo XXI. Decir eso es una simplificación burda que no aporta nada al debate. Es solo ruido para la barra propia.
Polarizar rinde… pero también cobra factura
Y aquí es donde se pone incómodo el asunto: este ambiente de etiquetas y exageraciones no es un accidente. A ambas “trincheras” les sirve y lo explotan a drede.
A la oposición le sirve subir el tono porque convierte cualquier error, torpeza o exceso del Ejecutivo en prueba de que “vamos camino a la dictadura”. Eso moviliza emocionalmente, genera miedo y cohesiona a los propios.
Del otro lado, al oficialismo —o a quienes se sienten cercanos a él— le sirve pintar toda crítica como “agenda comunista”, “resistencia al cambio” o “enemigos del progreso”, porque eso también cohesiona a su base y deslegitima al que cuestiona.
En ambos casos, la lógica es la misma: simplificar al adversario, caricaturizarlo, convertirlo en villano.
Es política en su estado puro, sí. No nos hagamos los inocentes.
La polarización es rentable. Da likes. Da retuits. Da aplausos. Sirve para movilizar bases, para ordenar filas, para que nadie se salga del guacal. Pero también tiene un costo. Un costo alto. Porque en esa dinámica se pierde la posibilidad de matices.
Y la política pública vive de matices. Las democracias funcionan con contrapesos, con tensiones, con desacuerdos razonables. No con caricaturas.
Que quede claro: no estoy diciendo que el Poder Ejecutivo sea intocable, ni que la oposición sea la encarnación de la ineficiencia. Hay conductas reprochables de un lado y del otro. Las ha habido.
Decisiones mal comunicadas, impulsos personalistas, roces innecesarios con instituciones, tonos que no ayudan. Del otro lado, obstruccionismo por deporte, oportunismo político, uso de la crítica como plataforma de lucimiento personal, poca disposición real a construir acuerdos.
Todo eso es parte del paisaje. Y todo eso se puede —y se debe— criticar con fuerza. Pero una cosa es criticar con argumentos y otra es incendiar el rancho con etiquetas.
Costa Rica, con todos sus defectos, sigue siendo una democracia funcional. Con instituciones que pesan. Con contrapesos reales. Con prensa libre que investiga, incomoda y publica. Con elecciones.
Decir que vivimos en una dictadura no es solo impreciso; es una falta de respeto a quienes sí han vivido y viven bajo dictaduras de verdad.
A quienes no podían tuitear su descontento porque los desaparecían. A quienes no podían escribir artículos de opinión porque los metían presos. A quienes no podían protestar porque los reprimían a bala.
También hay un tema de responsabilidad personal en cómo consumimos y reproducimos discurso. Compartir un titular incendiario sin leer la nota completa. Aplaudir el meme que ridiculiza al “otro bando”. Repetir frases hechas sin verificar si tienen sustento.
Todo eso va construyendo un clima donde el debate se vuelve un ring de boxeo —como lo usó una de las primeras campañas de un partido político hace algunas elecciones— y no un espacio de deliberación.
Y ojo, no hablo desde un postureo moral. Todos caemos en eso alguna vez. A todos se nos calienta la jupa. Pero una cosa es el desahogo ocasional y otra es convertir la exageración en método.
Al final del día, la política no es un partido Saprissa–La Liga donde hay que elegir bando y defenderlo a muerte pase lo que pase (bajo duda: La Liga).
La política es un espacio para resolver problemas concretos: costo de vida, empleo, seguridad, educación, salud, infraestructura, competitividad.
Problemas complejos que no se arreglan a punta de hashtags ni de etiquetas ideológicas, y menos de exageraciones. Se arreglan con políticas públicas bien diseñadas, con instituciones que funcionen, con controles efectivos, con negociación política de la de verdad y con ciudadanía informada que exija resultados, no solo espectáculo.
Tal vez el primer paso para bajar un cambio es recuperar el valor de las palabras. Llamar las cosas por su nombre, con precisión. Criticar cuando hay que criticar, sin miedo, pero con rigor. Reconocer cuando el otro tiene un punto válido, aunque no nos guste.
Dejar de usar conceptos pesados como garrote retórico para ganar una discusión en redes.
Porque, al final, en este jueguito de exagerar todo, perdemos todos: perdemos capacidad de diálogo, perdemos confianza mínima entre actores políticos y perdemos la posibilidad de construir acuerdos. Y en un país con una Asamblea fragmentada, sin mayorías claras y sin capacidad de imponer agendas por la fuerza, esa pérdida se paga caro.
Bajarle dos rayitas al volumen no es rendirse. Es madurar como democracia. Y bastante falta nos hace.
Las opiniones expresadas en este artículo son responsabilidad del autor y no representan necesariamente la postura oficial de Primera Línea. Nuestro medio se caracteriza por ser independiente y valorar las diversas perspectivas, fomentando la pluralidad de ideas entre nuestros lectores.
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