Política
De vetos, resellos y decisiones
RESUMEN
El ajuste hecho por la Asamblea Legislativa a la reforma fiscal propuesta por el Ministerio de Hacienda, recorrió el camino de la aprobación, el veto y el posterior resello por parte de la Asamblea, acompañada por una discusión que muchas veces giró en torno a las intenciones de los actores, dejando de lado hechos y argumentos. La intención de esta columna, por momentos casi una crónica, es volver a lo sustancial en torno al tema y su importancia.La discusión en torno al veto presidencial sobre la mal denominada “Exclusión de la Lista Gris de la Unión Europea” encendió sin duda el debate político y las redes sociales en Costa Rica. Este tema polarizó opiniones, especialmente cuando se criticó a aquellos de nosotros que respaldamos el resello del veto presidencial con acusaciones de favorecer intereses bancarios con argumentos como “votó el resello” o “le regaló miles de millones a los bancos”. Nada más alejado de la realidad y todo producido por el populismo y la falta de argumentos técnicos con los que el oficialismo manejó su discurso en este tema.
Para aclarar desde el inicio, a pesar de las acusaciones vociferadas desde algunos sectores gubernamentales, al menos en mi caso, la relación con los bancos se limita únicamente a la gestión personal de unas pocas cuentas corrientes, mis tarjetas de crédito y mi hipoteca. Mi propósito no es, ni ha sido, salvaguardar los intereses de estas entidades financieras. Estoy convencido de que todos, como sociedad, nos beneficiaríamos de una competencia más amplia y efectiva en el ámbito de los servicios financieros, aunque ese debate merece un espacio propio. Mi argumento central radica en que, independientemente de cualquier interés corporativo atribuido a aquellos que apoyamos el resello, mi compromiso es con la defensa del principio de territorialidad fiscal, un pilar fundamental de nuestro marco impositivo. Este ha sido el núcleo de la discusión.
He decidido abordar este tema en esta columna, aspirando a un diálogo más sereno y constructivo sobre por qué era imperativo el resello, ya que de no haberse hecho así, continuaríamos siendo señalados por la Unión Europea como una jurisdicción no cooperante, debido a los errores insubsanables presentes en el veto presidencial.
Un intento de reforma fiscal
La reforma fiscal implementada transformó nuestro sistema tributario y lo confirmó como un híbrido, preservando su carácter territorial pero estableciendo excepciones para que no se pueda abusar del uso de empresas que no tengan substancia. Esta modalidad mejorada es crucial para fomentar la atracción de inversión extranjera directa hacia nuestro país. Por otro lado, respecto a los sueños recaudatorios de rentas extraterritoriales, tengo serias dudas sobre la capacidad del Ministerio de Hacienda para llevar a cabo una fiscalización efectiva de las actividades financieras de los contribuyentes en el extranjero. Tal intento, además de probablemente ineficaz, incrementaría significativamente los costos para nosotros, los contribuyentes.
De mi experiencia profesional fuera de Costa Rica puedo atestar que el factor determinante para las decisiones de inversión siempre es el régimen fiscal del país anfitrión. Específicamente, es fundamental entender cómo se tributan las ganancias locales y si las utilidades destinadas a inversiones en el extranjero están sujetas a imposiciones fiscales extraterritoriales. De hecho, la política impositiva de una nación juega un papel más crítico en la captación de inversión extranjera que otros factores relevantes, como la calidad de la mano de obra o la infraestructura disponible, aunque nos guste pensar otra cosa.
Pensemos en corporaciones internacionales que emplean el “cash pooling”, una técnica de gestión financiera que permite a sus filiales alrededor del mundo consolidar sus fondos. Este enfoque no solo mejora la administración de la liquidez de la empresa, sino que también contribuye a la reducción de costos de interés y al fortalecimiento de la posición de capital de trabajo. Para la viabilidad de estos sistemas, es esencial un marco tributario que mantenga el principio de territorialidad fiscal, garantizando así que las compañías solo tributen por las actividades realizadas dentro del país, lo que les proporciona seguridad jurídica.
En febrero de 2023, Costa Rica se encontró en la mal denominada “lista gris” de la Unión Europea (UE), identificada como una jurisdicción no cooperante en materia fiscal. Esta clasificación surgió debido a que la legislación fiscal costarricense y algunas interpretaciones judiciales, generaban una notable incertidumbre legal. Según la UE, este escenario permitía que contribuyentes europeos pudieran diseñar estrategias fiscales aprovechando el principio de territorialidad fiscal costarricense, afectando así la recaudación fiscal en la UE. Esta preocupación identificaba la posibilidad de que contribuyentes europeos establecieran entidades en Costa Rica sin una actividad económica real, dedicadas exclusivamente a generar ingresos pasivos desde el extranjero, explotando así nuestro sistema tributario.
Dictámenes legales
La controversia se produjo debido a interpretaciones por parte de la Sala Primera y la Sala Constitucional que, en lugar de limitarse a su función judicial, parecieron legislar al adoptar un enfoque fiscalista alineado con el Ministerio de Hacienda. Esto rebasó el principio de reserva de ley en materia tributaria, terreno exclusivo de la Asamblea Legislativa. Resulta sorprendente que, en un área tan crítica como la tributaria, no hubieran magistrados en dichas salas, al menos en ese momento, con experiencia práctica en fiscalidad, lo que contribuyó a la incertidumbre jurídica. La única excepción notable fue el voto disidente del magistrado suplente Garita Navarro en la Sala Constitucional, quien sí demostró conocimiento en la materia y clarificó los límites de actuación de ambas salas.
Mi posición no nace de un simple desacuerdo personal con las decisiones judiciales, sino del respaldo de un amplio sector de expertos en derecho tributario costarricense, que han señalado las inconsistencias tanto de la postura del Ministerio de Hacienda como de las interpretaciones de la Sala Primera y la Sala Constitucional.
¿Qué argumento presentó la Sala Constitucional que generó tal discrepancia con la normativa vigente de la Ley del Impuesto sobre la Renta y el principio de territorialidad fiscal? Al responder esa pregunta, es crucial entender que el debate giraba en torno a los ingresos pasivos generados por entidades costarricenses en el extranjero. Según la interpretación de la Sala, si una entidad o individuo generador de ingresos está domiciliado en Costa Rica, y la inversión se realiza en el exterior, entonces esos ingresos deberían considerarse gravables en Costa Rica debido a una conexión económica entre los ingresos obtenidos fuera y la entidad residente en el país.
Esta perspectiva, más ideológica que basada en principios jurídicos sólidos, introdujo un nuevo concepto de vinculación económica no previsto en la legislación ni reflejado en las actas legislativas de la ley. En lugar de esto, el principio de territorialidad, que establece que los contribuyentes deben tributar únicamente por las actividades económicas realizadas dentro del territorio costarricense, sí está claramente definido en la ley. Incluso la misma Sala Primera había mantenido este principio en sus resoluciones anteriores, hasta que, de manera sorpresiva y sin cambios legislativos relevantes, optó por adoptar este nuevo enfoque.
A raíz de esta situación, algunos sectores comenzaron a promover la idea de que la ley incorporaba este concepto de vinculación económica, utilizando argumentos despectivos y poco fundamentados para sugerir que aquellos de nosotros que defendíamos el principio de territorialidad, conforme a la ley, estábamos favoreciendo intereses de élites económicas, incluyendo bancos. Resulta curioso, y merece reflexión, el insistente enfoque en los bancos, especialmente considerando que uno de los principales rivales políticos del gobierno actual es, de hecho, un banquero. Esto deja un espacio abierto para interpretaciones sobre las verdaderas intenciones detrás de estos argumentos.
Decisiones
Ante este panorama, la pregunta era cómo abordar la situación con la Unión Europea para evitar las consecuencias negativas de permanecer en su lista gris, lo que podría implicar la pérdida de inversiones y capital europeo en nuestro país. La UE propuso soluciones, enfatizando que el problema no radicaba en el principio de territorialidad fiscal per se. De hecho, tras comunicarme personalmente con la UE, confirmaron que la preocupación principal giraba en torno a las ambigüedades legales y judiciales que podrían dar lugar a interpretaciones conflictivas y no al principio de territorialidad en si.
La UE sugirió dos enfoques: el primero, hacer que todas las rentas pasivas extraterritoriales fuesen sujetas a impuestos; el segundo, gravar específicamente aquellas rentas pasivas generadas en el extranjero por empresas costarricenses sin una base económica real, como serían aquellas sin operaciones comerciales activas o empleados. Esta última opción parecía más alineada con los objetivos de la UE de prevenir la evasión fiscal por parte de sus ciudadanos mediante el uso de entidades costarricenses, y se alineaba con la necesidad de mantener el criterio de territorialidad tan importante para la atracción de inversión extranjera.
Sin embargo, esta propuesta no coincidía con las intenciones del Ministerio de Hacienda, que buscaba aplicar impuestos a todas las rentas pasivas extraterritoriales de costarricenses, motivado por un exceso de celo recaudatorio. Los cálculos presentados por el ministerio sobre la recaudación potencial eran puramente especulativos, basados en unos pocos casos y sin considerar la capacidad real de recolección o el dinamismo económico. Aunque se mencionó una cifra de aproximadamente 20 millones de dólares anuales, este monto, además de ser especulativo, resulta insignificante en el contexto del presupuesto nacional, poniendo en perspectiva la reacción desmedida del Ejecutivo sin una base sustancial.
Para mí, la decisión era evidente: debíamos reafirmar el principio de territorialidad fiscal, aclarar que el nuevo concepto de vinculación económica propuesto por la Sala no reflejaba la intención del legislador —quien tiene la autoridad final en asuntos fiscales— y establecer excepciones específicas para gravar las rentas extraterritoriales generadas por entidades sin una presencia económica significativa. Esta fue nuestra postura al redactar la ley en cuestión.
Sin embargo, el presidente, movido por razones de oportunidad, decidió vetar la ley. Es crucial entender, independientemente de la posición ideológica que se adopte sobre este tema, que el veto introdujo un error que nos habría mantenido en la indeseable “lista gris” de la UE.
El texto del veto presentaba una contradicción: por un lado, proponía gravar todas las rentas extraterritoriales, tanto de individuos como de entidades; por otro, mantenía las excepciones para las rentas de empresas sin una base económica real. Este enfoque creaba una antinomia, es decir, una contradicción en la legislación, exactamente lo que la UE instaba a evitar para prevenir interpretaciones o aplicaciones conflictivas de las normas fiscales. En otras palabras, el veto nos devolvía al punto de partida.
Este fue el dilema enfrentado, y como mencioné al inicio, habría votado (y todavía lo haría) el resello del veto en cada oportunidad necesaria. Estoy convencido de que para Costa Rica, una nación que busca atraer inversión extranjera, es esencial contar con un marco tributario que facilite y promueva la llegada de este capital.
Tengamos claro que la cadena de impuestos que paga cualquier empresa en Costa Rica es muy extensa, y abarca desde la compra de las materias primas a los dividendos. En esa extensión se encuentran multiciplidad de IVAS, impuestos al salario, cargas sociales, impuestos municipales, renta, etc. Si después de pagar toda esta cantidad de impuestos la empresa decide invertir el remanente en el extranjero, buscando mejores rendimientos, el Ministerio de Hacienda quería gravar también esos ingresos externos. Esto, sin considerar que, en la mayoría de las jurisdicciones extranjeras, dichas inversiones ya están sujetas a impuestos, y dada la limitada cantidad de convenios de doble imposición con los que cuenta Costa Rica, sería complicado para los inversionistas acreditar esos impuestos extranjeros en nuestro sistema fiscal.
Esta fue la situación en detalle. Mi intención es hablar con claridad y sinceridad en esta columna. Entiendo que habrá quienes concuerden y otros que no, y como costarricense, respeto la diversidad de opiniones. Sin embargo, considero esencial que nuestras diferencias se diriman en el terreno del debate intelectual, la técnica y la política pública, y no en la arena del populismo que sugiere falsamente que se busca favorecer a unos pocos a cuenta de la poca solvencia de argumentos técnicos. En este caso, para mi lo importante es y será preservar un entorno propicio para la inversión extranjera que beneficia a todos los costarricenses.
Las opiniones expresadas en este artículo son responsabilidad del autor y no representan necesariamente la postura oficial de Primera Línea. Nuestro medio se caracteriza por ser independiente y valorar las diversas perspectivas, fomentando la pluralidad de ideas entre nuestros lectores.
Política
Tercerizar no es el problema. Gobernar mal sí.
RESUMEN
El país enfrenta una decisión más profunda que un caso puntual: o profesionaliza su capacidad de contratar servicios complejos, o seguirá atrapado entre escándalos cíclicos y servicios insuficientes. La discusión no debería girar alrededor de ideologías, sino alrededor de estándares. Cuando el Estado no desarrolla inteligencia contractual, deja espacio para la captura, el sobrecosto y la desconfianza. La solución no está en retroceder herramientas, sino en elevar la exigencia institucional.
Costa Rica tiene una manía peligrosa: cuando un instrumento de política pública se contamina por una contratación fallida, la reacción inmediata es declarar “muerto” el instrumento. Se condena la figura, no el proceso. Se dispara contra el martillo, no contra la mano que lo sostuvo.
El caso “barrenador”, con todo el ruido, la indignación y los titulares, está siendo usado así: como prueba automática de que la tercerización de EBAIS es mala, que “lo privado” es sinónimo de abuso y que el único camino “seguro” es volver a concentrar toda la operación en gestión directa. Esa lectura es emocional. Y, peor aún, es un mal diagnóstico.
Porque lo que el caso realmente desnuda no es un pecado original de la tercerización. Lo que desnuda es algo mucho más incómodo: la CCSS, en su rol de compradora pública, ha venido operando con debilidades estructurales para diseñar, licitar, evaluar, adjudicar y supervisar contratos complejos de servicios de salud.
Y si uno no sabe comprar, no sabe gobernar.
Y aun así, hay quienes proponen que administre un banco estatal…
No confundamos la discusión: modelo vs. gobernanza
La política pública no se evalúa por anécdotas. Se evalúa por resultados y capacidad institucional.
Tercerizar EBAIS no es “privatizar la salud”. Es un mecanismo de provisión dentro de un sistema público universal, donde el Estado mantiene rectoría, financiamiento y supervisión.
Es, en esencia, una forma de administrar capacidad instalada y continuidad operativa cuando la institución no puede —o no logra, evidentemente— expandirse con la velocidad, flexibilidad y eficiencia que la demanda exige.
El problema aparece cuando ese mecanismo se ejecuta sin una arquitectura de control robusta: sin estudios de razonabilidad de precio que resistan auditoría; sin trazabilidad impecable de cambios; sin cláusulas contractuales que premien desempeño y castiguen incumplimientos; sin supervisión clínica y administrativa real; sin gestión de riesgos; sin segregación efectiva de funciones.
Eso es gobernanza. Eso es lo que falla. No el concepto. No es mala intención. Es mal diseño. O, más bien, un diseño que han querido mantener, sobre todo, los mandos medios.
Y aquí viene un punto esencial, sobre todo en un país donde la reputación se destruye con una filtración y se reconstruye con años: la responsabilidad penal es individual, se prueba y la determina un juez. No un “clima” mediático. No una narrativa. No una indignación colectiva.
Pretender que, por el solo hecho de existir detenciones o investigaciones, ya podemos “asignar culpa” a una expresidenta o a miembros de Junta Directiva, además de ser jurídicamente incorrecto, es estratégicamente torpe.
En instituciones grandes, muchas veces la falla es sistémica: son los procedimientos, los mandos medios que controlan el flujo de información, las unidades técnicas que redactan y modifican pliegos, los comités que procesan ofertas, las jefaturas que administran el día a día de la contratación. Ahí es donde se juega la integridad del proceso. Ahí está la captura, cuando la hay. Ahí se siembra el riesgo.
La Junta Directiva decide, sí. Pero decide sobre insumos. Y si los insumos están sesgados, incompletos o diseñados para inducir una conclusión, el problema no es solo “quién firma”. Es quién arma el expediente, quién controla la cocina, quién domina la letra menuda.
La realidad incómoda: sin tercerización no hay cobertura
Ahora vayamos a la discusión que de verdad importa: ¿qué alternativa real tiene hoy la CCSS para asegurar cobertura y continuidad en atención primaria? ¿Para disminuir esas listas de espera interminables?
La atención primaria es la base de la sostenibilidad financiera del sistema. Si el primer nivel falla, todo se desplaza hacia urgencias y especialidades. Eso es carísimo. Y eso alimenta listas de espera.
La CCSS enfrenta restricciones que no desaparecen gracias a la red de protección interna:
- Rigidez administrativa y laboral para ajustar rápidamente recursos donde la demanda crece.
- Dificultad para abrir, expandir o reconfigurar servicios con la velocidad que requieren ciertos territorios.
- Incentivos internos débiles para premiar productividad y calidad, y para corregir bajo desempeño.
- Presión fiscal y costos crecientes.
En ese contexto, la tercerización bien hecha no es un “capricho ideológico”. Es una herramienta pragmática de gestión pública. Los países serios no discuten esto como dogma. Discuten cómo se contrata, cómo se mide, cómo se controla.
Y hay algo que se ha perdido en el debate: los EBAIS tercerizados no son, por definición, peores. La evidencia institucional muestra, de hecho, lo contrario.
La pregunta correcta no es “¿tercerización sí o no?”. La pregunta correcta es: ¿cómo diseñamos un modelo contractual que obligue a rendir cuentas y a entregar resultados verificables?
El verdadero escándalo: comprar servicios de salud como si fueran fotocopias
La contratación de servicios de salud no es una compra de bienes. Es una compra de resultados: acceso oportuno, continuidad, prevención, control de enfermedades crónicas, vacunación, seguimiento materno-infantil, referencia adecuada, calidad clínica y satisfacción del usuario.
Sin embargo, demasiadas veces el Estado compra estos servicios como si estuviera adquiriendo horas-hombre, metros cuadrados y checklists. Se define el “cómo” y se olvida el “para qué”. Se licita con lógica formalista, no con lógica humana. Y luego nos sorprende que haya sobrecostos, disputas, arbitrariedades o zonas grises.
El caso “barrenador” debe leerse como una alerta roja sobre compra pública estratégica: la CCSS tiene que profesionalizar, blindar y modernizar la forma en que contrata servicios complejos. No para “favorecer” proveedores. Para proteger al asegurado. Para evitar capturas. Para evitar, precisamente, que un caso como este se repita.
Lo que hay que hacer: tercerizar, sí; pero con dientes
La CCSS debe defender y sostener la tercerización como parte de su caja de herramientas. Pero tiene que cambiar el estándar. No con discursos. Con reglas.
Un paquete mínimo de reformas debería incluir:
- Razonabilidad de precios verificable
- Metodología pública, replicable y auditada.
- Benchmarking serio (canasta de servicios, complejidad poblacional, costos unitarios).
- Trazabilidad de cualquier ajuste al pliego o al presupuesto de referencia.
- Contratos por resultados
- Indicadores clínicos y de acceso como KPI contractuales.
- Pagos con componente variable según desempeño.
- Penalidades automáticas por incumplimientos críticos.
- Cláusulas de terminación por desempeño, no solo por formalidades.
- Supervisión independiente y permanente
- Auditoría clínica y de datos, no solo administrativa.
- Verificación en campo, con capacidad sancionatoria real.
- Tableros públicos por área de salud: transparencia radical.
- Integridad y anticaptura
- Debida diligencia reforzada del proveedor (historial, estructuras, conflictos).
- Segregación estricta de funciones internas (quien diseña pliego no decide adjudicación).
- Rotación de personal en posiciones críticas de contratación.
- Registro y trazabilidad de reuniones y comunicaciones relevantes del proceso.
- Unidad especializada de compra de servicios de salud
- No más improvisación administrativa.
- Perfil técnico multidisciplinario: salud pública, economía, derecho, datos, gestión.
Si el Estado no hace esto, el debate no es “tercerizar o no”. El debate será, inevitablemente: ¿cuándo será el próximo escándalo?
Cerrar filas con lo correcto: debido proceso y reforma institucional
Costa Rica necesita dos cosas al mismo tiempo, y tiene que sostener ambas con la misma firmeza.
Primero: debido proceso. Presunción de inocencia. Seriedad institucional. Que las investigaciones avancen, que se determinen responsabilidades donde corresponda y que no se convierta la justicia en espectáculo. Criminalizar por reflejo a jerarcas o directivos, sin sentencia y sin prueba pública, es un atajo que le hace daño a todos: a la institución, a la democracia y al estándar mínimo de justicia.
Segundo: reforma estructural. Porque si todo se reduce a “quién cayó” y “quién se salva”, perdimos la oportunidad. El aprendizaje relevante no es moralista. Es técnico: la CCSS tiene que convertirse en un comprador público competente, moderno y difícil de capturar.
“Barrenador”, entonces, no debería empujarnos a destruir la tercerización. Debería obligarnos a construir algo mejor: un modelo con reglas claras, contratos inteligentes, transparencia y control.
Lo demás es lo de siempre: indignación, titulares… y listas de espera. Y eso, francamente, es lo que la gente ya no aguanta.
Las opiniones expresadas en este artículo son responsabilidad del autor y no representan necesariamente la postura oficial de Primera Línea. Nuestro medio se caracteriza por ser independiente y valorar las diversas perspectivas, fomentando la pluralidad de ideas entre nuestros lectores.
Política
Pongámonos Serios con Daniela Rojas: ¿Por qué la Asamblea Legislativa no funciona?
RESUMEN
Cuando el problema no es solo quién decide, sino cómo está diseñado el sistema para decidir, la frustración se vuelve estructural. La conversación deja claro que sin reglas adaptadas a la realidad actual, sin incentivos para el debate honesto y sin presión ciudadana informada, la política seguirá atrapada entre el cálculo y la parálisis. Cambiar personas no alcanza si no cambiamos el tablero.
Hace tiempo que la Asamblea Legislativa de Costa Rica tiene una mala reputación. Para muchos, es sinónimo de ineficiencia, ruido político y decisiones sujetas a intereses más que a razones. Sin embargo, más allá de la percepción popular, pocas veces se entiende qué pasa adentro realmente, cómo se toman las decisiones y por qué muchas buenas ideas se estrellan incluso antes de llegar a votación.
En nuestra conversación con Daniela Rojas, una diputada que conoce el sistema desde adentro y desde afuera, se revela un fenómeno profundo: no es solo burocracia o mala voluntad. Es que el diseño institucional aún responde a una realidad que ya no existe —el bipartidismo como eje imperante— y eso dificulta que la Asamblea funcione con agilidad y coherencia. Entre mociones que atrasan iniciativas, reglamentos pensados para otros tiempos y una cultura política que evita el debate honesto, lo que vemos desde afuera es solo la punta del iceberg.
Esto no es una defensa de quienes están dentro ni una crítica superficial. Es la constatación de que las reglas del juego importan tanto como las personas que las juegan. Un sistema más transparente y adaptado a la pluralidad actual no solo permitiría que buenas leyes avancen; también devolvería a la ciudadanía la confianza en la política como herramienta de solución, no de frustración. Porque si la Asamblea no se transforma, seguirá siendo un lugar donde el cambio se traba antes de nacer.
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Política
Cuando todo es “dictadura”, nada lo es
RESUMEN
La discusión política no se empobrece solo por falta de propuestas, sino por el uso descuidado del lenguaje. Cuando todo se reduce a etiquetas extremas, el debate deja de servir para corregir errores, exigir rendición de cuentas o construir acuerdos. Recuperar la precisión, aceptar los matices y discutir con rigor no debilita la crítica: la vuelve más efectiva. En una democracia fragmentada, la responsabilidad ciudadana empieza también por cómo nombramos la realidad.
Desde octubre vivimos metidos en una campaña electoral donde el volumen del discurso se fue por las nubes. A falta de propuestas, sobraron las etiquetas. Que si “autoritario”, que si “dictadura”, que si “fascismo”, que si “facho”. Del otro lado, lo de siempre: “comunista”, “izquierdoso”, “zurdo”, “chancletudo”.
Todo dicho con una liviandad que asusta. Como si las palabras no pesaran. Como si la historia no existiera. Como si a la democracia se le pudiera jugar de vivo sin consecuencias.
Ahora que pasó la elección y los ánimos están un poco más fríos —no fríos del todo, seamos honestos, pero al menos menos inflamables— vale la pena parar la bola y pensar: ¿qué fue lo que hicimos con el lenguaje? Porque aquí hay un problema de fondo que va más allá de quién ganó y quién perdió.
Hay un problema de precisión conceptual.
Y cuando se pierde la precisión, se pierde la capacidad de entender la realidad. Y cuando se pierde eso, lo que queda es puro ruido.
Las palabras importan
Empecemos por lo básico: las palabras importan. “Dictadura”, “fascismo”, “autoritarismo”, “comunismo” no son insultos intercambiables para tirar en redes cuando uno está bravo. Son conceptos con contenido y contexto histórico, político y jurídico. Tienen un peso específico real.
Describen realidades concretas, con rasgos identificables: concentración del poder, supresión sistemática de libertades mediante coerción militar o armada, eliminación de contrapesos, persecución política, control de medios, ausencia de elecciones libres, represión organizada.
Eso es una dictadura. Eso es un régimen autoritario en serio. Eso es fascismo en su sentido histórico.
Podemos disentir con respeto, pero desde donde yo veo las cosas, en este país nadie ha dejado de decir lo que le da la gana, donde le da la gana y cuando le da la gana.
¿Que ha habido pleitos del Poder Ejecutivo con particulares, empresas e instituciones fuera de tono e innecesarios (en mi opinión)? Sí, los ha habido. Pero no han llegado a más que eventos que se han caído por su propio peso o por la acción de la institucionalidad misma.
No se ha puesto en entredicho, ni en crisis, nuestro sistema democrático. Las elecciones del primero de febrero son la mejor muestra de ello.
Cuando a todo gobierno que no me gusta le digo “dictadura”, pasa algo peligroso: diluyo el concepto. Lo vacío de contenido.
Y cuando de verdad aparezca un régimen autoritario de esos de verdad —de los que cierran parlamentos con el ejército, persiguen y matan opositores, meten presos a periodistas y cancelan elecciones— ya no vamos a tener palabras para describirlo.
Porque ya las gastamos todas en discusiones profundas de Twitter (así le sigo diciendo yo hasta que Elon patrocine esta columna, en cuyo caso con gusto le diré X).
Lo mismo pasa con el otro extremo. Llamar “comunista” a cualquiera que hable de política social, de intervención del Estado o de regulación es una caricatura. El comunismo no es “que el Estado haga algo que no me gusta”. Es un modelo ideológico con una propuesta concreta sobre la propiedad de los medios de producción, el rol del Estado, la abolición de la propiedad privada en ciertos ámbitos, y una visión particular de la economía y de la sociedad.
No todo es comunismo. No todo es socialismo del siglo XXI. Decir eso es una simplificación burda que no aporta nada al debate. Es solo ruido para la barra propia.
Polarizar rinde… pero también cobra factura
Y aquí es donde se pone incómodo el asunto: este ambiente de etiquetas y exageraciones no es un accidente. A ambas “trincheras” les sirve y lo explotan a drede.
A la oposición le sirve subir el tono porque convierte cualquier error, torpeza o exceso del Ejecutivo en prueba de que “vamos camino a la dictadura”. Eso moviliza emocionalmente, genera miedo y cohesiona a los propios.
Del otro lado, al oficialismo —o a quienes se sienten cercanos a él— le sirve pintar toda crítica como “agenda comunista”, “resistencia al cambio” o “enemigos del progreso”, porque eso también cohesiona a su base y deslegitima al que cuestiona.
En ambos casos, la lógica es la misma: simplificar al adversario, caricaturizarlo, convertirlo en villano.
Es política en su estado puro, sí. No nos hagamos los inocentes.
La polarización es rentable. Da likes. Da retuits. Da aplausos. Sirve para movilizar bases, para ordenar filas, para que nadie se salga del guacal. Pero también tiene un costo. Un costo alto. Porque en esa dinámica se pierde la posibilidad de matices.
Y la política pública vive de matices. Las democracias funcionan con contrapesos, con tensiones, con desacuerdos razonables. No con caricaturas.
Que quede claro: no estoy diciendo que el Poder Ejecutivo sea intocable, ni que la oposición sea la encarnación de la ineficiencia. Hay conductas reprochables de un lado y del otro. Las ha habido.
Decisiones mal comunicadas, impulsos personalistas, roces innecesarios con instituciones, tonos que no ayudan. Del otro lado, obstruccionismo por deporte, oportunismo político, uso de la crítica como plataforma de lucimiento personal, poca disposición real a construir acuerdos.
Todo eso es parte del paisaje. Y todo eso se puede —y se debe— criticar con fuerza. Pero una cosa es criticar con argumentos y otra es incendiar el rancho con etiquetas.
Costa Rica, con todos sus defectos, sigue siendo una democracia funcional. Con instituciones que pesan. Con contrapesos reales. Con prensa libre que investiga, incomoda y publica. Con elecciones.
Decir que vivimos en una dictadura no es solo impreciso; es una falta de respeto a quienes sí han vivido y viven bajo dictaduras de verdad.
A quienes no podían tuitear su descontento porque los desaparecían. A quienes no podían escribir artículos de opinión porque los metían presos. A quienes no podían protestar porque los reprimían a bala.
También hay un tema de responsabilidad personal en cómo consumimos y reproducimos discurso. Compartir un titular incendiario sin leer la nota completa. Aplaudir el meme que ridiculiza al “otro bando”. Repetir frases hechas sin verificar si tienen sustento.
Todo eso va construyendo un clima donde el debate se vuelve un ring de boxeo —como lo usó una de las primeras campañas de un partido político hace algunas elecciones— y no un espacio de deliberación.
Y ojo, no hablo desde un postureo moral. Todos caemos en eso alguna vez. A todos se nos calienta la jupa. Pero una cosa es el desahogo ocasional y otra es convertir la exageración en método.
Al final del día, la política no es un partido Saprissa–La Liga donde hay que elegir bando y defenderlo a muerte pase lo que pase (bajo duda: La Liga).
La política es un espacio para resolver problemas concretos: costo de vida, empleo, seguridad, educación, salud, infraestructura, competitividad.
Problemas complejos que no se arreglan a punta de hashtags ni de etiquetas ideológicas, y menos de exageraciones. Se arreglan con políticas públicas bien diseñadas, con instituciones que funcionen, con controles efectivos, con negociación política de la de verdad y con ciudadanía informada que exija resultados, no solo espectáculo.
Tal vez el primer paso para bajar un cambio es recuperar el valor de las palabras. Llamar las cosas por su nombre, con precisión. Criticar cuando hay que criticar, sin miedo, pero con rigor. Reconocer cuando el otro tiene un punto válido, aunque no nos guste.
Dejar de usar conceptos pesados como garrote retórico para ganar una discusión en redes.
Porque, al final, en este jueguito de exagerar todo, perdemos todos: perdemos capacidad de diálogo, perdemos confianza mínima entre actores políticos y perdemos la posibilidad de construir acuerdos. Y en un país con una Asamblea fragmentada, sin mayorías claras y sin capacidad de imponer agendas por la fuerza, esa pérdida se paga caro.
Bajarle dos rayitas al volumen no es rendirse. Es madurar como democracia. Y bastante falta nos hace.
Las opiniones expresadas en este artículo son responsabilidad del autor y no representan necesariamente la postura oficial de Primera Línea. Nuestro medio se caracteriza por ser independiente y valorar las diversas perspectivas, fomentando la pluralidad de ideas entre nuestros lectores.
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