Ambiente
Comentarios sobre la Ley Marco para la Gestión Integrada del Recurso Hídrico
El país ha dejado de lado las grandes reformas estructurales que requiere por pequeños cambios a la normativa que avanzan lentamente, mientras los verdaderos retos siguen pendientes de atender. Tal es el caso del expediente 23511 que se tramita en la Asamblea Legislativa, denominado Ley Marco para la Gestión Integrada del Recurso Hídrico. Si bien es cierto el documento se anuncia como un cambio necesario para actualizar la normativa de la Ley de Aguas N.° 276 de 1942, y además incluye elementos positivos como la delimitación precisa de las zonas de protección de nacientes y algunas intenciones de ordenamiento territorial basadas en el recurso hídrico, la propuesta carece de mecanismos actualizados para atender la mayoría de los retos que conlleva la gestión del recurso hídrico en la actualidad.
Quizá una de las carencias más relevantes que tiene el texto es referente a la gobernanza en la gestión del recurso hídrico. Actualmente, instituciones como la Dirección de Aguas, el Ministerio de Salud, el Instituto Costarricense de Acueductos y Alcantarillados, las municipalidades, SENARA y otras dependencias del Ministerio de Ambiente y Energía, tienen funciones que se entrelazan y que no permiten determinar con claridad los procesos que deben atender. Esto lleva a una tramitología innecesaria para el ciudadano, diferencias entre las instituciones por criterios distintos ante un mismo caso o necesidad y costos mayores para los servicios públicos que brinda el Estado.
La ley pretende dar más potestades a la Dirección de Aguas, aunque no clarifica los recursos necesarios para llevar a cabo dicho fortalecimiento. Adicionalmente, se promueve que el planeamiento territorial tome como insumo los recursos hídricos disponibles, aunque no menciona las reformas necesarias en la normativa urbana y municipal que serían indispensables para poder llevar esto a la práctica. La falta de gobernanza también se ve reflejada en que se mantiene una separación en la gestión de las aguas residuales y pluviales, lo cual en la actualidad es un problema debido a que se generan muchas conexiones ilegales entre los sistemas, produciendo colapsos en ambos.
La creación de una normativa debe agregar herramientas para la toma de decisiones y la mejora en los servicios públicos que ofrecen las instituciones, incluyendo la tecnología como un eje transversal para garantizar agilidad y eficiencia. No obstante, este documento no la incluye y deja de lado la necesidad de disponer de datos en tiempo real para la medición de cada uno de los procesos del ciclo hidrológico; como el comportamiento de los acuíferos, las captaciones, el agua residual, la calidad de los vertidos en los cuerpos de agua, etcétera. Tampoco se incluyen disposiciones para interconectar datos entre la Dirección de Aguas y los operadores, lo cual dificulta la actualización de información entre instituciones y la reducción de la calidad de los servicios que brindan a los ciudadanos. Incluso, se propone la obligatoriedad de generar un balance hídrico nacional cada 5 años, lo cual es inaceptable para un país que tiene serios retos en temas de disponibilidades de agua, aguas residuales, adaptación al cambio climático, entre otros.
Aunque el texto admite que la regulación por parte de la Dirección de Aguas ha sido ineficiente en aspectos como los pozos ilegales, no se incluyen técnicas modernas de regulación para poder dar un servicio más eficiente. La existencia de pozos ilegales se debe a que la Dirección de Aguas no responde con agilidad a los trámites de concesiones de fuentes y otros que demandan los ciudadanos. La tecnología debería permitir a los ciudadanos obtener información de las posibilidades de aprovechar una fuente y avanzar con el desarrollo de su proyecto. También debe incluir serias multas en caso de incumplir la normativa y un fortalecimiento en la capacidad de fiscalización del Estado para vigilar el cumplimiento de la ley.
Adicionalmente, se incluyen disposiciones para darle más atribuciones al Estado en detrimento de los ciudadanos. Un ejemplo de esto es la imposibilidad de que dos vecinos se pongan de acuerdo para encausar un cuerpo de agua que discurre por ambas propiedades, la eliminación del requerimiento para tramitar una concesión para las instituciones del Estado y la discrecionalidad que se le da a la Dirección de Aguas en el establecimiento de cánones ambientales y de aprovechamiento. Además, se incluyen exenciones para la importación de equipos para el ahorro en el consumo y otros usos, sin delimitar temporalmente dicha exención, lo cual agrega una distorsión más al mercado y al complejo sistema tributario del país. Por otra parte, se dispone que el Estado promocionará temas como el reúso, la recarga artificial de acuíferos y la desalinización, por mencionar algunos ejemplos, pero no se aclaran los recursos necesarios para generar esta labor.
Finalmente, aunque se hace mención del valor económico del agua, el tema prácticamente no se aborda desde la perspectiva legal. La idea establecida en el artículo 50 de la Constitución Política de que el derecho humano al agua deba garantizarse por parte del Estado, no implica que los precios relativos de los distintos usos del agua no deban conducir a asignaciones eficientes. En la actualidad, los precios relativos entre las distintas alternativas no se basan en las diferencias entre estándares de calidad. Por ejemplo, el tratamiento del agua para fines agrícolas no es igual al requerido para uso humano. En cuanto al abastecimiento ciudadano, se presenten dotaciones muy por encima de lo razonable en unos casos, mientras que en otros hay escasez, sin poder garantizar el acceso adecuado al líquido. El abordaje económico del agua es muy escaso, tanto por el lado de la demanda como de la oferta, donde existe un mercado con altas ineficiencias que deben ser superadas con precios relativos que generen un equilibrio entre el desarrollo económico y la sostenibilidad ambiental.
Ambiente
El país discute mientras la basura avanza
RESUMEN
La basura avanza mientras las instituciones discuten. Resolver la crisis exige dejar atrás el pleito y adoptar un sistema moderno que reduzca residuos, impulse la economía circular y convierta la gestión de desechos en una política seria, no en una disputa interminable.
Costa Rica está atrapada en una discusión que no resuelve nada mientras la basura sigue acumulándose. El nuevo reglamento del Ministerio de Salud busca ordenar un sistema que hace años perdió rumbo, pero la respuesta inmediata fue un choque institucional que desvía la atención del problema central: los residuos crecen más rápido que nuestra capacidad para gestionarlos.
La Procuraduría defiende la urgencia de las normas; las municipalidades alegan falta de recursos y capacidad operativa. Ambas posiciones tienen elementos válidos, pero ninguna evita la realidad más evidente: la basura no espera.
Cada día que el país dedica a pelear por competencias en lugar de actuar, el costo ambiental, sanitario y financiero aumenta.
Superar este estancamiento exige más que un reglamento y más que voluntad política. Implica reconocer que Costa Rica necesita un modelo moderno de economía circular, alianzas público–privadas que permitan innovar, y tecnologías que vuelvan eficiente una tarea que hoy es cara, fragmentada e ineficaz.
Los países que han avanzado no lo hicieron discutiendo quién debe recoger la basura, sino construyendo sistemas que la reducen, la clasifican y la transforman.
La pregunta no es quién gana la disputa legal, sino quién asume el liderazgo para que el país deje de reaccionar y comience a planificar. En la gestión de residuos, quedarse en el ring es perder tiempo; apostar por soluciones integrales es recuperar el futuro. Porque cuando la institucionalidad se empantana, la basura —y sus consecuencias— no se detienen.




Ambiente
Crucitas: el costo de la inacción
RESUMEN
Costa Rica enfrenta en Crucitas una prueba que expone el fracaso de prohibir en lugar de gobernar. La ausencia de un marco legal para una actividad que de todas formas ocurre permitió que el crimen organizado ocupara el territorio, destruyera los ecosistemas y convirtiera el oro en un motor financiero ilegal. La salida no está en más prohibiciones, sino en recuperar el control con seguridad jurídica, lineamientos ambientales estrictos y una formalización responsable que detenga el daño y rompa el vínculo entre minería ilegal y mafias regionales.
Costa Rica enfrenta en Crucitas una de sus contradicciones más dolorosas: en nombre de la protección ambiental elegimos un modelo que terminó destruyendo justamente aquello que buscábamos preservar. La prohibición absoluta de la minería formal —celebrada en su momento como una victoria moral— solo abrió la puerta a la anarquía, mientras quienes promovieron esa narrativa hoy guardan silencio frente al colapso ambiental que dejaron atrás.
El vacío institucional no detuvo la extracción; la dejó sin reglas.
Y en ese espacio crecieron redes que arrasan con los bosques, contaminan con mercurio y cianuro, destruyen suelos y ríos, y se llevan el oro sin dejar un solo beneficio para las comunidades. Pero lo más grave es que esa actividad ilegal se convirtió en un motor financiero del crimen organizado: narcotráfico, trata de personas y lavado de dinero florecen donde el Estado renunció a gobernar.
Crucitas ya no admite eufemismos ni parches. Recuperar el territorio no es un debate ideológico, es una urgencia nacional.
La única salida realista es establecer un marco jurídico y ambiental de primer nivel que permita una explotación responsable, regulada y supervisada. Solo formalizando la actividad podremos detener el desastre ecológico, cortar el flujo de recursos a las mafias y restituir soberanía en una zona que hoy pertenece, de facto, a quienes operan fuera de la ley.




Ambiente
El mito de la energía limpia en Costa Rica
RESUMEN
Costa Rica enfrenta una contradicción profunda entre la imagen verde que proyecta y la realidad energética que sostiene su economía. La dependencia del petróleo frena nuestro desarrollo, compromete recursos públicos y nos aleja de la soberanía que tanto proclamamos. La discusión urgente no es sobre defender el modelo actual, sino sobre modernizarlo: asumir nuevas tecnologías, diversificar la oferta y planificar un sistema capaz de acompañar el crecimiento del país. El reto no es ambiental; es estratégico. Y aplazarlo solo encarece el futuro.
Costa Rica lleva décadas vendiéndose al mundo como un país verde, pero nuestra matriz energética cuenta otra historia. Detrás del discurso ambiental sofisticado —y del marketing que tanto repetimos— se esconde un dato incómodo: el 65 % de toda la energía que consumimos proviene del petróleo.
La electricidad, que sí es mayoritariamente renovable, representa apenas un 35 %, una proporción que no alcanza para sostener la vida moderna ni para respaldar un crecimiento económico de apenas 3 % anual sin caer, una y otra vez, en combustibles fósiles.

La ironía es grande: mientras presumimos liderazgo ambiental, hemos gastado ₡408.000 millones en solo diez años importando energía o quemando diésel y búnker para suplir la demanda. Un país que se autoproclama ejemplo mundial no puede depender de prácticas que contradicen su propio relato. Pero eso es exactamente lo que hacemos. Y seguiremos haciéndolo si no rediseñamos nuestro sistema energético con la misma seriedad con la que se diseñan las campañas de imagen.

Porque el problema no es solo de narrativa; es de estructura. Represas y geotermia, por más valiosas que sean, no podrán sostener el consumo futuro. Y mantener el modelo actual nos condena a pagar más, contaminar más y depender más de fuentes externas. La soberanía energética no se logra con discursos inspiradores ni con fotos de bosques: se logra con decisiones tecnológicas audaces.
Eso implica una combinación de apuestas estratégicas: electrificar el 100 % de la flota liviana, usar gas natural local como solución de transición para el transporte pesado —más limpio y hasta cuatro veces más barato que el diésel— e incorporar tecnologías modernas como los Reactores Modulares Pequeños, capaces de ofrecer electricidad estable 24/7, segura y competitiva, algo que hoy no podemos garantizar.

La verdadera pregunta es si queremos seguir disfrutando del prestigio verde mientras nuestra realidad se deteriora, o si estamos listos para construir un modelo energético que realmente esté a la altura del país que decimos ser. Porque por más bonita que sea la narrativa, la energía no se genera con slogans.
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