Ambiente
Competencia y Sostenibilidad: ¿Un Conflicto o una Alianza Estratégica?
RESUMEN
No hay futuro competitivo sin sostenibilidad. En un mundo que exige acción climática y mercados responsables, Costa Rica tiene la oportunidad de ser pionera al integrar la sostenibilidad en su legislación de competencia. No se trata de flexibilizar principios, sino de actualizarlos con valentía e inteligencia. Si queremos seguir siendo ejemplo ambiental, también debemos innovar en cómo entendemos la colaboración entre empresas. Es momento de dejar de temerle al cambio y empezar a liderarlo.
Los próximos 234 días en Costa Rica estarán cargados de política y, a su debido momento, en esta columna hablaremos frecuentemente del tema. En este momento la política me tiene un poco cansado, y dada la cantidad de la misma que nos será embutida en los próximos meses, quiero dedicarme en algunas entregas a escribir sobre el único tema que todavía le causa emoción académica a mi abogado interno: el derecho de competencia.
¿Puede la sostenibilidad convivir con la libre competencia?
El derecho de competencia, tradicionalmente, ha tenido como objetivo central la protección del consumidor, garantizando mercados eficientes, precios competitivos y calidad en los productos y servicios ofrecidos. Sin embargo, en años recientes —y particularmente en la última década— hemos visto surgir un debate que incorpora un elemento adicional: la sostenibilidad.
La cuestión fundamental es cómo integrar objetivos ambientales en el análisis de competencia sin comprometer la esencia misma de esta disciplina jurídica.
Costa Rica, un país reconocido internacionalmente por sus compromisos ambientales y su liderazgo en sostenibilidad, no puede quedarse al margen de esta discusión. La relevancia del debate radica precisamente en la necesidad de armonizar nuestro modelo económico con nuestra identidad ambientalista, evitando caer en una falsa dicotomía entre desarrollo económico y protección ambiental.
Tendencias internacionales: ¿qué nos dice Europa?
A nivel global, especialmente en Europa, la sostenibilidad ha comenzado a permear el análisis antimonopolio. Autoridades como la Comisión Europea, y particularmente agencias de competencia en países como Países Bajos y Reino Unido, han empezado a flexibilizar criterios tradicionalmente rígidos cuando se trata de acuerdos entre empresas cuyo fin sea reducir el impacto ambiental. Estas autoridades consideran que, si bien tales acuerdos pueden implicar una cooperación entre competidores que en condiciones normales se sancionaría como anticompetitiva, el beneficio ambiental podría justificar su aprobación.
Por ejemplo, en Países Bajos, la Autoridad de Consumidores y Mercados (ACM) publicó en 2020 directrices específicas para acuerdos entre competidores destinados a promover la sostenibilidad, permitiendo colaboraciones entre empresas energéticas para reducir emisiones de CO₂, incluso si esto implica coordinar ciertos precios o inversiones conjuntas.
Asimismo, en el Reino Unido, la Autoridad de Competencia y Mercados (CMA) aprobó en 2021 un acuerdo entre supermercados para eliminar progresivamente productos agrícolas de baja sostenibilidad, reconociendo que los beneficios ambientales superaban claramente cualquier restricción en la competencia.
Estos casos evidencian una tendencia creciente hacia una visión más holística del bienestar social, donde el impacto ambiental se integra explícitamente en la evaluación de prácticas comerciales.
Una lógica nueva (y necesaria)
El razonamiento es sencillo, pero revolucionario: ciertos objetivos ambientales, como reducir emisiones contaminantes, reciclar materiales o fomentar prácticas agrícolas sostenibles, pueden requerir acuerdos entre competidores. Por ejemplo, una colaboración entre empresas para establecer estándares ambientales más estrictos que los mínimos regulatorios podría interpretarse como un acuerdo que eleva los costos y reduce la competencia en precios.
Sin embargo, bajo un enfoque amplio de bienestar social, los beneficios ambientales pueden superar cualquier perjuicio anticompetitivo.
Este nuevo enfoque no está exento de desafíos. En primer lugar, existe la dificultad práctica de medir y comparar beneficios ambientales frente a posibles efectos anticompetitivos. ¿Cómo se valoran correctamente las ganancias ambientales? ¿Qué metodologías se utilizarán para asegurar objetividad y transparencia?
En segundo lugar, está el riesgo de abuso: se podría usar este enfoque como justificación aparente para acuerdos que no tengan un impacto ambiental significativo y que simplemente encubran acuerdos restrictivos.
¿Qué puede hacer Costa Rica?
Para Costa Rica, el tema cobra especial relevancia en varios sectores clave de nuestra economía, como el turismo, agricultura, energía renovable y transporte. Por ejemplo, en el sector agrícola, acuerdos voluntarios entre competidores para adoptar prácticas sostenibles pueden incrementar costos iniciales, pero mejorar significativamente la reputación internacional del país como proveedor de productos sostenibles. En energía, acuerdos para desarrollar proyectos conjuntos de generación limpia podrían acelerar la transición energética, fundamental para cumplir con los objetivos climáticos nacionales e internacionales.
Sin embargo, es crucial que Costa Rica tome una posición proactiva en este debate, estableciendo claramente las reglas del juego. Nuestra autoridad de competencia, la Comisión para Promover la Competencia (COPROCOM), debería analizar estas tendencias internacionales y desarrollar lineamientos claros que permitan integrar criterios de sostenibilidad en su evaluación, siempre manteniendo altos estándares de transparencia y rigor analítico.
Países europeos han mostrado caminos claros para avanzar en esta dirección. El Reino Unido, por ejemplo, ha emitido guías detalladas que aclaran cuándo y cómo un acuerdo con fines ambientales puede estar exento de sanciones antitrust, estableciendo claramente las condiciones para evaluar estos acuerdos. La Comisión Europea ha promovido activamente consultas públicas y estudios para construir marcos analíticos robustos que garanticen que estas excepciones se usen adecuadamente.
Costa Rica puede aprender de estas experiencias para construir un marco sólido, innovador y creíble.
Nuestro país, con su marca basada en la sostenibilidad, podría incluso posicionarse como líder regional en este nuevo paradigma de integración entre política ambiental y competencia económica. Esto implicaría, por ejemplo, participar activamente en foros internacionales de competencia y sostenibilidad, mostrando al mundo cómo una economía pequeña, abierta y basada en recursos naturales puede alinear exitosamente estos objetivos.
Finalmente, la introducción de criterios de sostenibilidad en el análisis de competencia puede ayudar a reforzar la credibilidad del país en el cumplimiento de sus compromisos internacionales en materia climática. Esto podría traducirse en beneficios tangibles, como mayores inversiones internacionales en proyectos verdes, acceso a mercados que exigen estándares ambientales más altos, y financiamiento concesional ligado a logros ambientales.
En un mundo donde la urgencia climática redefine las reglas del desarrollo, Costa Rica no puede seguir aplicando un derecho de competencia del siglo XX a desafíos del siglo XXI. Integrar la sostenibilidad en el análisis antimonopolio no es una concesión ideológica, es una actualización estratégica.
Tenemos la credibilidad internacional, el marco ambiental y el capital reputacional para liderar esta transformación en la región. Pero para lograrlo, necesitamos que COPROCOM, los reguladores sectoriales y el propio sector productivo se atrevan a romper inercias, a innovar desde lo normativo y a construir una doctrina nacional que ponga a competir las ideas, sin castigar la colaboración responsable.
Es hora de pasar del discurso verde al enforcement verde. El momento de actuar es ahora.
Las opiniones expresadas en este artículo son responsabilidad del autor y no representan necesariamente la postura oficial de Primera Línea. Nuestro medio se caracteriza por ser independiente y valorar las diversas perspectivas, fomentando la pluralidad de ideas entre nuestros lectores.
Ambiente
El país discute mientras la basura avanza
RESUMEN
La basura avanza mientras las instituciones discuten. Resolver la crisis exige dejar atrás el pleito y adoptar un sistema moderno que reduzca residuos, impulse la economía circular y convierta la gestión de desechos en una política seria, no en una disputa interminable.
Costa Rica está atrapada en una discusión que no resuelve nada mientras la basura sigue acumulándose. El nuevo reglamento del Ministerio de Salud busca ordenar un sistema que hace años perdió rumbo, pero la respuesta inmediata fue un choque institucional que desvía la atención del problema central: los residuos crecen más rápido que nuestra capacidad para gestionarlos.
La Procuraduría defiende la urgencia de las normas; las municipalidades alegan falta de recursos y capacidad operativa. Ambas posiciones tienen elementos válidos, pero ninguna evita la realidad más evidente: la basura no espera.
Cada día que el país dedica a pelear por competencias en lugar de actuar, el costo ambiental, sanitario y financiero aumenta.
Superar este estancamiento exige más que un reglamento y más que voluntad política. Implica reconocer que Costa Rica necesita un modelo moderno de economía circular, alianzas público–privadas que permitan innovar, y tecnologías que vuelvan eficiente una tarea que hoy es cara, fragmentada e ineficaz.
Los países que han avanzado no lo hicieron discutiendo quién debe recoger la basura, sino construyendo sistemas que la reducen, la clasifican y la transforman.
La pregunta no es quién gana la disputa legal, sino quién asume el liderazgo para que el país deje de reaccionar y comience a planificar. En la gestión de residuos, quedarse en el ring es perder tiempo; apostar por soluciones integrales es recuperar el futuro. Porque cuando la institucionalidad se empantana, la basura —y sus consecuencias— no se detienen.




Ambiente
Crucitas: el costo de la inacción
RESUMEN
Costa Rica enfrenta en Crucitas una prueba que expone el fracaso de prohibir en lugar de gobernar. La ausencia de un marco legal para una actividad que de todas formas ocurre permitió que el crimen organizado ocupara el territorio, destruyera los ecosistemas y convirtiera el oro en un motor financiero ilegal. La salida no está en más prohibiciones, sino en recuperar el control con seguridad jurídica, lineamientos ambientales estrictos y una formalización responsable que detenga el daño y rompa el vínculo entre minería ilegal y mafias regionales.
Costa Rica enfrenta en Crucitas una de sus contradicciones más dolorosas: en nombre de la protección ambiental elegimos un modelo que terminó destruyendo justamente aquello que buscábamos preservar. La prohibición absoluta de la minería formal —celebrada en su momento como una victoria moral— solo abrió la puerta a la anarquía, mientras quienes promovieron esa narrativa hoy guardan silencio frente al colapso ambiental que dejaron atrás.
El vacío institucional no detuvo la extracción; la dejó sin reglas.
Y en ese espacio crecieron redes que arrasan con los bosques, contaminan con mercurio y cianuro, destruyen suelos y ríos, y se llevan el oro sin dejar un solo beneficio para las comunidades. Pero lo más grave es que esa actividad ilegal se convirtió en un motor financiero del crimen organizado: narcotráfico, trata de personas y lavado de dinero florecen donde el Estado renunció a gobernar.
Crucitas ya no admite eufemismos ni parches. Recuperar el territorio no es un debate ideológico, es una urgencia nacional.
La única salida realista es establecer un marco jurídico y ambiental de primer nivel que permita una explotación responsable, regulada y supervisada. Solo formalizando la actividad podremos detener el desastre ecológico, cortar el flujo de recursos a las mafias y restituir soberanía en una zona que hoy pertenece, de facto, a quienes operan fuera de la ley.




Ambiente
El mito de la energía limpia en Costa Rica
RESUMEN
Costa Rica enfrenta una contradicción profunda entre la imagen verde que proyecta y la realidad energética que sostiene su economía. La dependencia del petróleo frena nuestro desarrollo, compromete recursos públicos y nos aleja de la soberanía que tanto proclamamos. La discusión urgente no es sobre defender el modelo actual, sino sobre modernizarlo: asumir nuevas tecnologías, diversificar la oferta y planificar un sistema capaz de acompañar el crecimiento del país. El reto no es ambiental; es estratégico. Y aplazarlo solo encarece el futuro.
Costa Rica lleva décadas vendiéndose al mundo como un país verde, pero nuestra matriz energética cuenta otra historia. Detrás del discurso ambiental sofisticado —y del marketing que tanto repetimos— se esconde un dato incómodo: el 65 % de toda la energía que consumimos proviene del petróleo.
La electricidad, que sí es mayoritariamente renovable, representa apenas un 35 %, una proporción que no alcanza para sostener la vida moderna ni para respaldar un crecimiento económico de apenas 3 % anual sin caer, una y otra vez, en combustibles fósiles.

La ironía es grande: mientras presumimos liderazgo ambiental, hemos gastado ₡408.000 millones en solo diez años importando energía o quemando diésel y búnker para suplir la demanda. Un país que se autoproclama ejemplo mundial no puede depender de prácticas que contradicen su propio relato. Pero eso es exactamente lo que hacemos. Y seguiremos haciéndolo si no rediseñamos nuestro sistema energético con la misma seriedad con la que se diseñan las campañas de imagen.

Porque el problema no es solo de narrativa; es de estructura. Represas y geotermia, por más valiosas que sean, no podrán sostener el consumo futuro. Y mantener el modelo actual nos condena a pagar más, contaminar más y depender más de fuentes externas. La soberanía energética no se logra con discursos inspiradores ni con fotos de bosques: se logra con decisiones tecnológicas audaces.
Eso implica una combinación de apuestas estratégicas: electrificar el 100 % de la flota liviana, usar gas natural local como solución de transición para el transporte pesado —más limpio y hasta cuatro veces más barato que el diésel— e incorporar tecnologías modernas como los Reactores Modulares Pequeños, capaces de ofrecer electricidad estable 24/7, segura y competitiva, algo que hoy no podemos garantizar.

La verdadera pregunta es si queremos seguir disfrutando del prestigio verde mientras nuestra realidad se deteriora, o si estamos listos para construir un modelo energético que realmente esté a la altura del país que decimos ser. Porque por más bonita que sea la narrativa, la energía no se genera con slogans.
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