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Reforma constitucional y extradición: un símbolo y un llamado de atención

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Tiempo de lectura: 4 min

 

RESUMEN

La reforma que habilita la extradición de costarricenses revela tensiones entre soberanía y cooperación internacional, al evidenciar cómo la inmunidad informal erosiona la legitimidad del sistema penal.


Tras un prolongado proceso legislativo, el 20 de mayo de 2025 se reformó el artículo 32 de la Constitución Política de Costa Rica, permitiendo la extradición de costarricenses en casos de tráfico internacional de drogas o terrorismo. Esta reforma se inscribe en una tendencia regional iniciada por países como México (1996), Colombia (1997) y Brasil (2004), ante el desafío de la criminalidad del narcotráfico, cuyo carácter transnacional es innegable.

La extradición es una herramienta de cooperación jurídica internacional que permite que una persona requerida comparezca ante la justicia de otro Estado, ya sea para ser juzgada o para cumplir una pena previamente impuesta. No constituye un juicio de responsabilidad penal, sino un mecanismo para garantizar la comparecencia del imputado.

El caso Gamboa Sánchez y la inmunidad informal

En este contexto, la solicitud de extradición del exministro de Seguridad Pública, exdirector de la DIS y exmagistrado de la Corte Suprema, Gamboa Sánchez, por parte del Departamento de Justicia de Estados Unidos, ha tenido un notable impacto simbólico. Dicha solicitud surge de una investigación transnacional de la DEA, que culminó en una acusación formal ante la Corte del Distrito Este de Texas. El caso ha despertado un fuerte interés mediático y ha generado un juicio paralelo en la opinión pública.

Este episodio evidencia lo que en el ámbito penal se reconoce como “inmunidad informal”: una forma de protección de facto que ampara a personas vinculadas a estructuras de poder político, económico o redes de influencia, y que obstaculiza su investigación y enjuiciamiento penal. 

Esta inmunidad no se fundamenta en normas legales, sino en decisiones discrecionales que justifican la inacción mediante argumentos como la falta de recursos, dificultades probatorias o, simplemente, por omisión e indolencia institucional.

El resultado es la erosión del principio de legalidad, la desigualdad en la aplicación de la ley y la pérdida de legitimidad del sistema de justicia penal. 

Las personas beneficiadas por esta inmunidad informal quedan fuera del alcance de la persecución penal, lo cual configura una forma de corrupción por omisión y representa una grave distorsión del mandato legal de investigar y sancionar todas las conductas delictivas sin excepción.

La solicitud de extradición de Gamboa Sánchez pone en evidencia que, frente a la ineficacia del sistema penal costarricense en ciertos casos, una autoridad extranjera puede activar un mecanismo eficaz para evitar la impunidad. Si la solicitud es acogida, permitirá juzgarlo por delitos vinculados al narcotráfico internacional, parte de los cuales habrían ocurrido en Costa Rica.

Que Gamboa Sánchez sea el primer costarricense cuya extradición se solicita bajo la nueva reforma constitucional es altamente simbólico. Se trata de una figura pública de alto perfil, con amplia trayectoria en el aparato estatal, lo que refuerza el mensaje de que la inmunidad de facto no opera más allá de las fronteras nacionales. La detención con fines de extradición envía un mensaje contundente: para las autoridades estadounidenses no existen privilegios basados en el estatus político, económico o mediático.

Implicaciones para Costa Rica

Sin embargo, este caso también ha reforzado en la opinión pública la idea de que combatir a personas amparadas por la inmunidad informal ya no es tarea del sistema costarricense, sino de agencias extranjeras. Esta percepción es profundamente errónea y debe corregirse sin dilación. La existencia de mecanismos de cooperación internacional como la extradición no exime al Estado costarricense de su responsabilidad primaria: investigar y sancionar eficazmente los delitos cometidos en su territorio. 

Aceptar lo contrario implicaría una cesión tácita de soberanía, un reconocimiento de la incapacidad institucional para enfrentar la criminalidad organizada, la corrupción en la función pública y la delincuencia económica que suelen vincularse a redes de poder.

Si bien la extradición constituye una herramienta útil para evitar la impunidad en casos graves y complejos, no puede convertirse en el sustituto del accionar penal interno. 

El fenómeno de la inmunidad informal debe ser enfrentado desde el propio sistema judicial costarricense, con mayor capacidad investigativa y sin tolerancia a la selectividad ni a criterios discrecionales.

El caso Gamboa Sánchez debe servir, además, como un llamado urgente para revisar aquellos procesos en los que personas relacionadas con estructuras de poder han sido beneficiadas con inacción o dilación. Sólo investigaciones objetivas, guiadas por la legalidad y no por la conveniencia, podrán prevenir esa selectividad que hoy socava la legitimidad institucional.

Como enseñaba un recordado profesor y ex Fiscal General, la creatividad en la investigación penal es la mejor respuesta ante la escasez de recursos. 

Costa Rica dispone de fiscales capaces, tribunales independientes y laboratorios forenses de primer nivel. Con estas herramientas, el país tiene lo necesario para asumir con responsabilidad su deber de investigar, juzgar y sancionar los delitos cometidos dentro de sus fronteras. Esta es, sin duda, la primera línea de defensa contra la inmunidad informal y sus efectos corrosivos.

Conclusión: más allá de la extradición

La posibilidad de extraditar a nacionales por delitos de narcotráfico o terrorismo es un avance importante para combatir la impunidad. No obstante, su simbolismo debe ir acompañado de una autocrítica profunda al sistema penal costarricense, que permita eliminar espacios de inmunidad informal

Más allá del efecto mediático, este caso debe convertirse en una advertencia para los operadores del sistema de justicia: la persecución penal efectiva y objetiva sigue siendo una obligación indelegable.


Las opiniones expresadas en este artículo son responsabilidad del autor y no representan necesariamente la postura oficial de Primera Línea. Nuestro medio se caracteriza por ser independiente y valorar las diversas perspectivas, fomentando la pluralidad de ideas entre nuestros lectores.

Ewald Acuña Blanco es abogado, especialista en Ciencias Penales por la UCR, docente e investigador, ex juez, actualmente abogado litigante en materia penal.

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GAFI y criptomonedas: O nos movemos o nos sancionan

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RESUMEN

Si no resolvemos la recomendación del Grupo de Acción Financiera Internacional podríamos caer en una lista gris de países para los cuales el obtener crédito internacional es más difícil, los bancos extranjeros desconfían en interactuar y menos empresas querrán invertir en el país.


Costa Rica podría ver su reputación financiera afectada este año si no actuamos ya.

En 2024, el GAFI (Grupo de Acción Financiera Internacional) nos indicó que debíamos corregir el hueco en la regulación de las empresas que trabajan en criptoactivos, para evitar el lavado de dinero y financiamiento del crimen.

De no hacerlo, podemos caer en la lista gris, lo que implica una afectación tangible:

  • Los préstamos internacionales del país salen más caros. Bancos y organismos internacionales cobran más intereses porque ven al país como “riesgoso”.
  • Los bancos extranjeros desconfían. A los bancos de Costa Rica les cuesta más trabajar con bancos de afuera, o algunos simplemente cortan la relación.
  • Enviar y recibir plata se vuelve lento y caro. Transferencias internacionales tardan más, cuestan más y a veces se bloquean “para revisión”.
  • Menos empresas quieren invertir aquí. Los inversionistas prefieren países donde mover dinero y operar es más sencillo y predecible.
  • Los exportadores y empresas formales son los más golpeados. Cobrar desde el exterior se complica, se atrasa el flujo de caja y se pierden negocios.

El GAFI nos vuelve a evaluar este año y, si no corregimos a tiempo, vamos a sufrir el impacto de caer en esa lista gris.

El expediente 22.837 era un intento para resolver esta situación, sin embargo, por diversas razones, a pesar de tener apoyo en el actual Congreso, quedó en el congelador y no se avanzó.

Este tema no se trata de que nos gusten o no las criptomonedas y los activos digitales. Ya existen empresas que trabajan en el intercambio, custodia y transferencia de criptomonedas y criptoactivos, por ende, deben estar registradas, vigiladas y con obligaciones claras contra lavado de dinero.

A nadie se le obliga a usar las criptomonedas ni se “legalizan” como monedas. Pero sí se evita que la falta de regulación nos genere problemas.

Se requiere un proyecto de ley similar (o el mismo 22.837 pero corregido) para reducir significativamente el riesgo de caer en la lista gris y así:

  • Definir qué es un activo virtual.
  • Definir quién es un proveedor de servicios.
  • Someterlos a registro.
  • Imponerles obligaciones de AML/CFT (Anti-Lavado de Dinero y Contra el Financiamiento del Terrorismo).
  • Permitir la supervisión basada en riesgo.

Aunque este tema suene como algo sumamente técnico, necesitamos adelantarnos a este riesgo, porque podría traer afectaciones reales en las vidas de todos los costarricenses.


Las opiniones expresadas en este artículo son responsabilidad del autor y no representan necesariamente la postura oficial de Primera Línea. Nuestro medio se caracteriza por ser independiente y valorar las diversas perspectivas, fomentando la pluralidad de ideas entre nuestros lectores.

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El país que decide no escuchar

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RESUMEN

La licitación propuesta abre la puerta a que pocas voces controlen la conversación pública, debilitando el acceso a información independiente. Para quienes dependen de la radio y la televisión abiertas —porque no tienen internet o viven en zonas rurales— esta concentración implica menos pluralidad y más silencios impuestos. Lo que está en juego es, al final, el derecho del país a escuchar y ser escuchado.


En Costa Rica, la radio y la televisión abiertas no son un lujo ni un accesorio: son un pilar constitucional para garantizar la libertad de expresión y el derecho a la información. Así lo ha dicho la Sala Constitucional en repetidas ocasiones y es reconocido internacionalmente. Son medios gratuitos, accesibles e inmediatos. No dependen del precio del internet, de algoritmos ni de plataformas privadas. 

Para miles de personas —especialmente en zonas rurales o en condición de vulnerabilidad— estos son los únicos medios disponibles, porque no pueden pagar conexión a internet o porque su calidad es insuficiente. Por eso, la radio y la televisión abiertas siguen siendo fundamentales para sostener una ciudadanía informada.

Pero el país está a punto de dar un paso en falso.

Y uno grande.

Una licitación que nace excluyendo

El MICITT decidió abrir una licitación solo para radioemisoras comerciales, dejando por fuera a las radios culturales, pese a que la propia Ley de Radio establece ambas figuras. ¿La razón? No fueron incluidas en el Plan Nacional de Telecomunicaciones, una política pública que las ignoró por completo. 

Ese simple detalle tiene consecuencias profundas: significa renunciar a espacios esenciales para voces comunitarias, culturales, educativas y hasta religiosas. Radios que históricamente han dado contenido que los grandes consorcios no producen.

Excluirlas no solo contradice la política pública; violenta la obligación del Estado de promover pluralidad y diversidad en los medios. ¿Cómo se garantiza la libertad de expresión si se reduce deliberadamente la variedad de emisoras posibles?

El segundo problema es más crudo: los precios fijados para acceder al espectro son tan altos que varios operadores han anunciado que simplemente no van a participar. 

Y si los pequeños salen, ¿quién queda? Los grandes. Los que pueden pagar.

El resultado es una licitación que no promueve competencia, sino concentración. Y en radio y televisión, la concentración no se mide por cantidad de usuarios —porque es un servicio abierto—, sino por quién controla la pauta publicitaria. Si el mercado queda reducido a pocos jugadores, el acceso a la información también se reduce, aunque nadie cambie de estación.

A esto se suman requisitos técnicos innecesarios que encarecen aún más el despliegue de las redes. No es solo pagar por la frecuencia: es costear una infraestructura sobredimensionada, que los grandes grupos pueden absorber… pero que operadores culturales, comunitarios o religiosos no podrán afrontar.

La Iglesia Católica ya advirtió que Radio Fides no participará. No es un caso aislado: es la señal de que este proceso podría apagar emisoras con décadas de aporte social.

Un país sin pluralidad pierde su voz

Si la licitación avanza tal como está diseñada, Costa Rica corre el riesgo de entregar un recurso público —el espectro radioeléctrico— a un grupo muy limitado de actores. No porque tengan mejores proyectos, sino porque son los únicos que pueden pagar el precio de entrada.

Y un país donde las voces pequeñas desaparecen termina escuchando solo un eco.

Costa Rica necesita una política de radio y televisión plural, diversa y realista, que respete la Constitución y promueva la competencia. No una puerta que se abre solo a quienes pueden costearla.

Porque cuando el Estado diseña procesos que expulsan a los pequeños, limita la libertad de todos. Y para quienes solo pueden informarse a través de medios abiertos y gratuitos, ese silencio impuesto no es solo una injusticia: es una forma de exclusión.

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Pongámonos Serios con Erick Gatgens: Recuperar la Justicia y el Poder Judicial

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RESUMEN

Un país no puede aspirar a seguridad ni a estabilidad si su sistema de justicia opera con reglas obsoletas e incentivos que premian la ineficiencia. La solución no está en castigos más duros, sino en modernizar procesos, depurar la gestión y recuperar la capacidad técnica que sostiene la credibilidad institucional. Sin una justicia ágil y coherente, cualquier reforma será apenas un parche.


En Costa Rica nos hemos acostumbrado a reaccionar a punta de titulares: un detenido que vuelve a salir, un caso que se cae, un juicio que nunca llega. La respuesta automática suele ser la misma: pedir más cárcel, más prisión preventiva, más castigo. Pero detrás de esa reacción simple hay un problema mucho más profundo: la ciudadanía esá harta de un sistema de justicia que ya no está cumpliendo su función básica.

En Pongámonos Serios, el penalista Erick Gatgens puso el dedo en la llaga: la justicia no está colapsando solo por “fiscales blandos” o “jueces garantistas”, sino por un engranaje institucional lento, mal diseñado y mal administrado. Códigos llenos de parches, procesos eternos, métricas que premian la cantidad y no la relevancia de los casos, pérdida de talento dentro del Poder Judicial y una cúpula más ocupada en administrar que en impartir justicia. Todo eso junto produce lo que hoy sentimos en carne propia: desconfianza, impunidad y miedo.

La trampa es creer que el problema se resuelve construyendo una megacárcel o endureciendo leyes a golpe de populismo punitivo. Gatgens lo deja claro: si el proceso sigue siendo ineficaz, ninguna reforma cosmética va a cambiar el fondo. Sin un rediseño serio del sistema penal y procesal, sin mejores criterios para medir el trabajo de fiscales y jueces, sin fortalecer la investigación y sin separar de una vez la función jurisdiccional de la administración interna, lo único que haremos es maquillar el desastre.

Ahí es donde entra el papel de la ciudadanía. Mientras sigamos discutiendo justicia en clave de chisme político o simple sed de castigo, la oferta política seguirá siendo mediocre y las reformas de fondo nunca llegarán. Nuestro trabajo —y el compromiso que renovamos con voces como la de Erick Gatgens— es otro: traducir la complejidad en claridad, elevar la exigencia ciudadana y convertir la frustración en presión informada para cambiar las reglas del juego.

Porque la frase que quedó flotando al final del episodio no es retórica: si la justicia está mal, está mal todo lo demás. Sin un sistema que investigue, juzgue y sancione con sentido, no hay democracia sólida, ni seguridad posible, ni esperanza creíble. Y justamente por eso, en Pongámonos Serios no queremos solo hablar de justicia: queremos contribuir a que, de una vez por todas, empiece a funcionar.

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