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Legal

Garras y cláusulas: enredos legales, herencias y mascotas

Karen Castro

Publicado

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Tiempo de lectura: 3 min

 

RESUMEN

Con el tiempo, las mascotas han pasado a ser consideradas miembros de la familia. Sin embargo, la legislación costarricense las considera “cosas”, lo que plantea problemas legales sobre su herencia y cuidado futuro.

Para nadie es un secreto que, con el pasar de los años, los animales domésticos han pasado de tener roles productivos o funcionales a ser miembros de nuestras familias. Tan es así que la revista Forbes publicó en enero de este año que el 97% de los dueños de mascotas las consideran parte de su familia. Más aún, algunos ya les llaman “perrijos” y “gatijos” y los conservan a su lado como su única compañía o soporte emocional.

No nos debe sorprender, entonces, que este cambio cultural haya conllevado a que muchos de los dueños quieran realizar previsiones para sus mascotas en caso de que ellos fallezcan, asegurándose de que no serán abandonadas o de que no les faltará nada.

¿Cómo considera nuestra legislación a las mascotas?

En ordenamientos jurídicos como el español, los animales domésticos son considerados como “seres vivos dotados de sensibilidad”.

En cambio, nuestra legislación hace una clara distinción entre los animales que producen (como el ganado, por ejemplo), que se consideran parte del patrimonio y tienen un valor o se les puede asignar un valor económico, y aquellos que viven con nosotros o son domésticos. En el caso de estos últimos, los considera como cosas y les aplica las reglas que rigen otras cosas.

Es claro, en este sentido, que la legislación costarricense no estaba lista para el apego y la relación que desarrollaríamos con estos seres. Pero, entonces, si las mascotas son cosas, ¿cómo podemos proveer para ellas cuando lleguemos a faltar? De igual manera, si son cosas, ¿pueden ser nuestras mascotas herederos o legatarios?

En un sentido amplio, cabe aclarar que los herederos son quienes reciben la generalidad de los bienes de una persona o causante, mediante testamento o por ley, mientras que el legatario es una persona que recibe una o varias cosas en un testamento.

En línea con lo anterior, y de acuerdo con nuestra legislación, la respuesta a la pregunta es negativa, ya que para recibir herencia o legado se debe ser persona y no cosa. Es así como, los enredos familiares relacionados con mascotas que se vuelven millonarias con la muerte de sus amos, están reservadas para otros países con sistemas distintos para disponer de los bienes.

¿Podemos heredar o legar nuestras mascotas?

En principio, la legislación establece que en su calidad de “cosas”, su transmisión –esto es, la manera en la que cambian de dueño– es la misma que aplica para todas las cosas. En este sentido, podríamos decir que las mascotas sí se pueden mencionar de manera específica dentro de la herencia o legado.

Ahora bien, el miedo de la mayoría de los dueños de mascotas es poder controlar o, por lo menos, disponer que estos miembros de la familia no solo NO sean dejados a su suerte, sino que, adicionalmente, mantengan el estilo de vida que tenían mientras estaban con nosotros (veterinario, spa, escuelita y otros). De allí la siguiente interrogante…

¿Podemos obligar a nuestros herederos o legatarios a cuidar de nuestras mascotas?

Esta parte es la más debatible y, por el momento, no hay muchas referencias en nuestro sistema jurídico. Si bien es cierto, la legislación establece que cuando dejamos una cosa de manera gratuita, como lo es la herencia o el legado, podemos poner condiciones por un máximo de diez años a quien la recibe. También es cierto que, puestas las condiciones, el heredero o legatario puede rechazar la herencia o el legado con tal de no recibirlo y verse obligado a cumplir con las disposiciones. En este caso, será el albacea o administrador la persona responsable de velar que las condiciones se cumplan, con lo que nos garantizamos así el bienestar de nuestras mascotas.

En definitiva, el mejor recurso que tenemos los amantes de los animales y de nuestras mascotas es hablar con nuestros familiares y amigos; revisar quién está en capacidad y disposición de quedarse con nuestra mascota si llegáramos a faltar, y realizar las provisiones correspondientes con nuestro asesor legal, de tal manera que se evite cualquier malentendido.


Las opiniones expresadas en este artículo son responsabilidad del autor y no representan necesariamente la postura oficial de Primera Línea. Nuestro medio se caracteriza por ser independiente y valorar las diversas perspectivas, fomentando la pluralidad de ideas entre nuestros lectores.

Licenciada en Derecho con graduación de honor de la Universidad de Costa Rica. Cuenta con una Maestría en Derecho Internacional de la Empresa. Se ha desempeñado tanto como abogada in-house como en firmas regionales de Derecho Corporativo. Durante sus años de experiencia, ha estado a cargo del desarrollo e implementación de programas de cumplimiento y de departamentos legales, desarrollo de negocios y negociaciones de contratos y estructuras complejas, tanto de asesora como parte interesada. Esta combinación de enfoques le ha permitido mejorar su perspectiva y la calidad de servicio prestado a las empresas, pues ha entendido plenamente las necesidades de los distintos departamentos y la complejidad de cada negocio. Labora para nuestra firma desde el año 2022.

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Legal

GAFI y criptomonedas: O nos movemos o nos sancionan

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Tiempo de lectura: 2 min

 

RESUMEN

Si no resolvemos la recomendación del Grupo de Acción Financiera Internacional podríamos caer en una lista gris de países para los cuales el obtener crédito internacional es más difícil, los bancos extranjeros desconfían en interactuar y menos empresas querrán invertir en el país.


Costa Rica podría ver su reputación financiera afectada este año si no actuamos ya.

En 2024, el GAFI (Grupo de Acción Financiera Internacional) nos indicó que debíamos corregir el hueco en la regulación de las empresas que trabajan en criptoactivos, para evitar el lavado de dinero y financiamiento del crimen.

De no hacerlo, podemos caer en la lista gris, lo que implica una afectación tangible:

  • Los préstamos internacionales del país salen más caros. Bancos y organismos internacionales cobran más intereses porque ven al país como “riesgoso”.
  • Los bancos extranjeros desconfían. A los bancos de Costa Rica les cuesta más trabajar con bancos de afuera, o algunos simplemente cortan la relación.
  • Enviar y recibir plata se vuelve lento y caro. Transferencias internacionales tardan más, cuestan más y a veces se bloquean “para revisión”.
  • Menos empresas quieren invertir aquí. Los inversionistas prefieren países donde mover dinero y operar es más sencillo y predecible.
  • Los exportadores y empresas formales son los más golpeados. Cobrar desde el exterior se complica, se atrasa el flujo de caja y se pierden negocios.

El GAFI nos vuelve a evaluar este año y, si no corregimos a tiempo, vamos a sufrir el impacto de caer en esa lista gris.

El expediente 22.837 era un intento para resolver esta situación, sin embargo, por diversas razones, a pesar de tener apoyo en el actual Congreso, quedó en el congelador y no se avanzó.

Este tema no se trata de que nos gusten o no las criptomonedas y los activos digitales. Ya existen empresas que trabajan en el intercambio, custodia y transferencia de criptomonedas y criptoactivos, por ende, deben estar registradas, vigiladas y con obligaciones claras contra lavado de dinero.

A nadie se le obliga a usar las criptomonedas ni se “legalizan” como monedas. Pero sí se evita que la falta de regulación nos genere problemas.

Se requiere un proyecto de ley similar (o el mismo 22.837 pero corregido) para reducir significativamente el riesgo de caer en la lista gris y así:

  • Definir qué es un activo virtual.
  • Definir quién es un proveedor de servicios.
  • Someterlos a registro.
  • Imponerles obligaciones de AML/CFT (Anti-Lavado de Dinero y Contra el Financiamiento del Terrorismo).
  • Permitir la supervisión basada en riesgo.

Aunque este tema suene como algo sumamente técnico, necesitamos adelantarnos a este riesgo, porque podría traer afectaciones reales en las vidas de todos los costarricenses.


Las opiniones expresadas en este artículo son responsabilidad del autor y no representan necesariamente la postura oficial de Primera Línea. Nuestro medio se caracteriza por ser independiente y valorar las diversas perspectivas, fomentando la pluralidad de ideas entre nuestros lectores.

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El país que decide no escuchar

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Tiempo de lectura: 3 min

 

RESUMEN

La licitación propuesta abre la puerta a que pocas voces controlen la conversación pública, debilitando el acceso a información independiente. Para quienes dependen de la radio y la televisión abiertas —porque no tienen internet o viven en zonas rurales— esta concentración implica menos pluralidad y más silencios impuestos. Lo que está en juego es, al final, el derecho del país a escuchar y ser escuchado.


En Costa Rica, la radio y la televisión abiertas no son un lujo ni un accesorio: son un pilar constitucional para garantizar la libertad de expresión y el derecho a la información. Así lo ha dicho la Sala Constitucional en repetidas ocasiones y es reconocido internacionalmente. Son medios gratuitos, accesibles e inmediatos. No dependen del precio del internet, de algoritmos ni de plataformas privadas. 

Para miles de personas —especialmente en zonas rurales o en condición de vulnerabilidad— estos son los únicos medios disponibles, porque no pueden pagar conexión a internet o porque su calidad es insuficiente. Por eso, la radio y la televisión abiertas siguen siendo fundamentales para sostener una ciudadanía informada.

Pero el país está a punto de dar un paso en falso.

Y uno grande.

Una licitación que nace excluyendo

El MICITT decidió abrir una licitación solo para radioemisoras comerciales, dejando por fuera a las radios culturales, pese a que la propia Ley de Radio establece ambas figuras. ¿La razón? No fueron incluidas en el Plan Nacional de Telecomunicaciones, una política pública que las ignoró por completo. 

Ese simple detalle tiene consecuencias profundas: significa renunciar a espacios esenciales para voces comunitarias, culturales, educativas y hasta religiosas. Radios que históricamente han dado contenido que los grandes consorcios no producen.

Excluirlas no solo contradice la política pública; violenta la obligación del Estado de promover pluralidad y diversidad en los medios. ¿Cómo se garantiza la libertad de expresión si se reduce deliberadamente la variedad de emisoras posibles?

El segundo problema es más crudo: los precios fijados para acceder al espectro son tan altos que varios operadores han anunciado que simplemente no van a participar. 

Y si los pequeños salen, ¿quién queda? Los grandes. Los que pueden pagar.

El resultado es una licitación que no promueve competencia, sino concentración. Y en radio y televisión, la concentración no se mide por cantidad de usuarios —porque es un servicio abierto—, sino por quién controla la pauta publicitaria. Si el mercado queda reducido a pocos jugadores, el acceso a la información también se reduce, aunque nadie cambie de estación.

A esto se suman requisitos técnicos innecesarios que encarecen aún más el despliegue de las redes. No es solo pagar por la frecuencia: es costear una infraestructura sobredimensionada, que los grandes grupos pueden absorber… pero que operadores culturales, comunitarios o religiosos no podrán afrontar.

La Iglesia Católica ya advirtió que Radio Fides no participará. No es un caso aislado: es la señal de que este proceso podría apagar emisoras con décadas de aporte social.

Un país sin pluralidad pierde su voz

Si la licitación avanza tal como está diseñada, Costa Rica corre el riesgo de entregar un recurso público —el espectro radioeléctrico— a un grupo muy limitado de actores. No porque tengan mejores proyectos, sino porque son los únicos que pueden pagar el precio de entrada.

Y un país donde las voces pequeñas desaparecen termina escuchando solo un eco.

Costa Rica necesita una política de radio y televisión plural, diversa y realista, que respete la Constitución y promueva la competencia. No una puerta que se abre solo a quienes pueden costearla.

Porque cuando el Estado diseña procesos que expulsan a los pequeños, limita la libertad de todos. Y para quienes solo pueden informarse a través de medios abiertos y gratuitos, ese silencio impuesto no es solo una injusticia: es una forma de exclusión.

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Pongámonos Serios con Erick Gatgens: Recuperar la Justicia y el Poder Judicial

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RESUMEN

Un país no puede aspirar a seguridad ni a estabilidad si su sistema de justicia opera con reglas obsoletas e incentivos que premian la ineficiencia. La solución no está en castigos más duros, sino en modernizar procesos, depurar la gestión y recuperar la capacidad técnica que sostiene la credibilidad institucional. Sin una justicia ágil y coherente, cualquier reforma será apenas un parche.


En Costa Rica nos hemos acostumbrado a reaccionar a punta de titulares: un detenido que vuelve a salir, un caso que se cae, un juicio que nunca llega. La respuesta automática suele ser la misma: pedir más cárcel, más prisión preventiva, más castigo. Pero detrás de esa reacción simple hay un problema mucho más profundo: la ciudadanía esá harta de un sistema de justicia que ya no está cumpliendo su función básica.

En Pongámonos Serios, el penalista Erick Gatgens puso el dedo en la llaga: la justicia no está colapsando solo por “fiscales blandos” o “jueces garantistas”, sino por un engranaje institucional lento, mal diseñado y mal administrado. Códigos llenos de parches, procesos eternos, métricas que premian la cantidad y no la relevancia de los casos, pérdida de talento dentro del Poder Judicial y una cúpula más ocupada en administrar que en impartir justicia. Todo eso junto produce lo que hoy sentimos en carne propia: desconfianza, impunidad y miedo.

La trampa es creer que el problema se resuelve construyendo una megacárcel o endureciendo leyes a golpe de populismo punitivo. Gatgens lo deja claro: si el proceso sigue siendo ineficaz, ninguna reforma cosmética va a cambiar el fondo. Sin un rediseño serio del sistema penal y procesal, sin mejores criterios para medir el trabajo de fiscales y jueces, sin fortalecer la investigación y sin separar de una vez la función jurisdiccional de la administración interna, lo único que haremos es maquillar el desastre.

Ahí es donde entra el papel de la ciudadanía. Mientras sigamos discutiendo justicia en clave de chisme político o simple sed de castigo, la oferta política seguirá siendo mediocre y las reformas de fondo nunca llegarán. Nuestro trabajo —y el compromiso que renovamos con voces como la de Erick Gatgens— es otro: traducir la complejidad en claridad, elevar la exigencia ciudadana y convertir la frustración en presión informada para cambiar las reglas del juego.

Porque la frase que quedó flotando al final del episodio no es retórica: si la justicia está mal, está mal todo lo demás. Sin un sistema que investigue, juzgue y sancione con sentido, no hay democracia sólida, ni seguridad posible, ni esperanza creíble. Y justamente por eso, en Pongámonos Serios no queremos solo hablar de justicia: queremos contribuir a que, de una vez por todas, empiece a funcionar.

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