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Política

¿Páguele a la CAJA?

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Tiempo de lectura: 5 min

 

RESUMEN

La seguridad social fue concebida para proteger a quienes más lo necesitan, no para reforzar desigualdades dentro del sistema. Hoy, sin controles ni límites, una pequeña élite —los empleados de la CCSS— concentra beneficios que el resto de los trabajadores termina pagando, sin siquiera recibir servicios de calidad a cambio. Señalarlo no es atacar la institución, es defender su propósito original.


La Nación publicó recientemente un artículo que debería haber sacudido la conciencia del país. A mi en lo personal me hizo recordar a un José María Villalta desgalillado mientras gritaba: ¡Páguele a la Caja! (claramente con sarcasmo).

En este artículo se señala que los empleados de la Caja Costarricense de Seguro Social (CCSS), siendo apenas el 3% de los trabajadores de Costa Rica, consumen cerca del 30% de todos los recursos que el Seguro de Salud destina a subsidios por incapacidades y licencias. No, no leyó mal: treinta por ciento.

Ese dato, lejos de ser una anécdota estadística, desnuda una distorsión estructural en el uso de los recursos de la seguridad social y abre una discusión que ya no podemos seguir posponiendo: ¿estamos permitiendo que una minoría privilegiada drene recursos diseñados para proteger a toda la población trabajadora?

El problema de fondo no es la Caja. Es en lo que hemos permitido que se convierta.

La CCSS es —y debe seguir siéndolo como idea (no como institución)— una fuente de orgullo para el país. Su modelo de salud solidario y universal nos ha colocado en estándares de esperanza de vida y cobertura que superan a la mayoría de países de ingreso medio e incluso a varios de la OCDE. Pero, como toda gran obra pública, la Caja no es inmune a las distorsiones internas, a los incentivos perversos ni a la lógica corporativista que ha ido colonizando su gobernanza.

El dato revelado por La Nación es contundente: en 2024, la Caja desembolsó más de ¢135 mil millones en subsidios por incapacidades y maternidad. De ese total, más de ¢38 mil millones se destinaron únicamente a su propio personal. 

¿Cómo explicar que un pequeño grupo de funcionarios absorba una tercera parte de un beneficio que debería proteger a todos los trabajadores del país?

La respuesta no está en una mayor propensión biológica a enfermarse. Está en un diseño institucional que recompensa la ausencia con el 100% del salario, a diferencia del resto de trabajadores, quienes reciben un 60% del salario desde el cuarto día de incapacidad y muchas veces deben asumir el resto con sus propios ahorros.

En otras palabras: mientras un trabajador del sector privado debe asumir el riesgo de su enfermedad con menos del ingreso completo, un funcionario de la Caja recibe el 100%, y muchas veces sin que nadie cuestione la frecuencia o duración de sus ausencias. 

¿Y quién paga la diferencia? Usted y yo. Todos los que cotizamos, sin excepción.

Incentivos perversos y subsidios cruzados: el corazón de la distorsión

El problema no es solo de justicia comparativa. Es fiscal. Es actuarial. Es ético.

Cuando una institución decide, por norma interna, complementar el subsidio del Seguro de Salud para que sus propios empleados reciban el salario completo durante una incapacidad, está usando recursos colectivos para reforzar beneficios particulares. 

Y no estamos hablando de un grupo en situación de vulnerabilidad. Hablamos de profesionales de alta calificación, con estabilidad laboral y acceso a esquemas de retiro que el resto del país ni sueña.

Este sistema genera incentivos perversos. Según la misma Caja, sus funcionarios presentan en promedio 2,25 licencias por enfermedad al año, comparado con un promedio nacional de 0,3. Siete veces más. 

¿Puede explicarse solo por la naturaleza del trabajo en salud? En parte, sí. Pero no es casual que los mayores picos de incapacidades históricamente coincidan con eventos como mundiales de fútbol o fines de año. Hay un patrón.

Y aquí entra la dimensión más delicada: el subsidio cruzado. El 60% del salario durante una incapacidad lo cubre el Seguro de Salud, con fondos provenientes de todas las cuotas obrero-patronales del país. El otro 40% lo paga la CCSS como patrono, con su presupuesto institucional. Pero ese presupuesto, a su vez, también proviene de las mismas cargas sociales. 

En la práctica, los fondos que deberían destinarse a mejorar servicios, reducir listas de espera o ampliar la infraestructura médica, se desvían para sostener licencias laborales de quienes ya tienen condiciones excepcionales.

Esto no es sostenible. Y lo que es peor: es profundamente injusto.

¿Por qué importa esto?

Porque mientras tanto, en el EBAIS de su barrio, falta personal. Porque los hospitales no dan abasto. Porque los patronos del sector privado enfrentan cargas sociales entre las más altas del mundo, mientras se preguntan por qué sus trabajadores no reciben el mismo trato cuando se incapacitan. 

Porque cada colón mal asignado es un paciente sin atención, una operación postergada, una oportunidad perdida.

Estamos ante un caso de libro de lo que se llama “captura institucional”: cuando los intereses particulares de quienes administran o integran una institución terminan primando sobre el propósito para el que esa institución fue creada. Y si bien la Caja tiene una legitimidad social difícil de igualar, esa legitimidad se erosiona cuando el sistema empieza a ser percibido como injusto o desequilibrado.

¿Y ahora qué?

La solución no es desmantelar la CCSS. Es reformarla con valor, con datos, con visión. 

No podemos permitir que, por temor a un conflicto político, se perpetúe una estructura de incentivos que premia la ausencia, penaliza la productividad y sobrecarga al sector formal del país.

Estas son algunas propuestas concretas:

  1. Reformar el esquema de subsidios por incapacidad dentro de la CCSS. El pago del 100% del salario durante ausencias laborales debe revisarse. Podría establecerse un esquema escalonado: 100% durante los primeros 3 días (cuando el seguro aún no cubre), y a partir de ahí, el mismo 60% que rige para el resto del país, salvo en casos excepcionales justificados por comité médico externo.
  2. Transparencia absoluta en el uso de incapacidades. La Caja debería publicar periódicamente estadísticas desagregadas sobre el uso de licencias por unidad, por causa, por temporalidad, y establecer mecanismos externos de control que garanticen el uso responsable del subsidio.
  3. Evaluar la viabilidad de trasladar los beneficios especiales, como el Fondo de Retiro de Empleados (FRE) al régimen general de pensiones complementarias. No es razonable que la misma institución que administra el IVM mantenga un fondo exclusivo para su personal, con cargo a las cotizaciones generales.
  4. Asegurar que los recursos del seguro de salud se usen exclusivamente para la atención de pacientes y no para financiar beneficios laborales internos. Esto implica una separación estricta de cuentas y una revisión de los mecanismos de subsidio cruzado.
  5. Iniciar un diálogo nacional sobre el rediseño del contrato social alrededor de la CCSS. No se trata de privatizar. Se trata de modernizar, de volver al espíritu original de la seguridad social: proteger al más vulnerable, no blindar privilegios.

El riesgo de no actuar

El modelo de seguridad social costarricense es un activo estratégico del país. Pero ninguna institución, por noble que sea su origen, sobrevive a largo plazo si no es capaz de corregirse. 

La inercia nos está llevando a una situación en la que la solidaridad corre el riesgo de convertirse en subsidio regresivo: donde el que menos tiene termina pagando para sostener al que más recibe.

El primer paso para sanar un sistema no es inyectarle más recursos, sino cerrar las heridas por donde se desangra. Y cuando el privilegio se disfraza de derecho, la justicia social se convierte en ficción.

Hablemos claro: proteger el corazón de la Caja exige extirpar los tumores que la están debilitando desde adentro. 

Si no lo hacemos, el día que queramos defenderla —con razón—, descubriremos que muchos ya no creen en ella. Y no por culpa de sus enemigos, sino por culpa de sus excesos.


Las opiniones expresadas en este artículo son responsabilidad del autor y no representan necesariamente la postura oficial de Primera Línea. Nuestro medio se caracteriza por ser independiente y valorar las diversas perspectivas, fomentando la pluralidad de ideas entre nuestros lectores.

Jorge Dengo Rosabal, Ex-Diputado. Abogado por la Universidad Escuela Libre de Derecho, MBA con énfasis en finanzas y mercadeo por la Universidad Latina, Máster en Derecho la Competencia por la Universidad de Melbourne, Australia; Experto en Derecho de Competencia por la Universidad Carlos III, España y especialista en análisis de políticas públicas por London School of Economics

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Política

Tercerizar no es el problema. Gobernar mal sí.

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RESUMEN

El país enfrenta una decisión más profunda que un caso puntual: o profesionaliza su capacidad de contratar servicios complejos, o seguirá atrapado entre escándalos cíclicos y servicios insuficientes. La discusión no debería girar alrededor de ideologías, sino alrededor de estándares. Cuando el Estado no desarrolla inteligencia contractual, deja espacio para la captura, el sobrecosto y la desconfianza. La solución no está en retroceder herramientas, sino en elevar la exigencia institucional.


Costa Rica tiene una manía peligrosa: cuando un instrumento de política pública se contamina por una contratación fallida, la reacción inmediata es declarar “muerto” el instrumento. Se condena la figura, no el proceso. Se dispara contra el martillo, no contra la mano que lo sostuvo.

El caso “barrenador”, con todo el ruido, la indignación y los titulares, está siendo usado así: como prueba automática de que la tercerización de EBAIS es mala, que “lo privado” es sinónimo de abuso y que el único camino “seguro” es volver a concentrar toda la operación en gestión directa. Esa lectura es emocional. Y, peor aún, es un mal diagnóstico.

Porque lo que el caso realmente desnuda no es un pecado original de la tercerización. Lo que desnuda es algo mucho más incómodo: la CCSS, en su rol de compradora pública, ha venido operando con debilidades estructurales para diseñar, licitar, evaluar, adjudicar y supervisar contratos complejos de servicios de salud. 

Y si uno no sabe comprar, no sabe gobernar. 

Y aun así, hay quienes proponen que administre un banco estatal…

No confundamos la discusión: modelo vs. gobernanza

La política pública no se evalúa por anécdotas. Se evalúa por resultados y capacidad institucional.

Tercerizar EBAIS no es “privatizar la salud”. Es un mecanismo de provisión dentro de un sistema público universal, donde el Estado mantiene rectoría, financiamiento y supervisión

Es, en esencia, una forma de administrar capacidad instalada y continuidad operativa cuando la institución no puede —o no logra, evidentemente— expandirse con la velocidad, flexibilidad y eficiencia que la demanda exige.

El problema aparece cuando ese mecanismo se ejecuta sin una arquitectura de control robusta: sin estudios de razonabilidad de precio que resistan auditoría; sin trazabilidad impecable de cambios; sin cláusulas contractuales que premien desempeño y castiguen incumplimientos; sin supervisión clínica y administrativa real; sin gestión de riesgos; sin segregación efectiva de funciones.

Eso es gobernanza. Eso es lo que falla. No el concepto. No es mala intención. Es mal diseño. O, más bien, un diseño que han querido mantener, sobre todo, los mandos medios.

Y aquí viene un punto esencial, sobre todo en un país donde la reputación se destruye con una filtración y se reconstruye con años: la responsabilidad penal es individual, se prueba y la determina un juez. No un “clima” mediático. No una narrativa. No una indignación colectiva.

Pretender que, por el solo hecho de existir detenciones o investigaciones, ya podemos “asignar culpa” a una expresidenta o a miembros de Junta Directiva, además de ser jurídicamente incorrecto, es estratégicamente torpe. 

En instituciones grandes, muchas veces la falla es sistémica: son los procedimientos, los mandos medios que controlan el flujo de información, las unidades técnicas que redactan y modifican pliegos, los comités que procesan ofertas, las jefaturas que administran el día a día de la contratación. Ahí es donde se juega la integridad del proceso. Ahí está la captura, cuando la hay. Ahí se siembra el riesgo.

La Junta Directiva decide, sí. Pero decide sobre insumos. Y si los insumos están sesgados, incompletos o diseñados para inducir una conclusión, el problema no es solo “quién firma”. Es quién arma el expediente, quién controla la cocina, quién domina la letra menuda.

La realidad incómoda: sin tercerización no hay cobertura

Ahora vayamos a la discusión que de verdad importa: ¿qué alternativa real tiene hoy la CCSS para asegurar cobertura y continuidad en atención primaria? ¿Para disminuir esas listas de espera interminables?

La atención primaria es la base de la sostenibilidad financiera del sistema. Si el primer nivel falla, todo se desplaza hacia urgencias y especialidades. Eso es carísimo. Y eso alimenta listas de espera.

La CCSS enfrenta restricciones que no desaparecen gracias a la red de protección interna:

  • Rigidez administrativa y laboral para ajustar rápidamente recursos donde la demanda crece.
  • Dificultad para abrir, expandir o reconfigurar servicios con la velocidad que requieren ciertos territorios.
  • Incentivos internos débiles para premiar productividad y calidad, y para corregir bajo desempeño.
  • Presión fiscal y costos crecientes.

En ese contexto, la tercerización bien hecha no es un “capricho ideológico”. Es una herramienta pragmática de gestión pública. Los países serios no discuten esto como dogma. Discuten cómo se contrata, cómo se mide, cómo se controla.

Y hay algo que se ha perdido en el debate: los EBAIS tercerizados no son, por definición, peores. La evidencia institucional muestra, de hecho, lo contrario.

La pregunta correcta no es “¿tercerización sí o no?”. La pregunta correcta es: ¿cómo diseñamos un modelo contractual que obligue a rendir cuentas y a entregar resultados verificables?

El verdadero escándalo: comprar servicios de salud como si fueran fotocopias

La contratación de servicios de salud no es una compra de bienes. Es una compra de resultados: acceso oportuno, continuidad, prevención, control de enfermedades crónicas, vacunación, seguimiento materno-infantil, referencia adecuada, calidad clínica y satisfacción del usuario.

Sin embargo, demasiadas veces el Estado compra estos servicios como si estuviera adquiriendo horas-hombre, metros cuadrados y checklists. Se define el “cómo” y se olvida el “para qué”. Se licita con lógica formalista, no con lógica humana. Y luego nos sorprende que haya sobrecostos, disputas, arbitrariedades o zonas grises.

El caso “barrenador” debe leerse como una alerta roja sobre compra pública estratégica: la CCSS tiene que profesionalizar, blindar y modernizar la forma en que contrata servicios complejos. No para “favorecer” proveedores. Para proteger al asegurado. Para evitar capturas. Para evitar, precisamente, que un caso como este se repita.

Lo que hay que hacer: tercerizar, sí; pero con dientes

La CCSS debe defender y sostener la tercerización como parte de su caja de herramientas. Pero tiene que cambiar el estándar. No con discursos. Con reglas.

Un paquete mínimo de reformas debería incluir:

  1. Razonabilidad de precios verificable
    • Metodología pública, replicable y auditada.
    • Benchmarking serio (canasta de servicios, complejidad poblacional, costos unitarios).
    • Trazabilidad de cualquier ajuste al pliego o al presupuesto de referencia.
  2. Contratos por resultados
    • Indicadores clínicos y de acceso como KPI contractuales.
    • Pagos con componente variable según desempeño.
    • Penalidades automáticas por incumplimientos críticos.
    • Cláusulas de terminación por desempeño, no solo por formalidades.
  3. Supervisión independiente y permanente
    • Auditoría clínica y de datos, no solo administrativa.
    • Verificación en campo, con capacidad sancionatoria real.
    • Tableros públicos por área de salud: transparencia radical.
  4. Integridad y anticaptura
    • Debida diligencia reforzada del proveedor (historial, estructuras, conflictos).
    • Segregación estricta de funciones internas (quien diseña pliego no decide adjudicación).
    • Rotación de personal en posiciones críticas de contratación.
    • Registro y trazabilidad de reuniones y comunicaciones relevantes del proceso.
  5. Unidad especializada de compra de servicios de salud
    • No más improvisación administrativa.
    • Perfil técnico multidisciplinario: salud pública, economía, derecho, datos, gestión.

Si el Estado no hace esto, el debate no es “tercerizar o no”. El debate será, inevitablemente: ¿cuándo será el próximo escándalo?

Cerrar filas con lo correcto: debido proceso y reforma institucional

Costa Rica necesita dos cosas al mismo tiempo, y tiene que sostener ambas con la misma firmeza.

Primero: debido proceso. Presunción de inocencia. Seriedad institucional. Que las investigaciones avancen, que se determinen responsabilidades donde corresponda y que no se convierta la justicia en espectáculo. Criminalizar por reflejo a jerarcas o directivos, sin sentencia y sin prueba pública, es un atajo que le hace daño a todos: a la institución, a la democracia y al estándar mínimo de justicia.

Segundo: reforma estructural. Porque si todo se reduce a “quién cayó” y “quién se salva”, perdimos la oportunidad. El aprendizaje relevante no es moralista. Es técnico: la CCSS tiene que convertirse en un comprador público competente, moderno y difícil de capturar.

“Barrenador”, entonces, no debería empujarnos a destruir la tercerización. Debería obligarnos a construir algo mejor: un modelo con reglas claras, contratos inteligentes, transparencia y control.

Lo demás es lo de siempre: indignación, titulares… y listas de espera. Y eso, francamente, es lo que la gente ya no aguanta.


Las opiniones expresadas en este artículo son responsabilidad del autor y no representan necesariamente la postura oficial de Primera Línea. Nuestro medio se caracteriza por ser independiente y valorar las diversas perspectivas, fomentando la pluralidad de ideas entre nuestros lectores.

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Política

Pongámonos Serios con Daniela Rojas: ¿Por qué la Asamblea Legislativa no funciona?

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RESUMEN

Cuando el problema no es solo quién decide, sino cómo está diseñado el sistema para decidir, la frustración se vuelve estructural. La conversación deja claro que sin reglas adaptadas a la realidad actual, sin incentivos para el debate honesto y sin presión ciudadana informada, la política seguirá atrapada entre el cálculo y la parálisis. Cambiar personas no alcanza si no cambiamos el tablero.


Hace tiempo que la Asamblea Legislativa de Costa Rica tiene una mala reputación. Para muchos, es sinónimo de ineficiencia, ruido político y decisiones sujetas a intereses más que a razones. Sin embargo, más allá de la percepción popular, pocas veces se entiende qué pasa adentro realmente, cómo se toman las decisiones y por qué muchas buenas ideas se estrellan incluso antes de llegar a votación.

En nuestra conversación con Daniela Rojas, una diputada que conoce el sistema desde adentro y desde afuera, se revela un fenómeno profundo: no es solo burocracia o mala voluntad. Es que el diseño institucional aún responde a una realidad que ya no existe —el bipartidismo como eje imperante— y eso dificulta que la Asamblea funcione con agilidad y coherencia. Entre mociones que atrasan iniciativas, reglamentos pensados para otros tiempos y una cultura política que evita el debate honesto, lo que vemos desde afuera es solo la punta del iceberg.

Esto no es una defensa de quienes están dentro ni una crítica superficial. Es la constatación de que las reglas del juego importan tanto como las personas que las juegan. Un sistema más transparente y adaptado a la pluralidad actual no solo permitiría que buenas leyes avancen; también devolvería a la ciudadanía la confianza en la política como herramienta de solución, no de frustración. Porque si la Asamblea no se transforma, seguirá siendo un lugar donde el cambio se traba antes de nacer.

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Política

Cuando todo es “dictadura”, nada lo es

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RESUMEN

La discusión política no se empobrece solo por falta de propuestas, sino por el uso descuidado del lenguaje. Cuando todo se reduce a etiquetas extremas, el debate deja de servir para corregir errores, exigir rendición de cuentas o construir acuerdos. Recuperar la precisión, aceptar los matices y discutir con rigor no debilita la crítica: la vuelve más efectiva. En una democracia fragmentada, la responsabilidad ciudadana empieza también por cómo nombramos la realidad.


Desde octubre vivimos metidos en una campaña electoral donde el volumen del discurso se fue por las nubes. A falta de propuestas, sobraron las etiquetas. Que si “autoritario”, que si “dictadura”, que si “fascismo”, que si “facho”. Del otro lado, lo de siempre: “comunista”, “izquierdoso”, “zurdo”, “chancletudo”.

Todo dicho con una liviandad que asusta. Como si las palabras no pesaran. Como si la historia no existiera. Como si a la democracia se le pudiera jugar de vivo sin consecuencias.

Ahora que pasó la elección y los ánimos están un poco más fríos —no fríos del todo, seamos honestos, pero al menos menos inflamables— vale la pena parar la bola y pensar: ¿qué fue lo que hicimos con el lenguaje? Porque aquí hay un problema de fondo que va más allá de quién ganó y quién perdió. 

Hay un problema de precisión conceptual.

Y cuando se pierde la precisión, se pierde la capacidad de entender la realidad. Y cuando se pierde eso, lo que queda es puro ruido.

Las palabras importan 

Empecemos por lo básico: las palabras importan. “Dictadura”, “fascismo”, “autoritarismo”, “comunismo” no son insultos intercambiables para tirar en redes cuando uno está bravo. Son conceptos con contenido y contexto histórico, político y jurídico. Tienen un peso específico real.

Describen realidades concretas, con rasgos identificables: concentración del poder, supresión sistemática de libertades mediante coerción militar o armada, eliminación de contrapesos, persecución política, control de medios, ausencia de elecciones libres, represión organizada.

Eso es una dictadura. Eso es un régimen autoritario en serio. Eso es fascismo en su sentido histórico.

Podemos disentir con respeto, pero desde donde yo veo las cosas, en este país nadie ha dejado de decir lo que le da la gana, donde le da la gana y cuando le da la gana.

¿Que ha habido pleitos del Poder Ejecutivo con particulares, empresas e instituciones fuera de tono e innecesarios (en mi opinión)? Sí, los ha habido. Pero no han llegado a más que eventos que se han caído por su propio peso o por la acción de la institucionalidad misma.

No se ha puesto en entredicho, ni en crisis, nuestro sistema democrático. Las elecciones del primero de febrero son la mejor muestra de ello.

Cuando a todo gobierno que no me gusta le digo “dictadura”, pasa algo peligroso: diluyo el concepto. Lo vacío de contenido. 

Y cuando de verdad aparezca un régimen autoritario de esos de verdad —de los que cierran parlamentos con el ejército, persiguen y matan opositores, meten presos a periodistas y cancelan elecciones— ya no vamos a tener palabras para describirlo.

Porque ya las gastamos todas en discusiones profundas de Twitter (así le sigo diciendo yo hasta que Elon patrocine esta columna, en cuyo caso con gusto le diré X).

Lo mismo pasa con el otro extremo. Llamar “comunista” a cualquiera que hable de política social, de intervención del Estado o de regulación es una caricatura. El comunismo no es “que el Estado haga algo que no me gusta”. Es un modelo ideológico con una propuesta concreta sobre la propiedad de los medios de producción, el rol del Estado, la abolición de la propiedad privada en ciertos ámbitos, y una visión particular de la economía y de la sociedad.

No todo es comunismo. No todo es socialismo del siglo XXI. Decir eso es una simplificación burda que no aporta nada al debate. Es solo ruido para la barra propia.

Polarizar rinde… pero también cobra factura

Y aquí es donde se pone incómodo el asunto: este ambiente de etiquetas y exageraciones no es un accidente. A ambas “trincheras” les sirve y lo explotan a drede.

A la oposición le sirve subir el tono porque convierte cualquier error, torpeza o exceso del Ejecutivo en prueba de que “vamos camino a la dictadura”. Eso moviliza emocionalmente, genera miedo y cohesiona a los propios.

Del otro lado, al oficialismo —o a quienes se sienten cercanos a él— le sirve pintar toda crítica como “agenda comunista”, “resistencia al cambio” o “enemigos del progreso”, porque eso también cohesiona a su base y deslegitima al que cuestiona.

En ambos casos, la lógica es la misma: simplificar al adversario, caricaturizarlo, convertirlo en villano.

Es política en su estado puro, sí. No nos hagamos los inocentes. 

La polarización es rentable. Da likes. Da retuits. Da aplausos. Sirve para movilizar bases, para ordenar filas, para que nadie se salga del guacal. Pero también tiene un costo. Un costo alto. Porque en esa dinámica se pierde la posibilidad de matices

Y la política pública vive de matices. Las democracias funcionan con contrapesos, con tensiones, con desacuerdos razonables. No con caricaturas.

Que quede claro: no estoy diciendo que el Poder Ejecutivo sea intocable, ni que la oposición sea la encarnación de la ineficiencia. Hay conductas reprochables de un lado y del otro. Las ha habido.

Decisiones mal comunicadas, impulsos personalistas, roces innecesarios con instituciones, tonos que no ayudan. Del otro lado, obstruccionismo por deporte, oportunismo político, uso de la crítica como plataforma de lucimiento personal, poca disposición real a construir acuerdos.

Todo eso es parte del paisaje. Y todo eso se puede —y se debe— criticar con fuerza. Pero una cosa es criticar con argumentos y otra es incendiar el rancho con etiquetas.

Costa Rica, con todos sus defectos, sigue siendo una democracia funcional. Con instituciones que pesan. Con contrapesos reales. Con prensa libre que investiga, incomoda y publica. Con elecciones.

Decir que vivimos en una dictadura no es solo impreciso; es una falta de respeto a quienes sí han vivido y viven bajo dictaduras de verdad. 

A quienes no podían tuitear su descontento porque los desaparecían. A quienes no podían escribir artículos de opinión porque los metían presos. A quienes no podían protestar porque los reprimían a bala.

También hay un tema de responsabilidad personal en cómo consumimos y reproducimos discurso. Compartir un titular incendiario sin leer la nota completa. Aplaudir el meme que ridiculiza al “otro bando”. Repetir frases hechas sin verificar si tienen sustento.

Todo eso va construyendo un clima donde el debate se vuelve un ring de boxeo —como lo usó una de las primeras campañas de un partido político hace algunas elecciones— y no un espacio de deliberación.

Y ojo, no hablo desde un postureo moral. Todos caemos en eso alguna vez. A todos se nos calienta la jupa. Pero una cosa es el desahogo ocasional y otra es convertir la exageración en método.

Al final del día, la política no es un partido Saprissa–La Liga donde hay que elegir bando y defenderlo a muerte pase lo que pase (bajo duda: La Liga).

La política es un espacio para resolver problemas concretos: costo de vida, empleo, seguridad, educación, salud, infraestructura, competitividad.

Problemas complejos que no se arreglan a punta de hashtags ni de etiquetas ideológicas, y menos de exageraciones. Se arreglan con políticas públicas bien diseñadas, con instituciones que funcionen, con controles efectivos, con negociación política de la de verdad y con ciudadanía informada que exija resultados, no solo espectáculo.

Tal vez el primer paso para bajar un cambio es recuperar el valor de las palabras. Llamar las cosas por su nombre, con precisión. Criticar cuando hay que criticar, sin miedo, pero con rigor. Reconocer cuando el otro tiene un punto válido, aunque no nos guste.

Dejar de usar conceptos pesados como garrote retórico para ganar una discusión en redes.

Porque, al final, en este jueguito de exagerar todo, perdemos todos: perdemos capacidad de diálogo, perdemos confianza mínima entre actores políticos y perdemos la posibilidad de construir acuerdos. Y en un país con una Asamblea fragmentada, sin mayorías claras y sin capacidad de imponer agendas por la fuerza, esa pérdida se paga caro.

Bajarle dos rayitas al volumen no es rendirse. Es madurar como democracia. Y bastante falta nos hace.


Las opiniones expresadas en este artículo son responsabilidad del autor y no representan necesariamente la postura oficial de Primera Línea. Nuestro medio se caracteriza por ser independiente y valorar las diversas perspectivas, fomentando la pluralidad de ideas entre nuestros lectores.

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