Política
Perspectivas 2025: Gobernar entre retos estructurales
RESUMEN
Costa Rica inicia el 2025 enfrentando unas elecciones desafiantes y serios problemas estructurales en seguridad, educación,salud e infraestructura. La polarización política, instituciones lentas y limitaciones históricas complican la gobernanza, demandando consenso, planificación a largo plazo y participación ciudadana. Resolver estos retos requiere enfoques integrales y compromisos sostenidos, más allá de ciclos políticos y narrativas mediáticas.
El inicio del 2025 encuentra a Costa Rica en un momento crucial para su política y gobernanza. Frente a las elecciones más complejas hasta ahora, el país enfrenta desafíos en seguridad, educación, salud, infraestructura, etc. lo que hace que surjan preguntas fundamentales sobre el papel de las instituciones, la capacidad del Gobierno para ejecutar políticas públicas y el impacto de nuestras debilidades estructurales en el desempeño gubernamental.
Si bien es fácil criticar los resultados de una administración, es imprescindible comprender el contexto en el que ésta opera. En muchos sentidos, los defectos estructurales de Costa Rica —acumulados durante décadas “socialdemócratas”— presentan una barrera significativa para cualquier gobierno, independientemente de su popularidad, visión o liderazgo.
Un contexto desafiante para gobernar
El Gobierno actual enfrenta un panorama complejo, marcado por la herencia de problemas históricos que dificultan la implementación de soluciones eficaces y sostenibles. Áreas críticas como la educación, la infraestructura y la salud han sufrido décadas de rezago estructural que no pueden resolverse en un solo ciclo administrativo.
Por ejemplo, en educación, la falta de un plan estratégico a largo plazo ha creado vacíos en la calidad del sistema. Las brechas educativas en zonas rurales y urbanas persisten, y la desconexión entre la oferta educativa y las necesidades del mercado laboral evidencia un modelo desactualizado, el cual obliga a regalar dinero a las universidades públicas para fomentar carreras que no corresponden con las demandas del mercado. Además, la ausencia de datos confiables y accesibles, para los actores académicos y sociales, añade una capa adicional de complejidad.
En infraestructura, los problemas son igualmente profundos. Obras públicas de baja calidad o inacabadas, como la Punta Norte de la Ruta 39, reflejan la dificultad de avanzar en un sector marcado por trámites burocráticos, presupuestos insuficientes y escasa planificación a largo plazo. Según datos oficiales, la inversión en infraestructura en los últimos años ha sido una de las más bajas en décadas, un desafío que trasciende la administración actual.
En salud, la Caja Costarricense de Seguro Social (CCSS) enfrenta problemas que han sido señalados durante años: corrupción, toma sindical, listas de espera interminables y una crisis de recursos humanos. Estos obstáculos estructurales no son nuevos, pero se han intensificado con el tiempo, afectando la percepción de las capacidades estatales para garantizar derechos básicos.
Popularidad y desempeño: ¿un divorcio inevitable?
El fenómeno de la “paradoja de la popularidad” ha sido clave para entender la dinámica actual de la política costarricense. Este concepto describe la desconexión entre el respaldo popular del cual disfruta un gobierno y las críticas sobre su desempeño en áreas clave.
Según estudios recientes, el presidente mantiene niveles altos de aceptación, pero gran parte de la ciudadanía percibe que los resultados en áreas como la seguridad y la infraestructura no cumplen con las expectativas. No obstante, sería injusto atribuir esta paradoja únicamente a una falta de acción gubernamental.
Gobernar Costa Rica en el contexto actual implica navegar entre los límites de instituciones lentas, procesos administrativos arcaicos y una ciudadanía cada vez más exigente.
La polarización política también juega un papel importante, dificultando la búsqueda de consensos y convirtiendo en una batalla cada decisión o política pública. El Ejecutivo ha demostrado destreza en el manejo de las narrativas, estableciendo una agenda pública que, semana tras semana, logra captar la atención de la ciudadanía.
Sin embargo, esta estrategia enfrenta un doble filo: por un lado, mantiene la relevancia política y refuerza la percepción de cercanía con la población; por otro, puede dar la impresión de que los problemas estructurales se relegan a un segundo plano.
Los obstáculos estructurales y su impacto en la gobernabilidad
Gran parte de las críticas hacia el desempeño gubernamental ignoran un punto central: los defectos estructurales del país limitan la capacidad de cualquier administración para poner en marcha cambios profundos y sostenibles.
Por ejemplo, la lucha contra el narcotráfico y la inseguridad enfrenta un sistema judicial y de seguridad pública sobrecargado. Los índices de criminalidad han alcanzado cifras récord, con niveles históricos de homicidios. Este problema, aunque alarmante, no puede resolverse de manera aislada, ya que requiere un enfoque integral que incluya educación, oportunidades económicas y eficiencia institucional.
En infraestructura, la burocracia y la falta de coordinación entre instituciones han frenado proyectos esenciales. A pesar de los esfuerzos del Ejecutivo para avanzar en esta área, el rezago acumulado y las limitaciones presupuestarias presentan retos significativos.
La educación, por su parte, necesita más que simples políticas de corto plazo. Requiere una transformación estructural que trascienda ciclos políticos y se enfoque en la calidad, equidad y modernización del sistema.
Lo que Costa Rica necesita en 2025
En lugar de buscar culpables, el enfoque debe estar en identificar soluciones.
Costa Rica necesita un debate público que vaya más allá de las narrativas mediáticas y se enfoque en los problemas reales y sus soluciones estructurales. Necesita personas serias y técnicas en esta nueva campaña electoral. Para lograrlo, debemos priorizar tres pilares fundamentales:
- Consensos políticos. La oposición y el Gobierno deben superar la polarización y encontrar puntos en común para avanzar en políticas públicas significativas.
- Planificación a largo plazo. Es crucial establecer estrategias que trasciendan administraciones y permitan avances sostenidos en áreas clave como educación e infraestructura.
- Participación ciudadana. La ciudadanía tiene un papel central al exigir transparencia, evaluar objetivamente las acciones gubernamentales y participar activamente en la construcción del país.
Un llamado a la perspectiva
Es fácil criticar desde la distancia. Sin embargo, entender el contexto en el que opera el Gobierno es clave para una evaluación justa. Gobernar Costa Rica no es sencillo: las expectativas ciudadanas son altas, los desafíos estructurales son profundos y la polarización política dificulta la acción colectiva.
Para que Costa Rica avance, necesitamos un enfoque colectivo que reconozca que los problemas estructurales no tienen soluciones mágicas.
Estos desafíos, por su complejidad, requieren un compromiso sostenido, no solo del Gobierno, sino de todas las fuerzas políticas, económicas y sociales.
El 2025 es un año de retos, pero también de oportunidades. Aprovecharlas requiere un esfuerzo compartido y la disposición de todos los sectores para construir un futuro más sólido, equitativo y sostenible para el país.
Las opiniones expresadas en este artículo son responsabilidad del autor y no representan necesariamente la postura oficial de Primera Línea. Nuestro medio se caracteriza por ser independiente y valorar las diversas perspectivas, fomentando la pluralidad de ideas entre nuestros lectores.
Política
Tercerizar no es el problema. Gobernar mal sí.
RESUMEN
El país enfrenta una decisión más profunda que un caso puntual: o profesionaliza su capacidad de contratar servicios complejos, o seguirá atrapado entre escándalos cíclicos y servicios insuficientes. La discusión no debería girar alrededor de ideologías, sino alrededor de estándares. Cuando el Estado no desarrolla inteligencia contractual, deja espacio para la captura, el sobrecosto y la desconfianza. La solución no está en retroceder herramientas, sino en elevar la exigencia institucional.
Costa Rica tiene una manía peligrosa: cuando un instrumento de política pública se contamina por una contratación fallida, la reacción inmediata es declarar “muerto” el instrumento. Se condena la figura, no el proceso. Se dispara contra el martillo, no contra la mano que lo sostuvo.
El caso “barrenador”, con todo el ruido, la indignación y los titulares, está siendo usado así: como prueba automática de que la tercerización de EBAIS es mala, que “lo privado” es sinónimo de abuso y que el único camino “seguro” es volver a concentrar toda la operación en gestión directa. Esa lectura es emocional. Y, peor aún, es un mal diagnóstico.
Porque lo que el caso realmente desnuda no es un pecado original de la tercerización. Lo que desnuda es algo mucho más incómodo: la CCSS, en su rol de compradora pública, ha venido operando con debilidades estructurales para diseñar, licitar, evaluar, adjudicar y supervisar contratos complejos de servicios de salud.
Y si uno no sabe comprar, no sabe gobernar.
Y aun así, hay quienes proponen que administre un banco estatal…
No confundamos la discusión: modelo vs. gobernanza
La política pública no se evalúa por anécdotas. Se evalúa por resultados y capacidad institucional.
Tercerizar EBAIS no es “privatizar la salud”. Es un mecanismo de provisión dentro de un sistema público universal, donde el Estado mantiene rectoría, financiamiento y supervisión.
Es, en esencia, una forma de administrar capacidad instalada y continuidad operativa cuando la institución no puede —o no logra, evidentemente— expandirse con la velocidad, flexibilidad y eficiencia que la demanda exige.
El problema aparece cuando ese mecanismo se ejecuta sin una arquitectura de control robusta: sin estudios de razonabilidad de precio que resistan auditoría; sin trazabilidad impecable de cambios; sin cláusulas contractuales que premien desempeño y castiguen incumplimientos; sin supervisión clínica y administrativa real; sin gestión de riesgos; sin segregación efectiva de funciones.
Eso es gobernanza. Eso es lo que falla. No el concepto. No es mala intención. Es mal diseño. O, más bien, un diseño que han querido mantener, sobre todo, los mandos medios.
Y aquí viene un punto esencial, sobre todo en un país donde la reputación se destruye con una filtración y se reconstruye con años: la responsabilidad penal es individual, se prueba y la determina un juez. No un “clima” mediático. No una narrativa. No una indignación colectiva.
Pretender que, por el solo hecho de existir detenciones o investigaciones, ya podemos “asignar culpa” a una expresidenta o a miembros de Junta Directiva, además de ser jurídicamente incorrecto, es estratégicamente torpe.
En instituciones grandes, muchas veces la falla es sistémica: son los procedimientos, los mandos medios que controlan el flujo de información, las unidades técnicas que redactan y modifican pliegos, los comités que procesan ofertas, las jefaturas que administran el día a día de la contratación. Ahí es donde se juega la integridad del proceso. Ahí está la captura, cuando la hay. Ahí se siembra el riesgo.
La Junta Directiva decide, sí. Pero decide sobre insumos. Y si los insumos están sesgados, incompletos o diseñados para inducir una conclusión, el problema no es solo “quién firma”. Es quién arma el expediente, quién controla la cocina, quién domina la letra menuda.
La realidad incómoda: sin tercerización no hay cobertura
Ahora vayamos a la discusión que de verdad importa: ¿qué alternativa real tiene hoy la CCSS para asegurar cobertura y continuidad en atención primaria? ¿Para disminuir esas listas de espera interminables?
La atención primaria es la base de la sostenibilidad financiera del sistema. Si el primer nivel falla, todo se desplaza hacia urgencias y especialidades. Eso es carísimo. Y eso alimenta listas de espera.
La CCSS enfrenta restricciones que no desaparecen gracias a la red de protección interna:
- Rigidez administrativa y laboral para ajustar rápidamente recursos donde la demanda crece.
- Dificultad para abrir, expandir o reconfigurar servicios con la velocidad que requieren ciertos territorios.
- Incentivos internos débiles para premiar productividad y calidad, y para corregir bajo desempeño.
- Presión fiscal y costos crecientes.
En ese contexto, la tercerización bien hecha no es un “capricho ideológico”. Es una herramienta pragmática de gestión pública. Los países serios no discuten esto como dogma. Discuten cómo se contrata, cómo se mide, cómo se controla.
Y hay algo que se ha perdido en el debate: los EBAIS tercerizados no son, por definición, peores. La evidencia institucional muestra, de hecho, lo contrario.
La pregunta correcta no es “¿tercerización sí o no?”. La pregunta correcta es: ¿cómo diseñamos un modelo contractual que obligue a rendir cuentas y a entregar resultados verificables?
El verdadero escándalo: comprar servicios de salud como si fueran fotocopias
La contratación de servicios de salud no es una compra de bienes. Es una compra de resultados: acceso oportuno, continuidad, prevención, control de enfermedades crónicas, vacunación, seguimiento materno-infantil, referencia adecuada, calidad clínica y satisfacción del usuario.
Sin embargo, demasiadas veces el Estado compra estos servicios como si estuviera adquiriendo horas-hombre, metros cuadrados y checklists. Se define el “cómo” y se olvida el “para qué”. Se licita con lógica formalista, no con lógica humana. Y luego nos sorprende que haya sobrecostos, disputas, arbitrariedades o zonas grises.
El caso “barrenador” debe leerse como una alerta roja sobre compra pública estratégica: la CCSS tiene que profesionalizar, blindar y modernizar la forma en que contrata servicios complejos. No para “favorecer” proveedores. Para proteger al asegurado. Para evitar capturas. Para evitar, precisamente, que un caso como este se repita.
Lo que hay que hacer: tercerizar, sí; pero con dientes
La CCSS debe defender y sostener la tercerización como parte de su caja de herramientas. Pero tiene que cambiar el estándar. No con discursos. Con reglas.
Un paquete mínimo de reformas debería incluir:
- Razonabilidad de precios verificable
- Metodología pública, replicable y auditada.
- Benchmarking serio (canasta de servicios, complejidad poblacional, costos unitarios).
- Trazabilidad de cualquier ajuste al pliego o al presupuesto de referencia.
- Contratos por resultados
- Indicadores clínicos y de acceso como KPI contractuales.
- Pagos con componente variable según desempeño.
- Penalidades automáticas por incumplimientos críticos.
- Cláusulas de terminación por desempeño, no solo por formalidades.
- Supervisión independiente y permanente
- Auditoría clínica y de datos, no solo administrativa.
- Verificación en campo, con capacidad sancionatoria real.
- Tableros públicos por área de salud: transparencia radical.
- Integridad y anticaptura
- Debida diligencia reforzada del proveedor (historial, estructuras, conflictos).
- Segregación estricta de funciones internas (quien diseña pliego no decide adjudicación).
- Rotación de personal en posiciones críticas de contratación.
- Registro y trazabilidad de reuniones y comunicaciones relevantes del proceso.
- Unidad especializada de compra de servicios de salud
- No más improvisación administrativa.
- Perfil técnico multidisciplinario: salud pública, economía, derecho, datos, gestión.
Si el Estado no hace esto, el debate no es “tercerizar o no”. El debate será, inevitablemente: ¿cuándo será el próximo escándalo?
Cerrar filas con lo correcto: debido proceso y reforma institucional
Costa Rica necesita dos cosas al mismo tiempo, y tiene que sostener ambas con la misma firmeza.
Primero: debido proceso. Presunción de inocencia. Seriedad institucional. Que las investigaciones avancen, que se determinen responsabilidades donde corresponda y que no se convierta la justicia en espectáculo. Criminalizar por reflejo a jerarcas o directivos, sin sentencia y sin prueba pública, es un atajo que le hace daño a todos: a la institución, a la democracia y al estándar mínimo de justicia.
Segundo: reforma estructural. Porque si todo se reduce a “quién cayó” y “quién se salva”, perdimos la oportunidad. El aprendizaje relevante no es moralista. Es técnico: la CCSS tiene que convertirse en un comprador público competente, moderno y difícil de capturar.
“Barrenador”, entonces, no debería empujarnos a destruir la tercerización. Debería obligarnos a construir algo mejor: un modelo con reglas claras, contratos inteligentes, transparencia y control.
Lo demás es lo de siempre: indignación, titulares… y listas de espera. Y eso, francamente, es lo que la gente ya no aguanta.
Las opiniones expresadas en este artículo son responsabilidad del autor y no representan necesariamente la postura oficial de Primera Línea. Nuestro medio se caracteriza por ser independiente y valorar las diversas perspectivas, fomentando la pluralidad de ideas entre nuestros lectores.
Política
Pongámonos Serios con Daniela Rojas: ¿Por qué la Asamblea Legislativa no funciona?
RESUMEN
Cuando el problema no es solo quién decide, sino cómo está diseñado el sistema para decidir, la frustración se vuelve estructural. La conversación deja claro que sin reglas adaptadas a la realidad actual, sin incentivos para el debate honesto y sin presión ciudadana informada, la política seguirá atrapada entre el cálculo y la parálisis. Cambiar personas no alcanza si no cambiamos el tablero.
Hace tiempo que la Asamblea Legislativa de Costa Rica tiene una mala reputación. Para muchos, es sinónimo de ineficiencia, ruido político y decisiones sujetas a intereses más que a razones. Sin embargo, más allá de la percepción popular, pocas veces se entiende qué pasa adentro realmente, cómo se toman las decisiones y por qué muchas buenas ideas se estrellan incluso antes de llegar a votación.
En nuestra conversación con Daniela Rojas, una diputada que conoce el sistema desde adentro y desde afuera, se revela un fenómeno profundo: no es solo burocracia o mala voluntad. Es que el diseño institucional aún responde a una realidad que ya no existe —el bipartidismo como eje imperante— y eso dificulta que la Asamblea funcione con agilidad y coherencia. Entre mociones que atrasan iniciativas, reglamentos pensados para otros tiempos y una cultura política que evita el debate honesto, lo que vemos desde afuera es solo la punta del iceberg.
Esto no es una defensa de quienes están dentro ni una crítica superficial. Es la constatación de que las reglas del juego importan tanto como las personas que las juegan. Un sistema más transparente y adaptado a la pluralidad actual no solo permitiría que buenas leyes avancen; también devolvería a la ciudadanía la confianza en la política como herramienta de solución, no de frustración. Porque si la Asamblea no se transforma, seguirá siendo un lugar donde el cambio se traba antes de nacer.
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Política
Cuando todo es “dictadura”, nada lo es
RESUMEN
La discusión política no se empobrece solo por falta de propuestas, sino por el uso descuidado del lenguaje. Cuando todo se reduce a etiquetas extremas, el debate deja de servir para corregir errores, exigir rendición de cuentas o construir acuerdos. Recuperar la precisión, aceptar los matices y discutir con rigor no debilita la crítica: la vuelve más efectiva. En una democracia fragmentada, la responsabilidad ciudadana empieza también por cómo nombramos la realidad.
Desde octubre vivimos metidos en una campaña electoral donde el volumen del discurso se fue por las nubes. A falta de propuestas, sobraron las etiquetas. Que si “autoritario”, que si “dictadura”, que si “fascismo”, que si “facho”. Del otro lado, lo de siempre: “comunista”, “izquierdoso”, “zurdo”, “chancletudo”.
Todo dicho con una liviandad que asusta. Como si las palabras no pesaran. Como si la historia no existiera. Como si a la democracia se le pudiera jugar de vivo sin consecuencias.
Ahora que pasó la elección y los ánimos están un poco más fríos —no fríos del todo, seamos honestos, pero al menos menos inflamables— vale la pena parar la bola y pensar: ¿qué fue lo que hicimos con el lenguaje? Porque aquí hay un problema de fondo que va más allá de quién ganó y quién perdió.
Hay un problema de precisión conceptual.
Y cuando se pierde la precisión, se pierde la capacidad de entender la realidad. Y cuando se pierde eso, lo que queda es puro ruido.
Las palabras importan
Empecemos por lo básico: las palabras importan. “Dictadura”, “fascismo”, “autoritarismo”, “comunismo” no son insultos intercambiables para tirar en redes cuando uno está bravo. Son conceptos con contenido y contexto histórico, político y jurídico. Tienen un peso específico real.
Describen realidades concretas, con rasgos identificables: concentración del poder, supresión sistemática de libertades mediante coerción militar o armada, eliminación de contrapesos, persecución política, control de medios, ausencia de elecciones libres, represión organizada.
Eso es una dictadura. Eso es un régimen autoritario en serio. Eso es fascismo en su sentido histórico.
Podemos disentir con respeto, pero desde donde yo veo las cosas, en este país nadie ha dejado de decir lo que le da la gana, donde le da la gana y cuando le da la gana.
¿Que ha habido pleitos del Poder Ejecutivo con particulares, empresas e instituciones fuera de tono e innecesarios (en mi opinión)? Sí, los ha habido. Pero no han llegado a más que eventos que se han caído por su propio peso o por la acción de la institucionalidad misma.
No se ha puesto en entredicho, ni en crisis, nuestro sistema democrático. Las elecciones del primero de febrero son la mejor muestra de ello.
Cuando a todo gobierno que no me gusta le digo “dictadura”, pasa algo peligroso: diluyo el concepto. Lo vacío de contenido.
Y cuando de verdad aparezca un régimen autoritario de esos de verdad —de los que cierran parlamentos con el ejército, persiguen y matan opositores, meten presos a periodistas y cancelan elecciones— ya no vamos a tener palabras para describirlo.
Porque ya las gastamos todas en discusiones profundas de Twitter (así le sigo diciendo yo hasta que Elon patrocine esta columna, en cuyo caso con gusto le diré X).
Lo mismo pasa con el otro extremo. Llamar “comunista” a cualquiera que hable de política social, de intervención del Estado o de regulación es una caricatura. El comunismo no es “que el Estado haga algo que no me gusta”. Es un modelo ideológico con una propuesta concreta sobre la propiedad de los medios de producción, el rol del Estado, la abolición de la propiedad privada en ciertos ámbitos, y una visión particular de la economía y de la sociedad.
No todo es comunismo. No todo es socialismo del siglo XXI. Decir eso es una simplificación burda que no aporta nada al debate. Es solo ruido para la barra propia.
Polarizar rinde… pero también cobra factura
Y aquí es donde se pone incómodo el asunto: este ambiente de etiquetas y exageraciones no es un accidente. A ambas “trincheras” les sirve y lo explotan a drede.
A la oposición le sirve subir el tono porque convierte cualquier error, torpeza o exceso del Ejecutivo en prueba de que “vamos camino a la dictadura”. Eso moviliza emocionalmente, genera miedo y cohesiona a los propios.
Del otro lado, al oficialismo —o a quienes se sienten cercanos a él— le sirve pintar toda crítica como “agenda comunista”, “resistencia al cambio” o “enemigos del progreso”, porque eso también cohesiona a su base y deslegitima al que cuestiona.
En ambos casos, la lógica es la misma: simplificar al adversario, caricaturizarlo, convertirlo en villano.
Es política en su estado puro, sí. No nos hagamos los inocentes.
La polarización es rentable. Da likes. Da retuits. Da aplausos. Sirve para movilizar bases, para ordenar filas, para que nadie se salga del guacal. Pero también tiene un costo. Un costo alto. Porque en esa dinámica se pierde la posibilidad de matices.
Y la política pública vive de matices. Las democracias funcionan con contrapesos, con tensiones, con desacuerdos razonables. No con caricaturas.
Que quede claro: no estoy diciendo que el Poder Ejecutivo sea intocable, ni que la oposición sea la encarnación de la ineficiencia. Hay conductas reprochables de un lado y del otro. Las ha habido.
Decisiones mal comunicadas, impulsos personalistas, roces innecesarios con instituciones, tonos que no ayudan. Del otro lado, obstruccionismo por deporte, oportunismo político, uso de la crítica como plataforma de lucimiento personal, poca disposición real a construir acuerdos.
Todo eso es parte del paisaje. Y todo eso se puede —y se debe— criticar con fuerza. Pero una cosa es criticar con argumentos y otra es incendiar el rancho con etiquetas.
Costa Rica, con todos sus defectos, sigue siendo una democracia funcional. Con instituciones que pesan. Con contrapesos reales. Con prensa libre que investiga, incomoda y publica. Con elecciones.
Decir que vivimos en una dictadura no es solo impreciso; es una falta de respeto a quienes sí han vivido y viven bajo dictaduras de verdad.
A quienes no podían tuitear su descontento porque los desaparecían. A quienes no podían escribir artículos de opinión porque los metían presos. A quienes no podían protestar porque los reprimían a bala.
También hay un tema de responsabilidad personal en cómo consumimos y reproducimos discurso. Compartir un titular incendiario sin leer la nota completa. Aplaudir el meme que ridiculiza al “otro bando”. Repetir frases hechas sin verificar si tienen sustento.
Todo eso va construyendo un clima donde el debate se vuelve un ring de boxeo —como lo usó una de las primeras campañas de un partido político hace algunas elecciones— y no un espacio de deliberación.
Y ojo, no hablo desde un postureo moral. Todos caemos en eso alguna vez. A todos se nos calienta la jupa. Pero una cosa es el desahogo ocasional y otra es convertir la exageración en método.
Al final del día, la política no es un partido Saprissa–La Liga donde hay que elegir bando y defenderlo a muerte pase lo que pase (bajo duda: La Liga).
La política es un espacio para resolver problemas concretos: costo de vida, empleo, seguridad, educación, salud, infraestructura, competitividad.
Problemas complejos que no se arreglan a punta de hashtags ni de etiquetas ideológicas, y menos de exageraciones. Se arreglan con políticas públicas bien diseñadas, con instituciones que funcionen, con controles efectivos, con negociación política de la de verdad y con ciudadanía informada que exija resultados, no solo espectáculo.
Tal vez el primer paso para bajar un cambio es recuperar el valor de las palabras. Llamar las cosas por su nombre, con precisión. Criticar cuando hay que criticar, sin miedo, pero con rigor. Reconocer cuando el otro tiene un punto válido, aunque no nos guste.
Dejar de usar conceptos pesados como garrote retórico para ganar una discusión en redes.
Porque, al final, en este jueguito de exagerar todo, perdemos todos: perdemos capacidad de diálogo, perdemos confianza mínima entre actores políticos y perdemos la posibilidad de construir acuerdos. Y en un país con una Asamblea fragmentada, sin mayorías claras y sin capacidad de imponer agendas por la fuerza, esa pérdida se paga caro.
Bajarle dos rayitas al volumen no es rendirse. Es madurar como democracia. Y bastante falta nos hace.
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