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Ambiente

Podcast Pongámonos Serios con Jose Dengo. Falsa Dicotomía: Explotar o Proteger

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RESUMEN

Costa Rica no necesita nuevas promesas, necesita priorizar lo que sí funciona: energías limpias, reglas claras y minería con estándares serios. En vez de imaginar milagros bajo tierra, enfoquémonos en bajar costos hoy y abrir cadenas de valor que nos pongan a producir tecnología verde con sello tico. Ser “país verde” no es decir que no a todo; es decir que sí, pero bien.


Gas y petróleo: el espejismo

Costa Rica presume de tener más del 90 % de su matriz eléctrica renovable, pero más del 60 % de su matriz energética aún depende de combustibles fósiles. La idea de explotar gas y petróleo se repite cada ciclo electoral, pero es un sueño de opio: los proyectos tardan décadas en ser viables, requieren inversiones multimillonarias y no garantizan precios más bajos. Incluso suponiendo que hubiera yacimientos aprovechables, habría que modernizar el marco regulatorio, cerrar o transformar Recope, imagínese nada más, y esperar 30 años para ver resultados.

En vez de apostar a un negocio incierto, urge optimizar la importación y consumo de hidrocarburos, modernizar la logística y bajar costos para el usuario. El reto no está bajo tierra, sino en hacer eficiente lo que ya usamos.

Crucitas: el peor escenario

El fracaso del proyecto original dejó la zona abandonada, sin desarrollo económico y convertida en un verdadero desastre ambiental y social: contaminación por mercurio, tala ilegal, trata de personas y extracción que financia actividades ilícitas. Los proyectos de ley que buscan reactivar la minería en Crucitas nacen incompletos: no hay control territorial, no hay estudios de impacto actualizados ni seguridad para operar. Ninguna empresa seria invertirá en esa zona mientras no se ordene el territorio.

La discusión no debe centrarse solo en Crucitas: Abangares y otras regiones también requieren regulación y mejores prácticas. Seguir apostando por parches es perpetuar el problema.

Minería responsable como oportunidad

La transición energética mundial exige más minerales de los que se extrajeron en todo el siglo XX. Sin minería no hay paneles solares, baterías ni eólicas. Costa Rica debe decidir si seguirá siendo el “país del no” o si liderará con el ejemplo: minería con estándares del Banco Mundial e IFC, en ciclos cerrados, con inclusión de comunidades y mitigación ambiental.

Podemos replicar el éxito del sector de dispositivos médicos, integrándonos a la cadena de valor global de las energías renovables. Apostar por minería responsable es alinearse con nuestra visión de país verde y abrir oportunidades de desarrollo e inversión.

Conclusión

José Dengo nos invita a salir de la dicotomía: no se trata de escoger entre desarrollo o ambiente, se trata de hacer las cosas bien. Apostar por gas y petróleo es anclarnos al pasado. Apostar por minería responsable y energías renovables es abrirle la puerta al futuro.

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Ambiente

El país discute mientras la basura avanza

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La basura avanza mientras las instituciones discuten. Resolver la crisis exige dejar atrás el pleito y adoptar un sistema moderno que reduzca residuos, impulse la economía circular y convierta la gestión de desechos en una política seria, no en una disputa interminable.


Costa Rica está atrapada en una discusión que no resuelve nada mientras la basura sigue acumulándose. El nuevo reglamento del Ministerio de Salud busca ordenar un sistema que hace años perdió rumbo, pero la respuesta inmediata fue un choque institucional que desvía la atención del problema central: los residuos crecen más rápido que nuestra capacidad para gestionarlos.

La Procuraduría defiende la urgencia de las normas; las municipalidades alegan falta de recursos y capacidad operativa. Ambas posiciones tienen elementos válidos, pero ninguna evita la realidad más evidente: la basura no espera.

Cada día que el país dedica a pelear por competencias en lugar de actuar, el costo ambiental, sanitario y financiero aumenta.

Superar este estancamiento exige más que un reglamento y más que voluntad política. Implica reconocer que Costa Rica necesita un modelo moderno de economía circular, alianzas público–privadas que permitan innovar, y tecnologías que vuelvan eficiente una tarea que hoy es cara, fragmentada e ineficaz.

Los países que han avanzado no lo hicieron discutiendo quién debe recoger la basura, sino construyendo sistemas que la reducen, la clasifican y la transforman.

La pregunta no es quién gana la disputa legal, sino quién asume el liderazgo para que el país deje de reaccionar y comience a planificar. En la gestión de residuos, quedarse en el ring es perder tiempo; apostar por soluciones integrales es recuperar el futuro. Porque cuando la institucionalidad se empantana, la basura —y sus consecuencias— no se detienen.

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Crucitas: el costo de la inacción

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Costa Rica enfrenta en Crucitas una prueba que expone el fracaso de prohibir en lugar de gobernar. La ausencia de un marco legal para una actividad que de todas formas ocurre permitió que el crimen organizado ocupara el territorio, destruyera los ecosistemas y convirtiera el oro en un motor financiero ilegal. La salida no está en más prohibiciones, sino en recuperar el control con seguridad jurídica, lineamientos ambientales estrictos y una formalización responsable que detenga el daño y rompa el vínculo entre minería ilegal y mafias regionales.


Costa Rica enfrenta en Crucitas una de sus contradicciones más dolorosas: en nombre de la protección ambiental elegimos un modelo que terminó destruyendo justamente aquello que buscábamos preservar. La prohibición absoluta de la minería formal —celebrada en su momento como una victoria moral— solo abrió la puerta a la anarquía, mientras quienes promovieron esa narrativa hoy guardan silencio frente al colapso ambiental que dejaron atrás.

El vacío institucional no detuvo la extracción; la dejó sin reglas.

Y en ese espacio crecieron redes que arrasan con los bosques, contaminan con mercurio y cianuro, destruyen suelos y ríos, y se llevan el oro sin dejar un solo beneficio para las comunidades. Pero lo más grave es que esa actividad ilegal se convirtió en un motor financiero del crimen organizado: narcotráfico, trata de personas y lavado de dinero florecen donde el Estado renunció a gobernar.

Crucitas ya no admite eufemismos ni parches. Recuperar el territorio no es un debate ideológico, es una urgencia nacional.

La única salida realista es establecer un marco jurídico y ambiental de primer nivel que permita una explotación responsable, regulada y supervisada. Solo formalizando la actividad podremos detener el desastre ecológico, cortar el flujo de recursos a las mafias y restituir soberanía en una zona que hoy pertenece, de facto, a quienes operan fuera de la ley.

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Ambiente

El mito de la energía limpia en Costa Rica

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Costa Rica enfrenta una contradicción profunda entre la imagen verde que proyecta y la realidad energética que sostiene su economía. La dependencia del petróleo frena nuestro desarrollo, compromete recursos públicos y nos aleja de la soberanía que tanto proclamamos. La discusión urgente no es sobre defender el modelo actual, sino sobre modernizarlo: asumir nuevas tecnologías, diversificar la oferta y planificar un sistema capaz de acompañar el crecimiento del país. El reto no es ambiental; es estratégico. Y aplazarlo solo encarece el futuro.


Costa Rica lleva décadas vendiéndose al mundo como un país verde, pero nuestra matriz energética cuenta otra historia. Detrás del discurso ambiental sofisticado —y del marketing que tanto repetimos— se esconde un dato incómodo: el 65 % de toda la energía que consumimos proviene del petróleo.

La electricidad, que sí es mayoritariamente renovable, representa apenas un 35 %, una proporción que no alcanza para sostener la vida moderna ni para respaldar un crecimiento económico de apenas 3 % anual sin caer, una y otra vez, en combustibles fósiles.

La ironía es grande: mientras presumimos liderazgo ambiental, hemos gastado ₡408.000 millones en solo diez años importando energía o quemando diésel y búnker para suplir la demanda. Un país que se autoproclama ejemplo mundial no puede depender de prácticas que contradicen su propio relato. Pero eso es exactamente lo que hacemos. Y seguiremos haciéndolo si no rediseñamos nuestro sistema energético con la misma seriedad con la que se diseñan las campañas de imagen.

Porque el problema no es solo de narrativa; es de estructura. Represas y geotermia, por más valiosas que sean, no podrán sostener el consumo futuro. Y mantener el modelo actual nos condena a pagar más, contaminar más y depender más de fuentes externas. La soberanía energética no se logra con discursos inspiradores ni con fotos de bosques: se logra con decisiones tecnológicas audaces.

Eso implica una combinación de apuestas estratégicas: electrificar el 100 % de la flota liviana, usar gas natural local como solución de transición para el transporte pesado —más limpio y hasta cuatro veces más barato que el diésel— e incorporar tecnologías modernas como los Reactores Modulares Pequeños, capaces de ofrecer electricidad estable 24/7, segura y competitiva, algo que hoy no podemos garantizar.

La verdadera pregunta es si queremos seguir disfrutando del prestigio verde mientras nuestra realidad se deteriora, o si estamos listos para construir un modelo energético que realmente esté a la altura del país que decimos ser. Porque por más bonita que sea la narrativa, la energía no se genera con slogans.

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