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Turismo Legislativo

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RESUMEN

Cuando el gasto público se normaliza sin exigir resultados, se instala una dinámica donde las decisiones pierden propósito. El problema no es viajar, es la ausencia de criterio y evaluación.


Hay cosas en Costa Rica que se han ido volviendo cotidianas. Y cuando algo se vuelve cotidiano, deja de incomodar, deja de cuestionarse y termina, casi sin darnos cuenta, formando parte de una normalidad que nadie defiende abiertamente, pero que tampoco nadie se atreve a cambiar.

El tema de los viajes en la Asamblea Legislativa está exactamente en ese punto. Pocos han notado que, en las últimas semanas y a punto de su salida, muchos diputados andan acumulando millas de viajero frecuente y gastando el presupuesto anual de viajes de la institución.

Por eso la más reciente auditoría del gasto de la Asamblea no descubrió nada nuevo. Lo que hizo fue ponerle números y evidencia a una práctica que lleva años ocurriendo: se viaja mucho, se justifica poco y se aporta casi nada. 

Y lo más preocupante es que esto ocurre dentro de una institución que debería ser ejemplo de control, de racionalidad en el gasto y de responsabilidad política.

Aquí el problema no es viajar. Reducir la discusión a eso sería superficial. El problema es que no existe una relación clara entre el gasto y el valor generado. No hay evidencia de que esos viajes produzcan mejores leyes, mejores decisiones o siquiera mejores criterios para legislar. No hay trazabilidad, no hay evaluación y, siendo francos, tampoco hay mayor interés en que la haya.

Lo que sí existe es una dinámica instalada donde el viaje se convierte en un beneficio más del cargo. Una especie de extensión silenciosa de privilegios que se justifican bajo el paraguas de la cooperación internacional o la diplomacia parlamentaria, pero que en la práctica no tienen impacto real. Y eso, en el contexto fiscal en el que está Costa Rica, no se puede seguir tolerando.

El PARLATINO: una experiencia que confirma el problema

Durante mi paso por la Asamblea Legislativa hice un solo viaje internacional. Uno. Dos días en Panamá para asistir al PARLATINO. Fui por curiosidad, con la intención genuina de entender si ese espacio aportaba algo, si tenía sentido estratégico y si justificaba la inversión de recursos públicos que implica sostener esa participación.

Mi conclusión fue clara y, admito, incómoda: no sirve. No sirve para nada.

El problema no es de forma, es de fondo. El PARLATINO es un foro esencialmente declarativo y decorativo. Se discute mucho, se producen documentos, se generan consensos amplios sobre temas generales, pero no existe ningún mecanismo efectivo que obligue a los países a implementar lo acordado. Las resoluciones no son vinculantes, las llamadas “leyes modelo” rara vez se traducen en legislación concreta y no hay seguimiento serio sobre su adopción. Es, en la práctica, un espacio donde se conversa sin consecuencias. Un espacio de mentiritas. Un lugar donde se viaja nada más para pasar por el Duty Free del Aeropuerto de Tocumen, que está muy grande y bonito.

Eso lo convierte en un foro de bajo impacto en un mundo donde la regulación y la política pública se construyen cada vez más en espacios técnicos, exigentes y con mecanismos reales de presión y evaluación. La diferencia con la OCDE es evidente. Ahí no basta con estar. Hay que cumplir. Hay que demostrar avances. Hay que someterse al escrutinio. Ahí sí hay valor.

Costa Rica ya forma parte de ese ecosistema. Ya está en la mesa donde se discuten estándares que sí impactan la competitividad, la inversión y el desarrollo. 

Entonces la pregunta es inevitable: ¿para qué seguimos sosteniendo espacios que no aportan nada tangible? ¿Si ya jugamos en las grandes ligas, para qué bajar a segunda división a mejenguear?

Porque el argumento de la integración regional, aunque suena bien, no puede ser una excusa para mantener estructuras que no generan resultados. La integración útil es la que produce cambios, la que alinea políticas, la que mejora la calidad institucional. Lo demás es retórica. Y en el caso del PARLATINO, eso es precisamente lo que predomina.

El problema de fondo: gastar sin propósito

Cuando uno conecta esta experiencia con los hallazgos de la auditoría reciente, el panorama es aún más claro. No estamos ante casos aislados. Estamos frente a un problema estructural de cómo se concibe y se ejecuta el gasto dentro de la Asamblea Legislativa.

Viajes sin justificación clara, permisos extensos, actividades que no guardan relación con las funciones del funcionario, ausencia de controles efectivos y, sobre todo, una total falta de evaluación posterior. Nadie está preguntando qué se logró, qué se aprendió o qué cambió después de cada viaje.

Eso no es un problema administrativo menor. Es un problema de gobernanza.

Porque cuando una institución pierde la capacidad de vincular el gasto con resultados, lo que se rompe no es solo la eficiencia, es la legitimidad. Y eso, en una democracia, es mucho más grave.

Además, hay un costo que rara vez se menciona: el costo de oportunidad

Cada viaje que no genera valor es tiempo político que se pierde. Es atención que se desvía. Es energía institucional que se diluye en cosas irrelevantes mientras el país enfrenta desafíos que sí requieren foco, rigor y seriedad.

No es solo cuánto se gasta, es en qué se está dejando de invertir ese esfuerzo.

Cerrar lo que no sirve también es gobernar

Costa Rica tiene que empezar a tomar decisiones más claras en este tipo de temas. 

No todo lo que existe merece seguir existiendo. Y no toda participación internacional se justifica por el simple hecho de ser internacional.

Hay espacios que aportan y hay espacios que no. Y la diferencia no es ideológica, es práctica. El PARLATINO, para Costa Rica, está del lado de los que no aportan.

Por eso la recomendación es directa: el país debe retirarse de este organismo. Sin ambigüedades y sin rodeos. Ciao, Ciao. Esto permitiría no solo eliminar la cuota anual, sino también cortar una dinámica de viajes recurrentes a Panamá que, como ya quedó demostrado, no generan valor alguno.

Más importante aún, enviaría una señal correcta. Una señal de que el país está dispuesto a revisar críticamente sus decisiones, a ordenar sus prioridades y a alinear su participación internacional con criterios de impacto real.

No se trata de aislarnos, se trata de integrarnos mejor. De estar donde vale la pena estar.

Porque al final del día, gobernar bien no es solo crear. También es saber cerrar. Saber decir basta. Saber identificar qué cosas dejaron de tener sentido y actuar en consecuencia.

Y en este caso, la conclusión es bastante evidente: seguir viajando para nada no es una opción.


Las opiniones expresadas en este artículo son responsabilidad del autor y no representan necesariamente la postura oficial de Primera Línea. Nuestro medio se caracteriza por ser independiente y valorar las diversas perspectivas, fomentando la pluralidad de ideas entre nuestros lectores.

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