Ambiente
Un modelo de desarrollo para la biosfera
RESUMEN
Día con día el ser humano celebra lo que considera sus mayores éxitos: aumento en la expectativa de vida, avances en la medicina en general, aumento de la capacidad productiva e innovación tecnológica, entre otros. Pero… ¿a qué costo? Los datos demuestran que estamos consumiendo los recursos naturales a una tasa mayor a la capacidad de la naturaleza de restaurar lo consumido. Se requiere un nuevo modelo de desarrollo que priorice la restauración del capital natural para luego generar el deseado progreso y bienestar humano.Existe una marcada paradoja entre lo que concebimos como desarrollo y la huella que esa dinámica provoca en el ecosistema natural planetario.
Consideramos como éxitos humanos la expansión demográfica, la extensión de la expectativa de vida, los avances de la medicina, la capacidad de producción de alimentos, la habilidad de intercambiar bienes y servicios, y la exponencial invención tecnológica, para mencionar algunos.
Mientras tanto, hemos emitido en conjunto más de 30.000 millones de toneladas métricas de dióxido de carbono, hemos deforestado más de cuatro millones de hectáreas de bosque, hemos perdido más de seis millones de hectáreas de suelos por erosión, han aumentado en más de diez millones de hectáreas los desiertos del planeta, y hemos vertido casi nueve millones de toneladas de químicos tóxicos a la naturaleza. Estos datos son sólo para el año 2023[1], y cada año que ha transcurrido del presente siglo las estadísticas anuales han sido bastante similares. De manera colectiva, nos comportamos como si odiáramos la Tierra.
Hemos creído, por décadas, que el desarrollo sostenible consiste en encontrar un balance entre la economía, la sociedad y la naturaleza. A simple vista, estamos muy lejos de esa línea neutra de impacto ambiental que denominamos sostenibilidad. En la actualidad consumimos una cantidad de recursos naturales equivalente a 1.66 planetas Tierra cada año[2]. Quiere decir que estamos consumiendo recursos a una tasa mucho mayor a la biocapacidad planetaria, esto es, la vocación de la naturaleza de restaurar lo consumido. Si fuera una cuenta bancaria, podría decirse que estamos consumiendo los intereses y también una parte importante del principal cada año. Cualquier persona con conocimientos básicos en contabilidad, banca, finanzas o economía percibiría que, de continuar esa tendencia, los recursos se agotarán de manera irreparable.
Necesitamos un cambio de modelo económico con carácter de urgencia. La economía global se refiere a todos los intercambios de bienes y servicios con y sin fines de lucro que suceden entre seres humanos cada día en el mundo. Es importante subrayar que la economía depende de la humanidad para que funcione. También quiere decir que el ser humano fue quien la creó y es quien puede rediseñarla.
Por otro lado, la civilización cuenta con inmensa diversidad cultural e ideológica, la vocación plena de definir su propósito individual y colectivo, y también de libertad absoluta para dar rienda suelta a su espíritu emprendedor y practicar, inventar, crear y construir cualquier aptitud o emprendimiento que desee.
Por último – o quizás primero – está la biósfera, que son todas las especies que conforman la red de vida. Esta red comenzó a formarse hace unos 4,500 millones de años en la Tierra, gracias a la interacción entre el sol y la luna, el mar y las mareas, la tierra y el fuego. Para decir lo obvio, existe planeta Tierra sin biósfera pero no existe biósfera sin planeta Tierra. Del mismo modo, existe biósfera sin humanidad pero no existe humanidad sin biósfera.
El paradigma en el que vivimos en la actualidad mide, espera y celebra, mes con mes, que el valor monetario de la economía crezca, mientras que ve aumentar el sufrimiento de la civilización, y a la biósfera colapsar ante nuestros ojos en un planeta cada vez menos vivible.
El nuevo modelo de desarrollo que se requiere a escala global es uno que priorice la restauración del capital natural. Luego, que busque aumentar el progreso y el bienestar de la humanidad. Finalmente, que sea capaz de diseñar un nuevo modelo de negocio que monetice la creación de nuevo valor real para el bienestar de toda la biósfera.
Aunque en la teoría luce llamativo, parece fantasía concebir un modelo así en la práctica. Lo cierto es que, para quienes somos costarricenses, este es el modelo bajo el que nuestro país se ha desarrollado por más de 50 años. Grandes esfuerzos se han hecho para erradicar la deforestación, conservar vastas extensiones de mar y tierra en zonas protegidas y parques nacionales a perpetuidad, crear incentivos económicos para estimular la reforestación y consecuente regeneración de ecosistemas y biodiversidad, y diseñar industrias enteras basadas y orientadas hacia la naturaleza como lo es el turismo.
La nación costarricense, que conoce bien este modelo, está llamada a alzar la voz a nivel mundial sobre el modelo de desarrollo que restaura la viabilidad en la Tierra. Además, cada persona ciudadana de este país está convocada a estudiar a fondo el modelo, identificar áreas por mejorar y emprender ideas, propuestas, proyectos e iniciativas para robustecerlo. El propósito colectivo no es el de continuar sosteniendo la marca de país verde, sostenible y amigable con la naturaleza que ya tenemos. Esa es una consecuencia de nuestro actuar. Más bien, el propósito es llegar a ser un rincón del planeta donde todas las formas de vida sean bienvenidas y puedan habitar y desarrollarse dentro de los límites planetarios de la naturaleza para siempre.
[1] https://www.worldometers.info/ [2] https://www.footprintnetwork.org/resources/footprint-scenario-tool/
Las opiniones expresadas en este artículo son responsabilidad del autor y no representan necesariamente la postura oficial de Primera Línea. Nuestro medio se caracteriza por ser independiente y valorar las diversas perspectivas, fomentando la pluralidad de ideas entre nuestros lectores.
Ambiente
El país discute mientras la basura avanza
RESUMEN
La basura avanza mientras las instituciones discuten. Resolver la crisis exige dejar atrás el pleito y adoptar un sistema moderno que reduzca residuos, impulse la economía circular y convierta la gestión de desechos en una política seria, no en una disputa interminable.
Costa Rica está atrapada en una discusión que no resuelve nada mientras la basura sigue acumulándose. El nuevo reglamento del Ministerio de Salud busca ordenar un sistema que hace años perdió rumbo, pero la respuesta inmediata fue un choque institucional que desvía la atención del problema central: los residuos crecen más rápido que nuestra capacidad para gestionarlos.
La Procuraduría defiende la urgencia de las normas; las municipalidades alegan falta de recursos y capacidad operativa. Ambas posiciones tienen elementos válidos, pero ninguna evita la realidad más evidente: la basura no espera.
Cada día que el país dedica a pelear por competencias en lugar de actuar, el costo ambiental, sanitario y financiero aumenta.
Superar este estancamiento exige más que un reglamento y más que voluntad política. Implica reconocer que Costa Rica necesita un modelo moderno de economía circular, alianzas público–privadas que permitan innovar, y tecnologías que vuelvan eficiente una tarea que hoy es cara, fragmentada e ineficaz.
Los países que han avanzado no lo hicieron discutiendo quién debe recoger la basura, sino construyendo sistemas que la reducen, la clasifican y la transforman.
La pregunta no es quién gana la disputa legal, sino quién asume el liderazgo para que el país deje de reaccionar y comience a planificar. En la gestión de residuos, quedarse en el ring es perder tiempo; apostar por soluciones integrales es recuperar el futuro. Porque cuando la institucionalidad se empantana, la basura —y sus consecuencias— no se detienen.




Ambiente
Crucitas: el costo de la inacción
RESUMEN
Costa Rica enfrenta en Crucitas una prueba que expone el fracaso de prohibir en lugar de gobernar. La ausencia de un marco legal para una actividad que de todas formas ocurre permitió que el crimen organizado ocupara el territorio, destruyera los ecosistemas y convirtiera el oro en un motor financiero ilegal. La salida no está en más prohibiciones, sino en recuperar el control con seguridad jurídica, lineamientos ambientales estrictos y una formalización responsable que detenga el daño y rompa el vínculo entre minería ilegal y mafias regionales.
Costa Rica enfrenta en Crucitas una de sus contradicciones más dolorosas: en nombre de la protección ambiental elegimos un modelo que terminó destruyendo justamente aquello que buscábamos preservar. La prohibición absoluta de la minería formal —celebrada en su momento como una victoria moral— solo abrió la puerta a la anarquía, mientras quienes promovieron esa narrativa hoy guardan silencio frente al colapso ambiental que dejaron atrás.
El vacío institucional no detuvo la extracción; la dejó sin reglas.
Y en ese espacio crecieron redes que arrasan con los bosques, contaminan con mercurio y cianuro, destruyen suelos y ríos, y se llevan el oro sin dejar un solo beneficio para las comunidades. Pero lo más grave es que esa actividad ilegal se convirtió en un motor financiero del crimen organizado: narcotráfico, trata de personas y lavado de dinero florecen donde el Estado renunció a gobernar.
Crucitas ya no admite eufemismos ni parches. Recuperar el territorio no es un debate ideológico, es una urgencia nacional.
La única salida realista es establecer un marco jurídico y ambiental de primer nivel que permita una explotación responsable, regulada y supervisada. Solo formalizando la actividad podremos detener el desastre ecológico, cortar el flujo de recursos a las mafias y restituir soberanía en una zona que hoy pertenece, de facto, a quienes operan fuera de la ley.




Ambiente
El mito de la energía limpia en Costa Rica
RESUMEN
Costa Rica enfrenta una contradicción profunda entre la imagen verde que proyecta y la realidad energética que sostiene su economía. La dependencia del petróleo frena nuestro desarrollo, compromete recursos públicos y nos aleja de la soberanía que tanto proclamamos. La discusión urgente no es sobre defender el modelo actual, sino sobre modernizarlo: asumir nuevas tecnologías, diversificar la oferta y planificar un sistema capaz de acompañar el crecimiento del país. El reto no es ambiental; es estratégico. Y aplazarlo solo encarece el futuro.
Costa Rica lleva décadas vendiéndose al mundo como un país verde, pero nuestra matriz energética cuenta otra historia. Detrás del discurso ambiental sofisticado —y del marketing que tanto repetimos— se esconde un dato incómodo: el 65 % de toda la energía que consumimos proviene del petróleo.
La electricidad, que sí es mayoritariamente renovable, representa apenas un 35 %, una proporción que no alcanza para sostener la vida moderna ni para respaldar un crecimiento económico de apenas 3 % anual sin caer, una y otra vez, en combustibles fósiles.

La ironía es grande: mientras presumimos liderazgo ambiental, hemos gastado ₡408.000 millones en solo diez años importando energía o quemando diésel y búnker para suplir la demanda. Un país que se autoproclama ejemplo mundial no puede depender de prácticas que contradicen su propio relato. Pero eso es exactamente lo que hacemos. Y seguiremos haciéndolo si no rediseñamos nuestro sistema energético con la misma seriedad con la que se diseñan las campañas de imagen.

Porque el problema no es solo de narrativa; es de estructura. Represas y geotermia, por más valiosas que sean, no podrán sostener el consumo futuro. Y mantener el modelo actual nos condena a pagar más, contaminar más y depender más de fuentes externas. La soberanía energética no se logra con discursos inspiradores ni con fotos de bosques: se logra con decisiones tecnológicas audaces.
Eso implica una combinación de apuestas estratégicas: electrificar el 100 % de la flota liviana, usar gas natural local como solución de transición para el transporte pesado —más limpio y hasta cuatro veces más barato que el diésel— e incorporar tecnologías modernas como los Reactores Modulares Pequeños, capaces de ofrecer electricidad estable 24/7, segura y competitiva, algo que hoy no podemos garantizar.

La verdadera pregunta es si queremos seguir disfrutando del prestigio verde mientras nuestra realidad se deteriora, o si estamos listos para construir un modelo energético que realmente esté a la altura del país que decimos ser. Porque por más bonita que sea la narrativa, la energía no se genera con slogans.
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