Opinión

Charlie Kirk: Un día después

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Tiempo de lectura: 5 min

 

RESUMEN

La violencia política es el síntoma de un pacto roto: dejamos de reconocer al otro como legítimo y convertimos la confrontación en guerra. Recuperar el debate, fortalecer las instituciones y educar en civismo no es opcional si queremos que la democracia siga siendo el espacio donde se ganan ideas y no donde se cuentan cadáveres.


Hoy pretendía escribir sobre ciertas instituciones inútiles de las cuales Costa Rica forma parte, como el PARLACEN y el PARLATINO. Tenía ya el borrador avanzado, criticando cómo esas instituciones consumen recursos sin devolver nada tangible a nuestro país. Pero mientras tecleaba, me llegó un video que me revolvió el estómago. Contra mi buen juicio, di clic. Me arrepentí al instante. Vi el momento en que el político conservador Charlie Kirk fue abatido a balazos en un evento en Utah Valley University.

No era un seguidor ciego de Kirk, aunque sí lo seguía. En más de una ocasión discrepé con sus ideas, a veces con mucha distancia.

Pero siempre reconocí algo en él: la disposición a debatir. No rehuía la confrontación intelectual. Ponía el cuerpo y la voz para exponer sus posturas. Eso, en una democracia, debería valer más que cien eslóganes. Hoy esa voz fue silenciada de la peor manera: con una bala.

Cuando el adversario deja de ser legítimo

La democracia se sostiene en un pacto sencillo: reconozco que quien piensa distinto tiene derecho a existir políticamente. Sin ese pacto, lo que queda no es democracia.

El asesinato de Kirk me recordó, con brutalidad, que en muchas sociedades ese pacto ya se rompió. No es un episodio aislado. En julio de 2024, un mitin de Donald Trump en Pensilvania estuvo a punto de convertirse en tragedia nacional. En Minnesota, apenas en junio de 2025, dos legisladores estatales fueron asesinados en circunstancias igual de violentas. En abril, la residencia del gobernador de Pensilvania fue incendiada en lo que se investigó como terrorismo doméstico. Todo esto dibuja un patrón: el adversario dejó de ser adversario para convertirse en enemigo. Y cuando alguien es “enemigo”, se le elimina.

No es solo Estados Unidos

Sería ingenuo pensar que este fenómeno pertenece únicamente a la política norteamericana. En América Latina hemos tenido muchos ejemplos:

  • Brasil, con el atentado contra Jair Bolsonaro en 2018.
  • México, donde la violencia electoral es casi endémica: candidatos asesinados en cada proceso, con más de 30 muertos solo en 2021.
  • Ecuador, enlutado por magnicidios recientes que mezclan política y crimen organizado.
  • Colombia, con el asesinato de Miguel Uribe hace pocas semanas.

Costa Rica, aunque presume de paz, no es inmune. Hemos visto cómo crece la hostilidad contra el Presidente, diputados, magistrados y ministros en actos públicos. Cómo proliferan las amenazas en redes sociales, algunas explícitas. Hoy son insultos y fotos alteradas; mañana pueden ser proyectiles reales.

El combustible de la polarización

¿Por qué llegamos aquí? En mi opinión hay tres elementos que se retroalimentan:

  • Deslegitimación del otro. Cuando se repite que quien piensa distinto no es un ciudadano, sino un traidor o un corrupto, se está preparando el terreno para que alguien crea legítimo eliminarlo.
  • Instituciones débiles, complacientes o corruptas. Si la justicia es lenta, si los partidos se fragmentan, si la policía carece de protocolos, la violencia y la corrupción encuentran un espacio abierto.
  • Redes sociales como acelerador de odio. Plataformas diseñadas para maximizar la confrontación convierten la indignación en espectáculo. Y de ahí a la calle hay un paso.

Democracia o miedo

Un atentado político no elimina solo a una persona. Elimina la posibilidad de confrontar ideas. Roba la alternativa de convencer o ser convencidos.

Y cuando el miedo entra en la política, la democracia empieza a funcionar en piloto automático.

Los estados que no pueden proteger a sus líderes transmiten fragilidad. Y la fragilidad institucional no es un detalle: mina la confianza de los ciudadanos y abre espacio a populismos autoritarios que prometen orden a cualquier costo.

Costa Rica: lecciones urgentes

Aunque el asesinato de Kirk ocurrió en otro país, para Costa Rica deja aprendizajes inmediatos:

  • Seguridad en actos políticos. Estamos al inicio de una campaña electoral, los eventos públicos no pueden seguir siendo tratados como improvisaciones. Controles de acceso, fuerzas policiales y protocolos de evacuación deben ser parte (desgraciadamente) de la normalidad democrática.
  • Condena transversal, sin matices. No puede ser que los políticos condenen un atentado solo cuando la víctima pertenece a su partido. La defensa de la vida política debe ser unánime.
  • Reeducar en civismo. No basta con policías o escoltas. La democracia se protege también formando ciudadanos capaces de disentir sin odiar. Nuestra educación cívica requiere actualización urgente, no como asignatura de relleno, sino como eje central. En nuestro país un buen número de personas no saben qué institución hace qué, odian a un funcionario público porque debería hacer X, cuando X está fuera de su competencia.

El valor del debate

Charlie Kirk era polémico. A veces grosero, otras veces excesivo. Pero estaba ahí, exponiendo ideas. No se refugiaba en burbujas ni se escondía de la confrontación. Esa actitud vale oro en tiempos de intolerancia.

Hoy, en cambio, vivimos una paradoja: todos dicen defender la democracia, pero cada vez menos aceptan debatir en serio.

En Costa Rica lo vemos en la Asamblea Legislativa: más discursos diseñados para Facebook que para convencer a colegas en el plenario. La política convertida en monólogo. Y sin debate, lo que queda es imposición.

Lo que nos jugamos

La violencia política no pregunta ideologías. Hoy fue un conservador. Mañana puede ser un liberal, un socialdemócrata, un progresista. La bala no distingue. Y cuando aceptamos que la bala sustituya al argumento, la democracia pierde toda razón de ser. La urgencia es evidente: debemos reconstruir una cultura donde la fortaleza se mida por la capacidad de convencer, no por la capacidad de eliminar al otro. Y debemos hacerlo antes de que los entierros políticos se vuelvan rutina.

Condenar este asesinato, como todo asesinato político, no debe ser un gesto retórico: es un deber político y moral. Porque si callamos, validamos que la violencia es un camino legítimo. Y en democracia, la violencia nunca puede ser opción.

Debemos proteger a nuestros líderes, reforzar nuestras instituciones y defender el derecho a disentir.

Que nadie se confunda: cada bala contra un político es también una bala contra la democracia. Y si permitimos que esas balas se normalicen, lo que se extingue no es una ideología: es la posibilidad misma de convivir en libertad.


Las opiniones expresadas en este artículo son responsabilidad del autor y no representan necesariamente la postura oficial de Primera Línea. Nuestro medio se caracteriza por ser independiente y valorar las diversas perspectivas, fomentando la pluralidad de ideas entre nuestros lectores.

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