Política
Cuando uno se vuelve cheerleader, deja de pensar
RESUMEN
La democracia no se deteriora solo por malas decisiones, sino por la renuncia colectiva a pensar. Cuando el aplauso sustituye al criterio y la identidad reemplaza al análisis, el error deja de ser corregible y pasa a ser defendido. Recuperar el debate público exige incomodidad, precisión y ciudadanos dispuestos a cuestionar incluso a quienes les resultan afines. Sin eso, no hay liderazgo, solo eco.
Mi último artículo del año me encuentra con la siguiente reflexión: hay una confusión cada vez más extendida en la conversación pública costarricense: se cree que la lealtad consiste en aplaudir, y que la crítica consiste en traicionar. Esa idea, en política pública, es una fábrica de malas decisiones.
Lo veo todos los días en redes sociales. Y no solo en política. Lo veo en empresas, en juntas directivas, en equipos de trabajo. Cuando alguien asume un rol de liderazgo, su entorno tiende a polarizarse: unos se convierten en seguidores incondicionales; otros, en detractores automáticos.
En ambos casos, el resultado es el mismo: se sustituye criterio por identidad. Se deja de evaluar hechos y se empieza a defender camiseta.
A mí esa lógica me parece profundamente improductiva. Y me preocupa porque, en política, la figura del cheerleader no es solo inútil: es un riesgo sistémico.
El líder que solo escucha aplausos se vuelve un peligro
Un líder que se rodea de personas que únicamente confirman lo que quiere oír no está construyendo un equipo; está construyendo una burbuja. Y las burbujas no toman decisiones: se autojustifican.
En la práctica, el cheerleader cumple una función clara: blindar emocionalmente al líder. Convertir toda señal de error en “ataque”. Toda pregunta incómoda en “mala fe”. Toda crítica en “agenda”. A corto plazo eso da tranquilidad. A largo plazo, destruye la capacidad de corregir.
Un gobierno, un partido o un candidato que pierde la capacidad de corregir entra en modo de choque. Improvisa. Reacciona. Se radicaliza. Empieza a accionar para su tribuna.
Costa Rica no es ajena a esa dinámica. El debate público se ha degradado hasta convertirse en una disputa entre barras. Y, como ocurre en cualquier barra, la verdad importa poco. Lo que importa es ganar el pleito del día.
Nada de eso se resuelve con ovaciones
Paradójicamente, quien critica con seriedad suele ser más útil para el liderazgo que quien lo defiende por reflejo. No porque “sepa más”, sino porque cumple un rol que casi nadie quiere asumir: decir lo incómodo a tiempo, antes de que el error se convierta en crisis.
En el mundo corporativo, que es donde he tenido más experiencia, esto es evidente. Juntas directivas que solo escuchan al CEO terminan aprobando estrategias sin stress test. Equipos legales que solo “acompañan” dejan pasar riesgos regulatorios que luego cuestan millones. Áreas de compliance reducidas a formalidades brillan por su ausencia cuando llega el escándalo. En política ocurre exactamente lo mismo, solo que la factura es social.
La trampa emocional de los extremos
Los extremos comparten una característica: se alimentan de certezas absolutas. Necesitan héroes y villanos. Prefieren relatos simplistas y reduccionistas. Por eso detestan a quien no entra en su molde.
El seguidor fiel del Presidente sospecha de cualquiera que marque errores: “¿a quién está ayudando?”. El adversario, en cambio, sospecha de cualquiera que reconozca aciertos: “se vendió”. Es una lógica infantil, pero eficaz. Obliga a escoger tribu, no argumentos. Y ahí el análisis desaparece. Eso es lo grave.
No es casualidad que el espacio más atacado hoy sea el del criterio independiente.
Quien no se matricula ni en la devoción ni en el odio resulta incómodo para ambos bandos. Porque no sirve como instrumento. No es amplificador de propaganda.
El abuso de las palabras también es una forma de propaganda
Hay otro síntoma claro de esta degradación del debate: el uso irresponsable del lenguaje político. Lo puse en un comentario en redes sociales el otro día: comunismo, socialismo, totalitarismo, autoritarismo, ultraderecha, fascismo. Términos pesados. Conceptos con historia, doctrina y consecuencias reales. Hoy se lanzan al aire con una ligereza alarmante.
En un entorno polarizado —donde lo que realmente subsiste no son grandes proyectos ideológicos, sino mercantilismos y proteccionismos que se nutren del populismo— estos conceptos se han vaciado de contenido. Ya no describen sistemas políticos. Funcionan como armas retóricas.
Lo más preocupante es que este abuso no proviene solo de opinadores improvisados. Proviene también de personas con buena formación académica o trayectoria pública, que deberían poder distinguir entre modelos, regímenes y prácticas. Pero no lo hacen. Porque el ruido conviene.
Llamar “fascista” a todo lo que no me gusta o “comunista” a toda política con intervención estatal no es análisis. Es propaganda. Y aquí el punto central: el abuso del lenguaje es funcional al cheerleader. Quien vive de la adhesión ciega necesita palabras simples, exageradas y emocionales. El lenguaje preciso estorba.
El ruido no es un accidente. Es una estrategia.
Y el ruido hay que pararlo. Pararlo implica volver a llamar las cosas por su nombre. Distinguir entre autoritarismo y decisiones impopulares. Entre socialdemocracia y estatismo. Entre liberalismo económico y mercantilismo. Entre conservadurismo y progresismo. No para proteger a nadie, sino para proteger el debate público.
Cuando todo es extremo, nada lo es. Cuando todo es totalitario, el concepto deja de alertar.
En democracia, el fanatismo es una forma de pereza
Ser cheerleader es cómodo. Ser detractor automático también. Ambos roles tienen algo en común: evitan pensar.
El fanatismo reduce el esfuerzo intelectual. Entrega un manual. Dice qué creer, a quién odiar, qué justificar y qué minimizar. Y quita la incomodidad de admitir que “los míos” también se equivocan.
Pero la democracia no funciona con pereza. Funciona con ciudadanos que piensan, que distinguen, que cambian de opinión cuando los hechos cambian, que sostienen estándares incluso frente a quienes les caen bien.
Si uno se matricula, deja de opinar
Por eso sostengo lo que he dicho antes: el día en que me matricule en cualquiera de los dos extremos dejo de opinar y dejo de escribir. Porque en ese momento dejaría de interpretar la realidad y empezaría a defender una identidad.
Y cuando uno defiende identidad, el análisis se vuelve accesorio. El dato estorba. La verdad deja de ser prioridad.
Costa Rica necesita recuperar una idea básica: el pensamiento crítico no es ser tibio; es responsabilidad.
Criticar no es destruir. Es construir mejor. Es corregir a tiempo. Es exigir que la emoción no sustituya a la evidencia.
Eso aplica para el Presidente y para sus adversarios. Para oficialismo y oposición. Para el sector público y el privado. Para izquierda y derecha. Para cualquiera que tenga poder, presupuesto o micrófono.
Como este es mi último artículo del año, prefiero cerrar con una invitación simple y útil.
Pregúntense con honestidad:
- ¿Qué cosas justifica hoy que hace unos años le indignaban?
- ¿Qué errores minimiza solo porque “son de los suyos”?
- ¿A quién le perdona incoherencias que no le perdonaría al otro?
- ¿Cuándo fue la última vez que cambió de opinión por evidencia y no por presión social?
Si esas preguntas incomodan, funcionan.
La conversación pública costarricense no necesita más barras. Necesita más ciudadanos.
Y si alguno de ustedes está en un puesto de liderazgo, político o corporativo, y les incomoda la crítica reflexiva, revisen su entorno: tal vez no tienen un equipo. Tal vez tienen un coro.
Las opiniones expresadas en este artículo son responsabilidad del autor y no representan necesariamente la postura oficial de Primera Línea. Nuestro medio se caracteriza por ser independiente y valorar las diversas perspectivas, fomentando la pluralidad de ideas entre nuestros lectores.
