Empleo
Enfrentando el desempleo estructural
RESUMEN
Reducir la pobreza y el desempleo estructural exige un cambio de enfoque: dejar de romantizar el asistencialismo y apostar por políticas públicas que empoderen, fomenten el empleo formal, eliminen trabas y promuevan oportunidades reales para jóvenes, mujeres, adultos mayores y emprendedores. La igualdad no se logra repartiendo lo que no existe, sino creando condiciones para que todos puedan producir y prosperar.
Difícilmente podremos disminuir la pobreza y la desigualdad social si seguimos apostando por el asistencialismo en vez de por la generación de riqueza.
Es imposible repartir lo que no existe.
Es mucho mejor concentrarnos en generar oportunidades para que las personas puedan valerse por sí mismas y aspirar a una vida digna; pero eso solo se logrará por medio de un empleo o un emprendimiento. Para que esto sea una realidad, se necesita un Estado facilitador, y no uno que estorba y es muy costoso de mantener. Además, debe existir una institucionalidad sólida y simple que lo respalde.
Si queremos más empleos de calidad, tenemos que bajar los costos de producción, y eso pasa inevitablemente por la reforma del Estado. Tenemos que empezar la discusión sobre qué servicios queremos que nos brinde el Estado, por qué y para qué; pero, sobre todo, cómo los vamos a evaluar, pues de lo contrario seguiremos ahogando al parque empresarial nacional para mantener una estructura burocrática compleja, que no satisface las necesidades de los ciudadanos.
En ese sentido, como cualquier problema complejo, deben atacarse todas sus causas. Ese enfrentamiento con la realidad nos llevará inevitablemente a entender que nuestros problemas son estructurales, que la época de los parches ya pasó, y que todas las causas expuestas a continuación requieren dejar atrás enfoques añejos y ajustar nuestra mentalidad a la realidad del siglo XXI.
Un sistema de salud cargado al que genera empleos.
Llevamos por lo menos dos décadas de atraso en la discusión sobre la reforma de nuestros sistemas de salud y pensiones; sin embargo, la seguimos aplazando, en vez de aceptar que sus estructuras se basan en cimientos endebles y desactualizados.
La transformación que requiere la CCSS es tema para otro artículo, pero ya tenemos evidencia suficiente de que las cargas sociales son demasiado altas y arbitrarias, lo cual fomenta la informalidad y el desempleo.
En campaña, varios partidos políticos llevaban propuestas para disminuirlas. Ojalá decidan retomarlas. Por parte del Poder Ejecutivo, se requiere una supervisión exhaustiva para hacer los ajustes en gastos que eviten el despilfarro y la impunidad —que, disfrazados de autonomía, reinan en esa institución.
Fomentar el emprendedurismo.
Primero que todo, tenemos que dejar de ver a las personas que no lo logran como parias, pues solo el que prueba y está dispuesto a caerse y volver a intentarlo va a tener éxito en algún momento.
Además, imaginen cuánto aprenderíamos de ellos, y lo que podrían estar enseñando en las aulas universitarias, en vez de seguir escuchando a los que añoran el pasado porque viven del sistema.
Podríamos convertirnos en un hub de innovación, para lo cual hace falta que creemos ecosistemas donde los emprendedores puedan trabajar, con soportes en materia de capacitación y financiamiento apremiantes. Desde pequeños, podemos fomentar entre los niños al que cuestiona, al que se distrae, al que trata.
La perseverancia y la resiliencia son características deseables, y solo se logran fracasando y volviendo a levantarse.
La discriminación por edad.
Nada mejorará si seguimos pensando que una persona mayor de 45 años ya no tiene nada que aportar o que un joven sin experiencia no merece una oportunidad. Ambos extremos sufren las consecuencias de prejuicios profundamente arraigados que están limitando nuestro potencial como país.
En el caso de los jóvenes, se enfrentan al círculo vicioso de no tener experiencia y por eso no conseguir trabajo. Una vía efectiva sería permitir contrataciones especiales, como la de pasantes, que les permitan adquirir experiencia práctica sin que eso implique para el empleador las mismas condiciones que una contratación definitiva.
No todo primer empleo debe ser una relación laboral permanente, y debemos dejar de ver estas figuras como explotación.
Otra opción es la educación dual, una herramienta poderosa que combina estudio con experiencia laboral supervisada, y que ha demostrado funcionar en múltiples países. Sin embargo, en Costa Rica ha sido satanizada, especialmente por grupos sindicales que solo piensan en su propio bienestar y no en cómo mejorar las condiciones de quienes vienen detrás.
En cuanto a las personas mayores, múltiples estudios demuestran que, debido al aumento en la expectativa de vida, la edad más productiva está entre los 50 y los 70 años. Estamos descartando talento y experiencia por concepciones del siglo XIX, cuando deberíamos fomentar el mentoring, por ejemplo.
Ya hay muchos experimentos sociales donde se comprueba que la mezcla de experiencia y paciencia —que dan los años— y el ímpetu y audacia de la juventud tienen efectos maravillosos. Entonces, apliquémoslos.
Si de verdad queremos reducir el desempleo estructural, necesitamos una cultura que facilite el aprendizaje en el trabajo, que forme en la práctica, y que no castre las oportunidades con leyes rígidas o prejuicios ideológicos. La edad no debe ser un obstáculo, ni para empezar ni para seguir aportando.
La incorporación de las mujeres al mercado laboral.
La principal razón para su discriminación es que resultan más caras en materia laboral que los hombres. Entonces, debemos atacar ese problema sin encarecer los costos de producción para los empleadores.
El diseño de política pública para nivelar oportunidades es la única manera de facilitar su incorporación al mercado laboral.
Deben integrarse apoyos donde la realidad social ha mostrado que son necesarios, como en opciones de cuido, por ejemplo. Y debe eliminarse el costo extra por maternidad, haciendo que la CCSS lo cubra al 100%, ya que de todos modos le cobra por igual a hombres y mujeres.
El MTSS y la legislación laboral.
Debe simplificarse la contratación y el despido de personas, y ajustarse a la realidad de nuestro parque empresarial, que está conformado en más de un 90% por PYMES.
En este momento, hay diferencias radicales entre un microempresario o emprendedor y un empleado, cuando en realidad la única diferencia es que el empleado tiene su salario asegurado, mientras que el que contrata solo cobra si queda algo después de pagarle el 60% de su utilidad al socio que, en vez de facilitarle, le estorba.
Hay que alinear la oferta a la demanda de empleo, de manera tal que el Ministerio de Trabajo sea una institución que promueva las contrataciones, y no una que persiga al que produce.
Debemos dejar de ver el salario mínimo o los horarios rígidos como conquistas sociales que fueron indispensables en un momento dado, pero que ya no se ajustan a nuestra realidad y se convierten en trabas innecesarias.
En los países nórdicos, como Dinamarca, Finlandia y Suecia —que tanto admiran los que se aferran a esas prácticas— no se aplican. Aprendamos de los que lo hacen mejor. Ya sabemos que funciona.
Podría seguir, pero creo que la idea está clara: simplemente hay que pensar en empoderar, y crear apoyos en vez de seguir fomentando la visión de víctimas y el asistencialismo perverso, que en nada nos ayuda a enfrentar el desempleo estructural.
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