Política
Guía para dejar de ser indeciso sin morir en el intento
RESUMEN
La indecisión no es falta de interés, es resistencia a decidir mal. En un escenario saturado de ruido, promesas y emociones prefabricadas, tomarse el tiempo para pensar el voto se vuelve un acto de responsabilidad. No para encontrar certezas —que no existen— sino para asumir la decisión con criterio, conciencia y sin delegarla al azar.
Faltan pocas semanas para el 1 de febrero de 2026. Ese domingo, Costa Rica por fin elegirá Presidencia, dos Vicepresidencias y 57 diputaciones, en una jornada continua de 6:00 a. m. a 6:00 p. m. Y, sin embargo, un dato domina el ambiente: la indecisión es el bloque más grande. En el estudio del CIEP-UCR, publicado el 3 de diciembre de 2025, el 45% de quienes dicen que van a votar seguían sin saber por quién hacerlo. Confieso que yo soy uno de ellos, aún al día de hoy.
Muchos lo dicen con vergüenza, como si estar indeciso fuera un defecto moral; yo no. No lo es. La indecisión es un síntoma de prudencia: la mente se resiste a entregar un cheque en blanco. El problema es otro: cuando la indecisión se vuelve parálisis, y la parálisis se vuelve abstención o voto impulsivo. Ahí sí perdemos todos.
La campaña, los debates, la proliferación de medios no están diseñados para ayudar a pensar. Están diseñados para capturar la atención. Para ganar por esperanza, por odio o por miedo. El ruido —encuestas contradictorias, clips de indignación, verdades repetidas hasta sonar indiscutibles— termina decidiendo por quien no se toma un tiempito para poner filtros.
Esta guía de último momento que me inventé no es un manual. Es eso: una guía alimentada por muchas cosas que he escrito en el pasado. No es para votar “bien”. No hay voto bueno ni voto malo, sin importar lo que diga la gente. Es para votar con criterio.
Para pasar del “no sé” a una decisión defendible. Y para no sucumbir en el intento, recordando que el voto es un derecho único e intransferible. Es una de las decisiones más íntimas que tomamos cuando nadie más está viendo.
Antes de elegir candidatos, elijamos lo que nos importa
En política, lo que nos importa vale más que el resultado. Un elector sin prioridades es presa fácil de la última polémica, del último video, de la última encuesta, del último tuit (sí, ya sé que no se llaman así).
Les propongo una regla simple: no decidir por acumulación de impresiones; decidir por evaluación de criterios.
Eso implica dos decisiones prácticas:
- Definir 3 prioridades máximas. Tres, no veinte (ej.: costo de vida, salud, seguridad, educación, etc.). Si todo es prioridad, nada es prioridad.
- Definir 3 filtros transversales: condiciones mínimas que usted no negocia en ningún ámbito (ética, respeto institucional, viabilidad fiscal, etc.).
Con eso ya ganó la mitad de la batalla: el ruido y qué tan bien o mal me cae el candidato dejan de ser la cancha
Separar lo emocional de lo esencial (sin negar lo emocional)
La política no es un debate racional. Hace tiempo dejó de serlo. Las campañas son un show; la forma, desgraciadamente, sustituye al fondo. La pregunta no es si usted va a sentir algo. La pregunta es si va a permitir que ese sentimiento defina su voto.
Un atajo útil —incómodo pero real— es este: pregúntese cómo vive la política quien no tiene mis privilegios, quien no tiene dónde dormir. Piense. A veces nos dejamos llevar solo porque nos cae mal un candidato, no por cómo responde a lo que nos importa.
En campaña es usual discutir formas, tonos, modales desde posiciones de privilegio; desde pedestales de moralidad. Para la gran mayoría, lo que importa es si alcanza para pagar la luz, el agua, la comida; si hay seguridad para volver a casa; si el EBAIS atiende; si hay empleo.
Entonces, sí: escuche su emoción. Pero sométala a examen. Porque el país no se gobierna con catarsis.
Manual presidencial: 10 elementos para valorar
- Liderazgo: carácter bajo presión, no carisma en tarima. Liderazgo no es popularidad. Es sostener decisiones difíciles con estabilidad emocional, sin vivir culpando a otros. Prueba concreta: cuando enfrenta una crisis o una pregunta incómoda, ¿se ordena o se descompone? ¿Responde o actúa como comentarista de su propia vida? Alerta roja: prometer “mano dura” para todo sin autocontrol para nada.
- Capacidad de formar equipos: gobernar es deporte colectivo. La campaña vende “una persona”; el gobierno es un equipo. Un círculo cerrado gobierna desde la improvisación. Pregunta operativa: ¿a quién puede atraer? ¿a quién le creen los profesionales serios? Atajo: revise quiénes le acompañan cuando no hay cámaras.
- Gobernabilidad: aritmética legislativa y capacidad de construir mayorías. Costa Rica no premia al iluminado; premia al que logra acuerdos. No se trata de “renunciar a convicciones”; se trata de entender que sin Asamblea no hay agenda. Y que la Asamblea no se mueve por genialidades individuales, sino por mayorías construidas. Alerta roja: el candidato que gana puntos peleándose con todo el mundo en campaña suele quedarse solo gobernando.
- Coherencia programática: prioridades, números y tiempos que cierren. Un programa no es un contrato, pero sí es una radiografía de coherencia. Sirve para separar el discurso fácil del pensamiento estructurado. No pida una tesis; pida tres cosas: prioridades claras, una ruta temporal razonable y consistencia con la realidad fiscal. Alerta roja:prometer todo, rápido y sin costo.
- Viabilidad fiscal: el país no aguanta fantasías presupuestarias. Si una propuesta implica gastar más, pregunte: ¿de dónde sale? Si no hay respuesta, no hay plan; hay marketing.
- Respeto institucional: firmeza sin demolición. La democracia no se defiende con discursos; se defiende ejerciéndola. El presidente administra el conflicto, no lo convierte en doctrina. Evalúe si el candidato entiende de límites, controles y pesos institucionales, o si sueña con gobernar sin fricciones. Alerta roja: quien necesita enemigos permanentes para explicar todo.
- Ética y manejo de poder: brújula, no maquillaje. La ética no es un accesorio. Es lo que evita que las presiones económicas, mediáticas y partidarias lo doblen. En un sistema presidencialista, una mala brújula se paga caro. Atajo práctico: mire cómo trata a quienes le contradicen. Ahí aparece el carácter real.
- Seguridad: enfoque, coordinación y resultados medibles. Si la inseguridad es una preocupación central para la ciudadanía, no basta con “mano dura”. Pida metas: homicidios, extorsión, decomisos, tiempos de respuesta, coordinación interinstitucional. Sin indicadores, lo demás es retórica.
- Economía real: entender lo que cuesta producir. Una pregunta brutalmente útil: ¿esta persona entiende lo que significa pagar salarios, pagarle a la Caja, cumplir regulaciones, absorber costos y vivir con incertidumbre? Si no lo entiende, tenderá a gobernar con abstracciones. Esto suele ser el caso de quien NUNCA ha puesto un pie en el sector privado.
- Preparación: disciplina intelectual y humildad operativa. Gobernar exige conocimiento del Estado, del presupuesto, del derecho administrativo y de la lógica de la gestión pública. No se necesita un académico; se necesita alguien que se tome en serio gobernar.
Manual legislativo: cómo elegir diputados sin caer en la trampa del show
Aquí solemos fallar más. Votamos por el “más mediático”, el “más bravo”, el “mejor orador”. Y luego nos extrañamos de la ineficacia.
La experiencia legislativa enseña algo incómodo: las destrezas más premiadas por la opinión pública no siempre son las que sostienen el trabajo real. Lo que define la eficacia es leer contextos, tender puentes y sostener convicciones bajo presión.
Paquete mínimo sugerido:
- Base técnica sólida y consistencia ideológica (condición necesaria). Si va a hablar de finanzas públicas, debe entender impuestos, déficit, deuda y crecimiento. Si va a hablar de seguridad social, debe conocer la estructura y autonomía de la Caja. Si invoca libre competencia, debe conocer el marco constitucional y legal. Si dice que es liberal, que después no aparezca ondeando una bandera de un partido de izquierda (perdón, no me pude resistir).
- Humildad: servicio, no ego. Un diputado no está para “coleccionar aplausos fáciles”. Está para servir.
- Claridad sobre a quién representa. No se representa a sí mismo, ni a su tribu ni a su burbuja. Representa al país entero. Eso implica decir “no” a presiones cuando chocan con el interés general.
- Autenticidad: el antídoto contra el diputado rehén del like. El diputado que vive buscando titulares termina siendo rehén de la coyuntura. El puesto tiene fecha de expiración; la coherencia es lo único que sobrevive.
- Escucha activa y trabajo en equipo. En parlamento, escuchar pesa tanto como hablar. Y sin trabajo entre las bancadas, las ideas no caminan.
- Ética: el fundamento. Sin ética, todo lo demás es decorativo.
Un sistema de decisión en 60 minutos (sí, 60)
Si usted está indeciso hoy, le dejo esta propuesta:
- Elija 3 candidatos presidenciales finalistas. No diez. Tres.
- Póngales puntaje (0–5) en los 10 elementos presidenciales de esta guía.
- Elija 2 partidos para diputaciones (por provincia) y repita el ejercicio con el paquete legislativo (técnica + cualidades).
- Descarte por “líneas rojas” (transversalidades). Si falla ética o respeto institucional, no hay puntaje que compense.
- Valide con una conversación: hable con dos personas sensatas que piensen distinto. No para que lo convenzan; para detectar puntos ciegos.
Esto convierte la elección en un acto adulto: imperfecto, pero defendible.
Antídotos contra el ruido: cinco reglas de higiene mental:
- No decida por la “Alka Seltzer del día”. La última polémica es una trampa. El último video también lo es.
- No idolatre. El fanatismo es pereza intelectual.
- Desconfíe de las promesas que ignoran restricciones presupuestarias.
- Priorice propuestas que respondan a problemas reales, no a aplausos rápidos.
- Recuerde el punto central: la abstención es la mejor aliada de quienes quieren que nada cambie.
Votar y no sucumbir.
El 1 de febrero de 2026 usted recibirá dos papeletas (Presidencia/Vicepresidencias y Diputaciones). Llegue con decisión tomada. No la “termine de cocinar” en media fila. Porque ahí manda el ruido: el comentario, el rumor, la ocurrencia.
Y si hoy, leyendo esto, usted todavía siente que “no sabe”, quédese tranquilo: no está tarde. La indecisión masiva existe.
La democracia no se hereda como una finca. Se trabaja como una empresa: con información, método, rendición de cuentas y decisiones bajo incertidumbre. Nadie le puede prometer certeza. Pero sí puede exigirse a usted mismo una cosa: que su voto no sea un accidente.
Ese, al final, es el estándar mínimo de ciudadanía adulta. En Costa Rica, hoy, ese estándar ya sería una reforma profunda.
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