Política

Vender humo es fácil

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RESUMEN

El romanticismo revolucionario puede sonar atractivo, pero la evidencia histórica muestra que la prosperidad surge de libertad económica, instituciones sólidas y estabilidad.


En la reciente toma de la Rectoría de la Universidad de Costa Rica, el grupo de estudiantes dejó pintada una pared con una frase que decía algo como: “el capitalismo no sirve, el sistema hay que cambiarlo, ¡revolución ya!”. Casi nada. Con esa estética entre rebeldía universitaria y performance ideológico que uno podría atribuirle a Banksy si hubiera nacido en San Pedro de Montes de Oca, sobrevivido a punta de cantonés y pasado demasiadas horas en asambleas estudiantiles.

La frase, por supuesto, suena potente. Tiene ritmo. Tiene salsa. Tiene rabia. Tiene esa épica juvenil que, a cierta edad, parece suficiente para explicar el mundo entero. El problema es que el mundo real no funciona con consignas pintadas en una pared. Y muchísimo menos la economía de un país.

Porque una cosa es protestar. Eso está bien. Otra muy distinta es romantizar ideas que, cada vez que se han intentado implementar seriamente, han terminado produciendo exactamente lo contrario de lo que prometían. Y aquí es donde la mula botó a Jenaro…

Porque cuando uno aterriza la conversación y le quita el humo romántico al discurso revolucionario, aparece un detalle bastante jodido para quienes siguen soñando con “la revolución”: el socialismo, como sistema económico real, nunca logró construir sociedades sosteniblemente prósperas, libres y abundantes. Pregunten en Cuba. Nunca.

El mito nórdico y la realidad económica

Y no, antes de que alguien salga con el manual viejo de siempre, Suecia no es socialista. Noruega tampoco. Dinamarca menos. 

Los países nórdicos son economías capitalistas hasta la médula. Lo que pasa es que aquí mucha gente confunde bienestar social con socialismo. Y no son la misma cosa. Ni de cerca.

En Suecia hay propiedad privada. Hay competencia. Hay mercados abiertos. Hay inversión extranjera. Hay empresas gigantescas haciendo plata por todo el mundo. ¡Vivan IKEA y LEGO! Hay innovación. Hay seguridad jurídica. Hay incentivos para producir. Lo que también hay es un Estado serio que redistribuye parte de esa riqueza vía impuestos y servicios públicos de calidad.

Eso es una sociedad liberal, no socialismo. Y la diferencia importa muchísimo, porque el socialismo parte de una idea profundamente seductora, especialmente para gente joven: que la desigualdad existe porque unos pocos controlan la riqueza y que, si el Estado toma el control de la economía y redistribuye los recursos, entonces aparecerá automáticamente una sociedad más justa.

Suena lindísimo en una camiseta. De esas que el capitalismo vende, wink wink, con la imagen de Che Guevara. 

Cuando la teoría se convirtió en realidad

El problema es que, cuando eso se llevó a la práctica, casi siempre terminó en escasez, autoritarismo, corrupción o pobreza masiva.

Ahí está la Unión Soviética, que prometía el paraíso obrero y terminó haciendo fila hasta para conseguir papel higiénico.

Ahí está Cuba, donde durante décadas se romantizó la revolución mientras miles de personas seguían huyendo de la isla apenas tenían oportunidad. Porque una cosa es andar con la camiseta del Che en Barrio Escalante y otra muy distinta es vivir en un sistema donde conseguir leche, medicinas o electricidad es deporte extremo.

Y ni hablar de Venezuela. Uno de los países más ricos de América Latina terminó convertido en una tragedia continental después de décadas de controles, clientelismo y obsesión estatal por manejar absolutamente todo.

Y aquí viene una pregunta brutalmente simple: si el socialismo funciona tan bien, ¿por qué históricamente la gente se juega la vida para salir de esos sistemas y no para entrar a ellos?

Porque la realidad económica tiene una característica profundamente antipática para los revolucionarios de café: no le importa el idealismo. La economía responde a incentivos, productividad, inversión, estabilidad y confianza.

Lo que realmente genera prosperidad

La riqueza no aparece porque un grupo de estudiantes declare que “el sistema hay que cambiarlo”. Los salarios no suben porque alguien pinte “revolución ya” en una pared. La comida no aparece por decreto. Y los países no se desarrollan repartiendo pobreza con mejor discurso moral.

Ahora bien, defender el capitalismo tampoco significa hacerle un altar. El capitalismo tiene defectos. Genera desigualdad. Puede producir abusos corporativos. Puede concentrar poder económico de formas peligrosísimas. Puede dejar gente atrás. Claro que sí.

Pero hay una diferencia gigantesca entre un sistema imperfecto que puede corregirse y uno que históricamente ha necesitado restringir libertades para sostenerse.

Porque las grandes conquistas sociales de Occidente no surgieron destruyendo el mercado. Surgieron trabajando junto al mercado.

Los derechos laborales, la seguridad social, las jornadas de trabajo, la educación pública, la regulación ambiental y la protección al consumidor nacieron dentro de economías de mercado. No contra ellas.

Hay además una contradicción bastante curiosa en todo esto. Muchísimos de quienes hoy gritan “abajo el capitalismo” lo hacen usando iPhone, redes sociales privadas, plataformas digitales multinacionales y tecnologías creadas precisamente dentro del sistema que dicen detestar. Hay muchos que tienen de ídolo a Diego Ruzzarín quien, paradójicamente, es en sí mismo uno de los productos capitalistas más vendibles de hoy. Otra vez, no tiene nada de malo usar esas cosas. Lo raro es no darse cuenta de la contradicción.

Y ojo, tampoco culpo del todo a los estudiantes. La universidad siempre ha sido terreno fértil para el idealismo. Así ha sido toda la vida. A cierta edad uno cree que puede rediseñar el mundo entero desde cero. Y hay algo hasta bonito en eso. Yo alguna vez fui socialdemócrata, hasta que alcancé la edad de la razón.

El problema aparece cuando el romanticismo político sustituye el estudio serio de la historia. Porque la historia importa. Muchísimo.

Y la historia económica del último siglo deja algo bastante claro: los países que lograron reducir pobreza masivamente, ampliar acceso a educación, mejorar alimentación, generar movilidad social y construir sociedades más prósperas no fueron los que destruyeron el mercado. Fueron los que trabajaron junto a él.

En otras palabras, lo que funciona no es la revolución permanente. Lo que funciona, aunque suene muchísimo menos sexy para una pared universitaria, es algo bastante más aburrido: instituciones serias, crecimiento económico y reformas inteligentes. Pero claro, eso no cabe tan bien en un grafiti.


Las opiniones expresadas en este artículo son responsabilidad del autor y no representan necesariamente la postura oficial de Primera Línea. Nuestro medio se caracteriza por ser independiente y valorar las diversas perspectivas, fomentando la pluralidad de ideas entre nuestros lectores.

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