Opinión

La farsa institucional en Venezuela: un grito contra la dictadura de Maduro

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RESUMEN

La toma de posesión de Nicolás Maduro tiene una aparente legitimidad sólo dentro del lugar donde se celebró. Alejados de los discursos, la escenografía y la claque, ese halo de legalidad se desvanece rápido y resulta obvio que lo que se festeja es la permanencia en el poder a toda costa. Fuera de las fronteras de Venezuela, percibir esta ceremonia como lo que realmente es, se hace aún más común entre los distintos gobiernos y, desde la comunidad internacional, hay acciones que deben ejercerse para que esta farsa no continúe impunemente.


La ceremonia de investidura del dictador venezolano Nicolás Maduro, ocurrida el 10 de enero de 2025, es un triste recordatorio de cómo un régimen autoritario puede manipular las instituciones para perpetuarse en el poder. Este acto, que se llevó a cabo bajo un manto de ilegitimidad, representa la consolidación de un proyecto autocrático que se fundamenta en el fraude electoral, la represión brutal de la disidencia y la negación de los derechos humanos más básicos. 

Resulta alarmante observar cómo, tras años de crisis política y humanitaria, el régimen de Maduro logra sostener su poder gracias a un complejo entramado de corrupción y complicidades que, pese al creciente aislamiento internacional, le permite continuar oprimiendo a su pueblo. 

En lo personal sueño con verlo salir, pero como dice el dicho “boca arriba y con los pies por delante”.

Desde una perspectiva internacional, cada vez son más los gobiernos y organismos multilaterales que desconocen la legitimidad de este nuevo mandato. Los pronunciamientos de nuestro país (muy oportunos, por cierto) y países como Estados Unidos, varias naciones de la Unión Europea y numerosos gobiernos latinoamericanos —incluidos líderes progresistas y de izquierda como Gabriel Boric de Chile y Bernardo Arévalo de Guatemala— señalan la gravedad de la situación: estamos ante una dictadura que viola sistemáticamente la voluntad popular y asfixia a quienes levantan la voz en su contra. 

Lamento mucho la actitud complaciente de México, donde, Claudia Sheinbaum, la primera mujer presidente de ese país, decidió hacerse la tonta y darle la espalda a María Corina Machado. Sobre los gobernantes que apoyan a Maduro, ni para qué referirse, son los mismos impresentables de siempre. 

La condena moral de la comunidad internacional no basta. La impunidad con la que opera el régimen solo puede frenarse con acciones coordinadas, vigorosas y persistentes que hagan sentir el peso de la presión global.

Para profundizar en la realidad venezolana, debemos abordar el desastre económico y humanitario que ha sumido a millones de personas en condiciones de pobreza extrema. Mientras la cúpula del régimen se enriquece con la corrupción y el manejo indiscriminado de los recursos del Estado, la población enfrenta escasez de alimentos, falta de medicamentos esenciales y una hiperinflación galopante que destruye por completo el poder adquisitivo. La consecuencia de esta crisis es un éxodo masivo de venezolanos que buscan en otros países una oportunidad de vida digna, generando tensiones migratorias y repercusiones en toda la región.

El panorama en Venezuela ya no es solo una preocupación local, sino un asunto que compete a la comunidad internacional. La inestabilidad política en la región y la amenaza a la democracia en el hemisferio son factores que obligan a las naciones comprometidas con la libertad y los derechos humanos a intervenir con mayor decisión.

En ese sentido, considero que las siguientes acciones deben constituir la columna vertebral de una respuesta más sólida de la comunidad internacional:

  1. Aumento de la presión diplomática: La retirada de embajadores, la suspensión de relaciones diplomáticas y la exclusión de Venezuela de organismos internacionales, hasta que se restablezca la democracia, envían un mensaje inequívoco de repudio y aislamiento.
  2. Apoyo efectivo a la oposición democrática: Es esencial brindar respaldo político y financiero a las fuerzas opositoras y organizaciones civiles que se juegan la vida defendiendo la libertad. Además, es indispensable garantizar su acceso a foros internacionales y su protección contra persecuciones y represalias.
  3. Mediación internacional creíble: El diálogo con Maduro, sin presión real, ha sido inútil. No obstante, un proceso de negociación firme, con la mediación de actores imparciales y el acompañamiento de potencias internacionales, podría abrir las puertas a una transición democrática.  Costa Rica podría tomar la bandera de esta mediación. Su tradición democrática es la mejor carta de presentación.
  4. Fortalecimiento de sanciones dirigidas: Mientras las sanciones económicas generales tienden a repercutir en la población más vulnerable, los castigos selectivos dirigidos a la élite chavista y a sus familiares pueden resultar más efectivos. Congelamiento de activos, prohibición de ingreso a países democráticos y otras acciones concretas deben enfocarse en los responsables directos de la represión y el saqueo de la riqueza nacional, aumentando su costo político y económico.

Estas propuestas, desde luego, no representan una fórmula mágica ni garantizan resultados inmediatos. Sin embargo, cualquier estrategia viable hacia la restauración de la democracia en Venezuela exige voluntad política y un compromiso firme de la comunidad internacional. 

Resulta inaceptable quedarse en la neutralidad o la resignación. El pueblo venezolano merece algo mejor que el silencio cómplice. Sabemos que los regímenes autoritarios prosperan cuando sus crímenes pasan inadvertidos o se minimizan por conveniencia. Hoy es Venezuela, pero mañana puede ser cualquier otra nación que caiga en manos de un tirano y experimente el mismo círculo vicioso de terror y miseria.

El objetivo último debe ser la celebración de elecciones libres, transparentes y supervisadas internacionalmente, en las que el pueblo venezolano pueda ejercer su voluntad sin temor a represalias. Para alcanzarlo, se deben sentar bases sólidas a través de la liberación de presos políticos, el cese de la represión y la restitución de los poderes al Parlamento legítimo. Cualquier salida negociada que ignore estos puntos esenciales carece de seriedad y solo prolonga la agonía colectiva.

Desconocer la dictadura de Maduro es solo el primer paso; ahora toca actuar con determinación para que la justicia, la paz y la libertad retornen a un país que clama ayuda a gritos. 

La historia no perdonará a quienes, teniendo la oportunidad de frenar el avance de un régimen autoritario, optaron por la indiferencia o por un cómodo silencio.


Las opiniones expresadas en este artículo son responsabilidad del autor y no representan necesariamente la postura oficial de Primera Línea. Nuestro medio se caracteriza por ser independiente y valorar las diversas perspectivas, fomentando la pluralidad de ideas entre nuestros lectores.

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